Liberal. Dícese del fulano/a que no quiere que el estado intervenga a no
ser que sea para salvarle a el, a algún amigo/a o conocido/a cuando las
cosas les van mal. Asimismo, se califica de liberal el que trata de
hacer creer al resto del mundo que el dinero que tiene se debe
exclusivamente a su esfuerzo sin aprovecharse del trabajo de ningún ser
humano. El liberal propugna la libertad (para él/ella y sus amigotes/as)
aunque para ello genere aporías del tipo otros seres humanos (no
libres) son mis esclavos. Esclavizar a unos/as (o pretenderlo) para "ser
libres" mis amigos y yo. El liberal no dudará jamás en afirmar
dogmáticamente que todo aquel que se oponga a sus postulados es... un
terrorista, un antisitema, un genocida, un comunista trasnochado, un
delincuente o un perroflauta. Un liberal ignorará (de ignorancia) y se
mofará de análisis y tesis científicas de individuos tan "poco
inteligentes" como Marx, Althusser o Gramsci para adorar el "profundo y
brillante pensamiento" de grandes figuras del pensamiento de la
humanidad como Isabel Durán, Alfonso Rojo, Mónica de Oriol, Isabel San
Sebastián o la Conferencia Episcopal. Un liberal cree (como otra clase
de fé) que utilizar únicamente tres letras (ETA) da soporte omnímodo a
sus tesis y argumentaciones. Un liberal no tendrá reparos en afirmar que
grandes pensadores como Belén Esteban y grandes aportaciones culturales
para la humanidad como Sálvame son consecuencia directa de la magia
blanca del "libre mercado". Un liberal no tendrá problema alguno en
enriquecerse con dinero público, él/ella y los suyos mientras le
repetirá incesantemente que es preciso ser austero y que no se puede
gastar lo que no se tiene (eso sí, mientras defiende un instrumento tan
coherente con ese postulado como el crédito/préstamo). El liberal
justificará de todas las formas posibles, que se destruya el planeta
(que no siente), se maltraten animales (que tampoco y de paso añadirá
que el sentimiento de su patria depende de que usted esté de acuerdo en
hacer lo mismo o disfrute con ello), que se salven embriones (que si
sienten) mientras se mata de hambre a seres humanos nacidos (que son
prescindibles) para perpetuar su modo de vida. El liberal se apropiará
del poder y se perpetuará en él con mil y una cabriolas dialécticas y
tratará de convencerle de que realmente es usted quien "ordena y manda"
mientras le deja a usted fuera de la lista y "se mete" él/ella o a
alguno/a de sus colegas. El liberal le pondrá dos o tres partidos de
fútbol a la semana, quizá más, y usted asentirá "Si Bwana" sin
rechistar. El liberal le ordenará que salte y usted le preguntará "Cómo
de alto"?. Un liberal tratará de convencerle de que, mientras tenga dos
lonchas de jamón en la nevera, será de una cosa que llama él/ella clase
media y usted será muy diferente a quién únicamente tiene dos yogures
caducados recogidos de un container. El liberal le garantizará que no es
usted un obrero mientras conserve las dos lonchas de jamón y esté
pagando créditos durante años y usted asentirá. El liberal auténtico le
dirá que papá estado es mu malo, que quiere robarle su dinero y le
convencerá de que sus amigos/as son muy buenos y que le concederán el
privilegio de no ser un obrero si confía en sus amigos (los bancos y
similares) por un módico precio. Le dirá que, y usted confiará en
él/ella, que sus "privados amigos" son más eficientes, que son mejores,
Que tendrán a salvo el dinero conseguido con su trabajo eso sí, siempre
que a él/ella le permita seguir comiendo langostinos y usted no pase del
sandwich de jamón y queso (por aquello de retribuir su esfuerzo por
permitirle mantener las dos lonchas de jamón en el frigorífico). Y tal. A
un liberal no le mola nada que su dinero sirva para ayudar a otras
personas; pero le mola muy mucho que el dinero de usted sirva para
ayudarle a él/ella.
Aclaración para los/las despistados/as Que nadie
se equivoque; AMO LA LIBERTAD pero si he de ser libre a costa de otro
ser humano (o sea liberal). PASO
P.S. Versión extrema = Neoliberal
P.S. 2. El neoliberal tratará, con bastante éxito, por cierto, de
convencerle de que todo lo anterior es por su bien (el de usted). Se irá
a comer (o a cenar) con su amigo/a o conocido/a y discutirá con él/ella
sobre si han de inventarse un nuevo lenguaje o nuevas expresiones para
seguir vendiéndole la moto de que es usted es libre por ver fútbol a
diario, adorar a Belén Esteban, idolatrar a productos como David Bisbal
(poco distinto a una hamburguesa) y conservar sus dos lonchas de jamón
en la nevera.
Quizá sea demasiado pretencioso al escribir esto pero todo lo que podría decirse de mi se resume en una frase que, hace tiempo, dijo el bataría de una banda que me gusta mucho, Danny Carey, de Tool: "No soy quien quiero ser, no soy quién debería ser pero, por suerte, no soy quién era" En otras ocasiones me gusta referirme a mí mismo como hubiera hecho el escritor Orson Scott Card "Nuestra identidad no es nuestra forma, podemos tener cualquier forma y seguir siendo quienes somos"
sábado, 26 de abril de 2014
lunes, 30 de septiembre de 2013
Seamos...
Quizá el momento que nos espera sea el momento que esperamos. Mientras llega ese momento...
Esta época en la que me hallo inmerso es, probablemente el periodo más difícil de mi vida. Apenas encuentro refugios en los que poder albergar mi alma. Uno des esos escasos refugios es la música. Siempre me he definido como un rockero melómano, sin poses, sin cumplir estereotipos. Pero además del rock me apoyo en los más variados géneros para intentar, que no conseguir, evadirme, de la aflicción. Resulta extremadamente complicado para una persona con mi carácter, tremendamente sensible y frágil (pese a que hasta hace poco era una parte de mi que no enseñaba al exterior). La música de cine puede cumplir muchas veces esa tarea y, recientemente he "construido" con algunos de mis compositores favoritos una banda sonora de esta etapa tan convulsa de mi existencia. En esa banda sonora figuran compositores clásicos como Max Steiner, E. W. Korngold, Fredrik Hollander, o compositores más recientes como John Williams, Alan Silvestri, Michael Nyman, Aaron Zigman, Jerry Goldsmith o el que quiero destacar para esta entrada del blog. Se trata de Hans Zimmer. Desde las temprana, Rainman, El último emperador o Black Rain, pasando por Gladiator, Pearl Harbour, el último Samurai hasta los mas recientes scores para personajes de cómic como Batman, Ironman o el hombre de acero.
De esta última es de la que quiero presentaros una muestra del arte de este genial compositor de grandes melodías épicas como la que nos ocupa en esta parte del post.
Hans Zimmer - What Are You Going to Do When You Are Not Saving the World?
Esta música me acompaña en alguno de esos momentos de los que he hablado anteriormente al tiempo que leo unas frases que encontré por la red hace algún tiempo y que deseo que algún día sean ciertas para mí.
No seamos un cuento, seamos una historia.
No seamos un tiempo, seamos una eternidad.
No seamos un sueño, seamos una realidad.
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miércoles, 25 de septiembre de 2013
Mi amigo Manuel
También somos lo que hemos perdido
Con esta frase termina, si no recuerdo mal (lo digo por que no consigo recordar con certeza si aparece al principio o al final del film), la película de Alejandro González Iñarritu, Amores Perros.
Únicamente decir lo que una vez dijo Antonio Machado....
La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.
Te quiero amigo Manuel Valverde
domingo, 22 de septiembre de 2013
Cloud Atlas
“¡Como si existiese algo que no se haya repetido ya mil veces desde Aristófanes! ¡Como si el arte fuese el Qué y no el Cómo!”. (El Atlas de las nubes, David Mitchell)
La frase anterior no se menciona en ningún momento de la película homónima de los hermanos Watchowski, pero resulta perfectamente aplicable a las formas cinematográficas de su último film, muy infravalorado en mi opinión pero que, para mi, es ya todo un clásico.
El libro de Mitchell, con una estructura narrativa de difícil encaje en el lenguaje cinematográfico no ha sido obstáculo para que los Watchowski y Tom Tykwer hayan construido film brillante, tanto en sus formas (un montaje espectacular, para las escuelas de cine) y visualmente exquisito, como en sus contenidos. Son seis historias aparentemente independientes que van progresando hasta fundirse en una aparente única historia enlzadas por los devenires y tribulaciones de sus personajes. Es cierto que hay algunas historias que enganchan más que otras lo que, en momentos muy puntuales, influye en el ritmo de la narración pero considero que esto es parte del juego cinematorgáfico de la cinta.
La película exige cierto esfuerzo por parte del espectador, es cierto, especialemente al principio de la narración, pero poco a poco vamos advirtiendo las conexiones entre las historias y los personajes, sus ansias, sus miedos, sus luchas, sus anhelos (Todo está conectado, es una de las frases promocionales del filme). Todo está construido con maestría, incluso los aparentemente burdos maquillajes de los personajes que refuerzan cierta clase de sensaciones que tenemos al verlos.
Escribe Mitchell en un momento de la novela "Las almas surcan los cielos del tiempo, decía la abadesa, como las nubes surcan los cielos del mundo". Las almas de los personajes surcan el metraje como la cinta va surcando por los rodillos dentados del proyector. Todo ello con una espectacular banda sonora a cargo de Reinhold Heil, Johnny Klimek y Tom Tykwer con momentos verdaderamente soberbios y, muy emotivos.
“A la Corpocracia, a la Unanimidad, al Ministerio de Testamentos, a la Juche, y al Presidente les digo lo que Séneca a Nerón: por más que nos mates a todos, jamás podrás matar a tu sucesor.”
(El Atlas de las nubes, David Mitchell)
viernes, 20 de septiembre de 2013
eLearning con papá
Después de las agradables sorpresas con algunas de las últimas entregas cinematorgráficas de cine de super héroes o de ciencia ficción, ha llegado una de las más clamorosas decepciones.
Disfruté enormemente de Oblivion; Man Of Steel me gustó mucho (aunque la sombra del caballero oscuro sea muy larga), Iron Man 3 me pareció extraordinaria y, desde luego mi último gran fetiche Cloud Atlas (a la que algún día dedicaré una entrada). Siento que el género sigue muy vivo. Me gusta Shyamalan, bueno el Shyamalan del Sexto sentido, de Señales y de mi favorita Unbreakable. Pero aquel horror de Airbender y esta cosa que ha entregado recientemente me hacen dudar de su cordura cinematorgráfica. Película fofa donde las haya. Con un insoportable Jaden Smith haciendo de alumno aventajado en esta aventura de teleformación emocional y militar en clave de ciencia ficción que aburre hasta las vacas. Un guión a la altura del más mediocre videojuego con el que ni John Ford hubiera podido hacer nada. Se salva un cuidado diseño de producción y un vestuario digno de una película del género. Diálogos de telefilme del domingo por la tarde y lo más preocupante de todo, en mi opinión, que este dueto padre-hijo empiece a sar cada vez más frecuente. Jaden no tiene, a mi juicio, la más mínima madera para protagonizar ni este ni ningún otro filme. Personalmente yo no le otorgo la condición de Ranger.
Como diría Pumares: Aburrida
jueves, 19 de septiembre de 2013
La reentrada
"Los griegos sólo se hacían una pregunta cuando moría un hombre, ¿Tenía pasión?".
Para mi amigo Verdi, que recientemente, nos ha dejado.
Pues sí.
Ha llegado mi reentrada. Hace varios años que dejé de publicar en el blog y, circunstancias de la vida, quiero volver a rescatarlo y comprobar si aún soy capaz de mantener algo de su antigua llama.
Ignoro, en este momento, si esa tarea podría ser el equivalente al treceavo trabajo de Hércules, si me costará menos tiempo y esfuerzo mantener un contenido digno o si, simplemente, no estoy en condiciones de poder llenarlo con un contenido de suficiente interés.
Quienes me conocen, saben de mis gustos y mis pasiones. Nada nuevo, ni nada original. El cine, la literatura, la música y, alguna vez que otra cambiar de prejuicios (que no cambiar de lugar, como decía Anatole France). Sobre esas cosas hablaré en este espacio, espero que con cierta regularidad, espero que con algo de acierto y, espero, que con algo de calidad.
Retomar a estas alturas el blog, después de casi cuatro años, no es un reboot, como tanto gusta ahora decir en los ambientes y comentarios cinematográficos, sino una continuación, una reentrada como anuncio en el título de esta entrada (permítaseme la redundancia) y, como le diría Marty McFly a Doc... "Ahhh, ten cuidado con la reentrada, irás dando botes".
P.S. Ahhhhhh, necesitaré algo de tiempo para revisar todas las entradas de estos años atrás y, cortesía de la copia de seguridad de mi antiguo blog, revisar todas las imágenes que puedan estar extraviadas o eliminadas. De modo que si hay alguien ahí dentro (nunca he considerado la red como algo hacia lo que salimos, sino algo hacia donde entramos) que tenga un poquito de paciencia.
jueves, 22 de enero de 2009
Silencios
"Hay personas silenciosas que son mucho más interesantes que los mejores oradores".
Benjamin Disraeli
Era un día muy frío. Uno de esos días que invitaban a no abandonar el abrigo de las mantas, a no despegarse de una buena taza de café y a no retirar la vista de la pantalla del Home Cinema Denon AVR-2308 de la habitación. Pese a la invitación de ese día a quedarse entre las paredes de casa y los cobertores de la cama, Bruno decidió salir. Apenas transitaba gente por las calles de la ciudad y la húmeda bruma de la mañana era, junto él, los únicos transeúntes de una ciudad así en un día como ese. Los domingos acostumbraba a dar un paseo a primera hora de la mañana cuando nadie podría alterar su buscada soledad. Ese era el día que dedicaba a sus recuerdos y a sus momentos de silencio. Únicamente le acompañaban su sufrido y fiel iPod nano blue repleto de más de 700 temas de algunas de sus bandas de rock favoritas y no menos piezas de bandas sonoras de sus películas preferidas. Todas ellas muy evocadoras para él. Las melodías y las voces que albergaban aquellas piezas contenían cientos de imágenes y vivencias de diferentes momentos de su vida. Algunos buenos, algunos no tanto, otros realmente dolorosos. Tres carpetas que concentraban las sensaciones y emociones más intensas de los últimos diez años. Esas piezas eran los únicos sonidos que había para él en días así.
Siempre cumplía con el mismo ritual. A las siete de la mañana abría la puerta de casa y en los aproximadamente cincuenta segundos que demoraba en bajar por las escaleras hasta el bajo del edificio conectaba el reproductor multimedia, se abotonaba la zamarra, encendía un cigarrillo, se colocaba el gorro y se ajustaba los guantes. Ahí terminaba la liturgia. Lo que ocurría a partir de ese momento dejaba de formar parte de todo plan. Jamás recorría las mismas calles. Nunca tomaba el primer café del día en el mismo lugar. Nunca entablaba conversación alguna con nadie y sólo rompía su silencio para solicitar el café y cuando, llevado por la emoción, silbaba alguno de los temas que sonaban en los auriculares del iPod o tarareaba únicamente moviendo los labios y sin emitir sonido alguno, alguna de esas canciones que, en ocasiones, acompañaba con algún que otro silbido. El reproductor musical siempre estaba configurado en modo aleatorio de forma que nunca sonaban las mismas melodías y su mente nunca retrocedía en el tiempo a los mismos momentos; y con el volumen del aparato casi al máximo. Hacía mucho que Bruno había delegado en el azar la administración de la mayoría de los acontecimientos de su vida. El devenir de los paseos dominicales era uno de ellos.
Azar y silencio. Eran sus palabras favoritas de los últimos años. Desde que, cansado de momentos dolorosos, Bruno decidió recluirse en sus recuerdos, dejarse llevar por los designios de la diosa fortuna y permanecer en silencio la mayor parte del tiempo. En el barrio había conseguido una fama, aparentemente justa, de antipático. No respondía a los saludos de sus vecinos y tan solo emitía una ligera inclinación de su cabeza como respuesta y que, para él, daba a entender que había escuchado el saludo. Su ceño se mostraba habitualmente fruncido y casi siempre había en su rostro una expresión de amargura y cansancio. Acostumbraba a ir a comprar a grandes superficies o a pequeñas tiendas de autoservicio donde no tenía que pedir nada ni requerir aclaración alguna. En casos de extrema vagancia realizaba los pedidos a través de la plataforma web de alguna tienda online. Trabajaba como freelance desde su casa haciendo diseños gráficos para empresas de publicidad que le enviaban sus procedimientos de trabajo y sus especificaciones técnicas al correo electrónico. Nadie podía penetrar en su silencioso mundo. Ni podían, ni quería que lo hiciesen.
Al parecer esa mañana el modo Shuffle del iPod le estaba retrayendo a alguno de los escasos buenos momentos de los últimos años. Sonó “Sweet Child of mine” de Guns n’ Roses y de inmediato visualizó el momento en que su novia (ahora exnovia) declaraba esa canción como la canción oficial en su relación; “Nutshell” de Alice In Chains le transportó a aquellos dulces momentos en que él y su amigo Víctor ensayaban el tema en la terraza de su casa para luego tocarlo en alguno de sus conciertos; la rasgada voz de Steven Tyler entonando el “I dont’t want miss a thing” le recordó el momento en que cargado de ilusiones le decía esas mismas palabras a la que pudo haber sido su mujer
- “No quiero perderme nada contigo, Laura” - le dijo cuando aún seguía siendo su novia y su amiga
“Given to fly” de Pearl Jam siempre le evocaba el momento en el que, por circunstancias de la vida, volvió a reencontrarse con su mejor amigo después de casi quince años de no saber nada de él. Y continuaba siéndolo todavía. “Last Goodbye” de Jeff Buckley curiosamente conseguía arrancarle una sonrisa cuando pensaba en su triste melodía acompañando aquella maravillosa noche de pasión con Sonia, una bellísima morena de ojos verdes y la única mujer con la que logró acostarse en la primera cita y que terminó siendo una buena amiga hasta que se marchó a trabajar a Tampa, en Estados Unidos.
Se dirigía al pequeño montículo de dunas situado al final de la playa donde en ocasiones solía sentarse durante horas a escuchar el silencio de sus recuerdos y la banda sonora de estos diez últimos años cuando le llegó el turno a “Better”, una preciosa canción de último álbum de sus adorados Guns n’ Roses. Los acordes de la guitarra de Bumblefoot comenzaban a resonar instantes antes de que la especial voz de Axl empezase a cantar con voz quejumbrosa
No one ever told me when I was alone
They just thought I'd know better, better
No one ever told me when I was alone
They just thought I'd know better, better
[…]
Sus labios empezaron a moverse tratando de acertar en la pronunciación de las palabras de la canción. Se dio cuenta de que la gente que transitaba a su lado permanecía unos instantes mirándole o giraba la cabeza muy probablemente porque les llamaba la atención el endiablado volumen de sus auriculares y los apasionados gestos de su cara mientras movía los labios un ejercicio envidiable de air karaoke silencioso. Al cruzar la calle que le llevaba al montículo arenoso un coche estuvo a punto de atropellarle. Reaccionó con un pequeño salto hacia atrás para esquivarlo y se quitó los auriculares.
- A mi me chifla ese tema –escuchó de una suave voz tras de sí
Se giró con expresión molesta y a la vez de sorpresa.
- No confiaba demasiado en ellos después de más de quince años de ausencia pero tengo que confesar que me ha gustado enormemente Chinese Democracy.
Bruno cerró los ojos instintivamente y sacudió su cabeza de izquierda derecha. Cuando volvió a abrirlos se quedó atónito mirando a una preciosa mujer de dulce rostro y penetrante mirada de color azul durante unos instantes con los ojos entornados y la boca semiabierta.
- Por cierto, creo que dice A twist of fate –dijo la mujer
No supo muy bien ni cómo ni por qué pero a Bruno se le escapó un seco.
- ¿Cómo?
- Cuando Axl canta eso de “Esta melodía dentro de mí, sigue buscando la solución” en una de las estrofas luego dice A twist of fate y tu dijiste A twist of faith
La mujer se puso a cantar A twist of fate; A change of heart; Cures my infatuation.
Bruno reaccionó confundido; y con efecto retardado le dijo a la chica
- Sí, a mi también me gusta mucho
La mujer sonrió.
- Lo siento llevo prisa, quizá otro día…
Se dio rápidamente la vuelta y cruzó la calle con rapidez. Se le calló al suelo una carpeta marrón llena de documentos y algunos de los papeles comenzaron a volar. Recogió lo que pudo y siguió caminando con prisa por el otro lado de la calle. Frotándose la frente Bruno caminó unos metros más y se agachó a recoger una de las hojas que la mujer llevaba en su carpeta y que había dejado abandona debido a las prisas. Bruno la recogió y leyó.
Lydia López Suárez –. APADA ASTURIAS
Asociación de Padres y Amigos de Deficientes Auditivos de Asturias
Casa de Cultura de Piedras Blancas
Sesión formativa del 16 de diciembre
A continuación encontrará algunos consejos útiles para aprender a leer en los labios:
Recuerde que leer en los labios es una combinación de ver, escuchar y sentir. Es completamente natural que se canse con facilidad. Deje que sus ojos descansen durante unos momentos y reanude la conversación.
Por azar habían penetrado en su silencio.
Siempre cumplía con el mismo ritual. A las siete de la mañana abría la puerta de casa y en los aproximadamente cincuenta segundos que demoraba en bajar por las escaleras hasta el bajo del edificio conectaba el reproductor multimedia, se abotonaba la zamarra, encendía un cigarrillo, se colocaba el gorro y se ajustaba los guantes. Ahí terminaba la liturgia. Lo que ocurría a partir de ese momento dejaba de formar parte de todo plan. Jamás recorría las mismas calles. Nunca tomaba el primer café del día en el mismo lugar. Nunca entablaba conversación alguna con nadie y sólo rompía su silencio para solicitar el café y cuando, llevado por la emoción, silbaba alguno de los temas que sonaban en los auriculares del iPod o tarareaba únicamente moviendo los labios y sin emitir sonido alguno, alguna de esas canciones que, en ocasiones, acompañaba con algún que otro silbido. El reproductor musical siempre estaba configurado en modo aleatorio de forma que nunca sonaban las mismas melodías y su mente nunca retrocedía en el tiempo a los mismos momentos; y con el volumen del aparato casi al máximo. Hacía mucho que Bruno había delegado en el azar la administración de la mayoría de los acontecimientos de su vida. El devenir de los paseos dominicales era uno de ellos.
Azar y silencio. Eran sus palabras favoritas de los últimos años. Desde que, cansado de momentos dolorosos, Bruno decidió recluirse en sus recuerdos, dejarse llevar por los designios de la diosa fortuna y permanecer en silencio la mayor parte del tiempo. En el barrio había conseguido una fama, aparentemente justa, de antipático. No respondía a los saludos de sus vecinos y tan solo emitía una ligera inclinación de su cabeza como respuesta y que, para él, daba a entender que había escuchado el saludo. Su ceño se mostraba habitualmente fruncido y casi siempre había en su rostro una expresión de amargura y cansancio. Acostumbraba a ir a comprar a grandes superficies o a pequeñas tiendas de autoservicio donde no tenía que pedir nada ni requerir aclaración alguna. En casos de extrema vagancia realizaba los pedidos a través de la plataforma web de alguna tienda online. Trabajaba como freelance desde su casa haciendo diseños gráficos para empresas de publicidad que le enviaban sus procedimientos de trabajo y sus especificaciones técnicas al correo electrónico. Nadie podía penetrar en su silencioso mundo. Ni podían, ni quería que lo hiciesen.
Al parecer esa mañana el modo Shuffle del iPod le estaba retrayendo a alguno de los escasos buenos momentos de los últimos años. Sonó “Sweet Child of mine” de Guns n’ Roses y de inmediato visualizó el momento en que su novia (ahora exnovia) declaraba esa canción como la canción oficial en su relación; “Nutshell” de Alice In Chains le transportó a aquellos dulces momentos en que él y su amigo Víctor ensayaban el tema en la terraza de su casa para luego tocarlo en alguno de sus conciertos; la rasgada voz de Steven Tyler entonando el “I dont’t want miss a thing” le recordó el momento en que cargado de ilusiones le decía esas mismas palabras a la que pudo haber sido su mujer
- “No quiero perderme nada contigo, Laura” - le dijo cuando aún seguía siendo su novia y su amiga
“Given to fly” de Pearl Jam siempre le evocaba el momento en el que, por circunstancias de la vida, volvió a reencontrarse con su mejor amigo después de casi quince años de no saber nada de él. Y continuaba siéndolo todavía. “Last Goodbye” de Jeff Buckley curiosamente conseguía arrancarle una sonrisa cuando pensaba en su triste melodía acompañando aquella maravillosa noche de pasión con Sonia, una bellísima morena de ojos verdes y la única mujer con la que logró acostarse en la primera cita y que terminó siendo una buena amiga hasta que se marchó a trabajar a Tampa, en Estados Unidos.
Se dirigía al pequeño montículo de dunas situado al final de la playa donde en ocasiones solía sentarse durante horas a escuchar el silencio de sus recuerdos y la banda sonora de estos diez últimos años cuando le llegó el turno a “Better”, una preciosa canción de último álbum de sus adorados Guns n’ Roses. Los acordes de la guitarra de Bumblefoot comenzaban a resonar instantes antes de que la especial voz de Axl empezase a cantar con voz quejumbrosa
No one ever told me when I was alone
They just thought I'd know better, better
No one ever told me when I was alone
They just thought I'd know better, better
[…]
Sus labios empezaron a moverse tratando de acertar en la pronunciación de las palabras de la canción. Se dio cuenta de que la gente que transitaba a su lado permanecía unos instantes mirándole o giraba la cabeza muy probablemente porque les llamaba la atención el endiablado volumen de sus auriculares y los apasionados gestos de su cara mientras movía los labios un ejercicio envidiable de air karaoke silencioso. Al cruzar la calle que le llevaba al montículo arenoso un coche estuvo a punto de atropellarle. Reaccionó con un pequeño salto hacia atrás para esquivarlo y se quitó los auriculares.
- A mi me chifla ese tema –escuchó de una suave voz tras de sí
Se giró con expresión molesta y a la vez de sorpresa.
- No confiaba demasiado en ellos después de más de quince años de ausencia pero tengo que confesar que me ha gustado enormemente Chinese Democracy.
Bruno cerró los ojos instintivamente y sacudió su cabeza de izquierda derecha. Cuando volvió a abrirlos se quedó atónito mirando a una preciosa mujer de dulce rostro y penetrante mirada de color azul durante unos instantes con los ojos entornados y la boca semiabierta.
- Por cierto, creo que dice A twist of fate –dijo la mujer
No supo muy bien ni cómo ni por qué pero a Bruno se le escapó un seco.
- ¿Cómo?
- Cuando Axl canta eso de “Esta melodía dentro de mí, sigue buscando la solución” en una de las estrofas luego dice A twist of fate y tu dijiste A twist of faith
La mujer se puso a cantar A twist of fate; A change of heart; Cures my infatuation.
Bruno reaccionó confundido; y con efecto retardado le dijo a la chica
- Sí, a mi también me gusta mucho
La mujer sonrió.
- Lo siento llevo prisa, quizá otro día…
Se dio rápidamente la vuelta y cruzó la calle con rapidez. Se le calló al suelo una carpeta marrón llena de documentos y algunos de los papeles comenzaron a volar. Recogió lo que pudo y siguió caminando con prisa por el otro lado de la calle. Frotándose la frente Bruno caminó unos metros más y se agachó a recoger una de las hojas que la mujer llevaba en su carpeta y que había dejado abandona debido a las prisas. Bruno la recogió y leyó.
Lydia López Suárez –. APADA ASTURIAS
Asociación de Padres y Amigos de Deficientes Auditivos de Asturias
Casa de Cultura de Piedras Blancas
Sesión formativa del 16 de diciembre
A continuación encontrará algunos consejos útiles para aprender a leer en los labios:
- Sitúese de forma que pueda ver con claridad la cara de su interlocutor
- Siéntase cómodo e intente estar relajado
- Intente recordar el tono del habla y el modo de articulación de diferentes palabras. Usando su memoria podrá aprender a reconocer los sonidos que ya no puede oír
- Preste atención a los movimientos de la boca, la lengua y la mandíbula del hablante.
- Pídale que repita o utilice otras palabras cuando no pueda comprender una frase
- Preste atención a las expresiones faciales de su interlocutor. Puede obtener información sobre el tema y el estado de ánimo de la persona a través de sus expresiones faciales
- Fíjese en los gestos del hablante, como por ejemplo, asentir con la cabeza, señalar con la mano o mirar a otras direcciones.
- Intente descubrir el tema de la conversación lo antes posible. Es más fácil comprender las palabras cuando se conoce el contexto
Recuerde que leer en los labios es una combinación de ver, escuchar y sentir. Es completamente natural que se canse con facilidad. Deje que sus ojos descansen durante unos momentos y reanude la conversación.
Por azar habían penetrado en su silencio.
viernes, 16 de enero de 2009
Le diré algo
Le diré algo
Algo que el tiempo no oscurece
Algo que con la muerte no fenece
Algo que, sin duda, permanece
El amor que siento por tí no fallece
No importa que el alma se rompa
Ni que el corazón se despiece
Le diré algo
No siento el amor como carga
Aunque el tiempo se me escapa
Hay algo que decir
y que decirle quiero
No muero porque la amo
y vivo porque la quiero
Algo que el tiempo no oscurece
Algo que con la muerte no fenece
Algo que, sin duda, permanece
El amor que siento por tí no fallece
No importa que el alma se rompa
Ni que el corazón se despiece
Le diré algo
No siento el amor como carga
Aunque el tiempo se me escapa
Hay algo que decir
y que decirle quiero
No muero porque la amo
y vivo porque la quiero
Quisiera
Quisiera gritar; un grito tan fuerte que pudiera ser considerado el primer grito humano en ser enviado al espacio.
Quisiera morir de una manera tan heróica que ninguna pluma sobre la tierra pudiera ensalzar tal gesta.
Quisiera querer con tanta intensidad que hubiera de modificar la ecuación e=mc2 porque ya se habría agotado toda energía.
Quisiera perderme y estar tan oculto como para que invisibilidad no fuese ni de lejos un sinónimo.
Quisiera agotar todo el aire del universo para no tener que respirar más
Quisiera matar el dolor y dejarlo del mismo modo que yo, muerto
Quisiera no haber nacido pero ya que lo he hecho quisiera no haber vivido pero como lo he hecho quisiera no querer más
Quisiera morir de una manera tan heróica que ninguna pluma sobre la tierra pudiera ensalzar tal gesta.
Quisiera querer con tanta intensidad que hubiera de modificar la ecuación e=mc2 porque ya se habría agotado toda energía.
Quisiera perderme y estar tan oculto como para que invisibilidad no fuese ni de lejos un sinónimo.
Quisiera agotar todo el aire del universo para no tener que respirar más
Quisiera matar el dolor y dejarlo del mismo modo que yo, muerto
Quisiera no haber nacido pero ya que lo he hecho quisiera no haber vivido pero como lo he hecho quisiera no querer más
martes, 9 de diciembre de 2008
Destinos
Se despertó como de costumbre. Muy temprano y tras haber dormido apenas tres horas. Era un hombre de costumbres inmutables, de modo que se dispuso a seguirlas de nuevo. Se dirigió a la cocina; llenó medio vaso de agua y lo introdujo en el microondas. No era persona hasta que no tomaba un café bien cargado. El pitido del micro le avisó de que el agua ya estaba caliente. Puso dos cucharadas colmadas de su café soluble habitual y se sentó en una de las sillas. Conectó el receptor de radio y sintonizó su emisora de costumbre para escuchar las noticias. Tras diez minutos de miradas perdidas a la mesa, los azulejos, el calendario y los electrodomésticos de la estancia, se levantó, depositó el vaso en fregadero y se dirigió a la ducha. Apoyó las dos manos en uno de los laterales del baño y agachó la cabeza mientras el abundante chorro del difusor le empapaba. Permaneció así durante varios minutos hasta que decidió terminar con su aseo diario.
Eran las siete de la mañana cuando salió de casa para dirigirse, como de costumbre, a su trabajo. Ocho horas de aburrida y rutinaria tarea de introducir referencias informes en las bases de datos de la compañía Novanet, una empresa dedicada a la seguridad tecnológica. Un trabajo de medio pelo para una persona no menos mediocre, pensó. Solía hacerlo, solía pensarlo.
Hacía tiempo que consideraba su anodina vida como terminada. Se sentía tan fracasado que cualquiera de sus actos diarios representaba, para él, meros actos inerciales alimentados por su incapacidad para ponerle fin a todo. Había dejado de existir el mismo día en que su mujer y su hijo habían fallecido en un accidente de aviación durante su viaje a Australia, un dieciocho de agosto como el que había comenzado esta mañana al despertarse. Sólo él había sobrevivido, aunque a menudo pensaba que él era el único que de verdad había muerto.
Permaneció unos minutos en el interior de su Renault Megane, pensativo y repasando su agenda del día antes de girar la llave del contacto. Se fijó durante unos breves instantes en un pequeño sobre que no recordaba haber colocado entre los papeles de la agenda. Era un sobre de un color azul apastelado. Lo abrió frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos en intenso gesto de extrañeza. En su interior solo encontró una pequeña tarjeta con un logotipo desconocido para él y una sencilla inscripción.
Durante un momento trató de recordar si ese nombre conseguía decirle algo. El resultado fue negativo. Tampoco le resultaba extraño que así fuera. Se pasaba horas introduciendo nombres y datos sin sentido alguno para él en un terminal de ordenador de Novanet. No era el nombre de ninguna de sus amigas ni el de ninguno de los clientes de su negocio paralelo de reparación de ordenadores que en su tiempo libre le permitía añadirle algunos euros extra a su raquítico sueldo. Nada de lo que aparecía en la tarjeta tenía significado. Mario decidió que lo más adecuado sería comprobar en las bases de datos de la compañía si los datos de la tarjeta correspondían a alguno de sus clientes. Al fin y al cabo hacía tiempo que había dejado de confiar en su memoria para delegar el cumplimiento de sus tareas y responsabilidades a la agenda y a una miríada de aparatos electrónicos que las cumplían por él.
- Don Mario Suárez, siempre tan puntual -le dijo Ana, la secretaria de Novanet que cada mañana era la primera persona a quien saludaba y le regalaba con su bonita sonrisa el, posiblemente, su mejor momento del día. Por sus facciones, Ana le resultaba tremendamente parecida a Lucía, su mujer, e inconscientemente se decía a sí mismo que Ana era alguno de los pedazos de Lucía que se habían esparcido por el mundo tras el accidente.
- Buenos días Ana, siempre tan amable y risueña –le respondió Mario con gesto fingidamente alegre.
- Mario, le espera el Señor Ruiz en su despacho, quiere hablar con usted –añadió ana al tiempo que mantenía su mirada fija sobre el monitor de su ordenador.
Sin mediar palabra, Mario se dirigió al despacho del director de Novanet en la segunda planta del edificio. Mantuvieron una, para él, intranscendente conversación sobre los nuevos proyectos que la organización se disponía a emprender y sobre lo importante que era para ellos contar con una fiable agenda de clientes a los que ofrecer sus nuevos servicios.
Mario se dirigió a su despacho ansioso por realizar algunas consultas a la base de datos de la empresa, consciente de lo que se jugaba al utilizar datos protegidos por la ley para sus fines personales. Tras casi veinte minutos de inútiles preguntas con una decena de parámetros diferentes concluyó que la base de datos no contenía ninguna clase de referencia a ninguna persona llamada Laura Rodríguez Redondo. Absolutamente nada. Tampoco tuvo éxito en Internet. No obtuvo ninguna referencia en Google. Ni sobre Laura ni sobre ninguna empresa u organización que respondiera al nombre de Comp Operations.
El resto de la jornada transcurrió con la habitual pena y la poca gloria acostumbrada. Llegó a su casa, se deshizo con desdén del maletín con su material de trabajo, se preparo una cena ligera a base de ensalada y pasta, abrió una de las botellas de Jack Daniels que tenía en el mueble bar de su salón, se sirvió un vaso y se dispuso a aniquilar alguna de las neuronas que a diario le torturaban con sus recuerdos.
Sonó el teléfono. Pese al terrible dolor de cabeza que le estaba poseyendo se levantó del sofá y lo descolgó tratando de controlar la sensación de vértigo. Consiguió contener el vómito.
- ¿Mario. Mario, soy Rubén. Joder, tío. Te tomas unos días libres y desapareces como de costumbre; a ver cuando decides echarle huevos al tema y dedicarte a vivir en lugar de a mal vivir. Coño Mario que ya han pasado siete años desde lo de Lucía, ya va siendo hora. Que te parece si quedamos para tomar algo hoy…
Mario había escuchado en el segundo plano al que le obligaba su resaca la voz de Rubén cuando reaccionó.
- Espera, espera tío; dame un minuto. No ha sido una noche fácil ¿sabes? –articuló como pudo Mario
Era un comportamiento común de su mejor amigo, Rubén, abrumarle hasta dejarle sin aliento y sin opciones de réplica con discursos trascendentes y palabras de dudoso tono pero Rubén era su mejor amigo y se lo había demostrado en numerosas ocasiones cuando necesitó tenerle a su lado para “superar” la muerte de su esposa. En cualquier caso, el discurso de su amigo le concedió un tiempo valioso para despejarse un poco.
- Sí, hombre sí, conozco tus noches difíciles –dijo Rubén con tono de resignación.
- Oye tío ¿que te parece si nos tomamos unas cervezas en el bar de Víctor?, ¿hoy a las siete te parece bien? Acuérdate que hoy es día veintiuno, ya sabes.
- Desde luego, claro, nos vemos luego –añadió Mario. Colgó el auricular del teléfono.
En La Última Parada, el bar de su amigo Víctor, siempre había un tremendo barullo de conversaciones intrascendentes sobre fútbol, siempre con el televisor a toda pastilla como banda sonora y otras no menos intranscendentes conversaciones sobre los aspectos físicos de las mujeres o el número de cacharros que caerían esa noche. El ruido de fondo de las noticias en la televisión era, en aquel momento, el sonido dominante en el local. Rubén y Mario con sus usuales párrafos de ofensiva contraofensiva sobre las costumbres autodestructivas en la vida de Mario.
- Lo sé, lo sé, dame algo más de tiempo, ¿quieres? –replicó Mario a uno de los comentarios de su amigo. Se quedaron en silencio unos instantes. El sonido del televisor dominó la estancia.
“Seguimos con un nuevo episodio de la crónica negra de la violencia de género en nuestro país. Esta misma tarde ha fallecido una mujer como consecuencia de una brutal paliza que le propinó su compañero sentimental. La víctima, Laura Rodríguez Redondo, de treinta y cuatro años, vecina de los Barrios Altos en el casco viejo de Vigo, no consiguió superar las complicaciones que acompañaron al fallo en su hígado como consecuencia de la paliza de su compañero […]”
Mario giró bruscamente la cabeza para fijar su mirada sobre la pantalla del aparato, se fijó en el rostro agradable de la presentadora del informativo y centró su atención las imágenes de los vecinos y amigos de la víctima. No entendía nada de lo que acababa de escuchar, pero inevitablemente no pudo sino centrar sus pensamientos en el nombre que había oído. El bullicio había desaparecido y, en su cabeza, había un insistente eco repitiendo una y otra vez ese nombre: Laura Rodríguez Redondo.
Mario solicitó los días de permiso que le quedaban por disfrutar ese año. Se fue a Lugo. Haciéndose pasar por periodista de un diario local consiguió hablar con vecinos, familiares y amigos de Laura. Le contaron lo penoso de su vida en los últimos dos años cuando empezó a sufrir los arrebatos violentos de su compañero Luis, en quien se había refugiado tras la muerte de sus padres y la pérdida de un hijo de su anterior relación.
Cuando regresó a Madrid encontró en el buzón de su casa varias cartas y un nuevo sobre azulado con una nueva tarjeta dentro.
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A ésta le siguió otra, que descubrió en la taquilla de su oficina. En los servicios de La Última Parada halló una más. Idénticos logotipos, distintos nombres, plazos y numeraciones. Nunca sabía dónde la encontraría, cuándo ni quién o quienes se las suministraban. Lo que averiguó al cabo de un par de días fue que todas tenían algo en común: cada una de esas personas terminaban muertas en distintas circunstancias. Daniel Costa Pérez se suicidó. Cristina López Fuentes sufrió un aparatoso accidente de moto que le quitó la vida unos días más tarde. Inexplicablemente, los fatídicos sucesos ocurrían siempre en el plazo que figuraba en la tarjeta.
Ese día encontró otra tarjeta en la caja con el pedido de la compra semanal que solía hacer.
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En esta ocasión no titubeó. En menos de cinco minutos consiguió hacer una apañada maleta con lo imprescindible para pasar unos días fuera. Sacó un billete por Internet para el primer vuelo que había al día siguiente a la capital Navarra y reservó una habitación de hotel para cuatro días. Llegó al mediodía al aeropuerto de Noaín. Tomó un taxi que le llevó al Hotel Albret en uno de los barrios de la periferia de Pamplona. Tardó dos días de complicadas averiguaciones en encontrar a Javier. Éste había regresado a la ciudad tras doce años de residir en diferentes comunidades buscando nuevas oportunidades laborales y quizá una nueva ocasión de conocer a alguien que le ayudara a salir del pozo emocional en que se encontraba tras sus dos fracasos matrimoniales y un fallido intento de suicidio. Ideó la manera de entrar en contacto con Javier y así lo hizo entablando una primera conversación bastante fructífera con él. Mario aprovecho las “condiciones del terreno” se dijo, al conocer la, para otros, reprochable costumbre de Javier de escaparse los viernes por la noche en busca de cualquier clase de sustancia que introducir en su cuerpo para ahogar su mundo interior plagado de demonios y aciagos recuerdos hasta que conseguía regresar a su casa el domingo por la tarde. Habían transcurrido cinco días desde que había recibido la tarjeta. Era viernes. Apuró el cigarro que fumaba en la cafetería del hotel y le llamó. Quedaron para esa misma noche. Hablaron y bebieron. Bebieron hasta casi desfallecer. Mario pidió un taxi y ambos se fueron al hotel. Javier insistió e insistió durante toda la noche en adquirir toda clase de sustancias para mezclar con el alcohol, pero esta vez fue Mario, quién disuadió a Javier para que no lo hiciera. Curiosa ironía para un hombre acostumbrado a hacer precisamente eso y maltratar su hígado. Al día siguiente, el sexto después de recibir la tarjeta, a Mario le embargó una extraña sensación. Había conseguido hacer algo importante por alguien, algo con sentido, algo que evitase una tragedia para una persona hasta hace poco desconocida. Había sido el cómplice de Javier durante dos días contándole su propia historia. El caso es que Javier seguía vivo. Pasó otros tres días con su recién estrenado amigo intercambiando vivencias, agradecimientos, algún que otro reproche menor y unas cuantas cervezas. Había llegado a la convicción de que ahora, Javier estaba más tranquilo, más asentado en definitiva, que era más fiable dejarlo sólo. Estaba a punto de abandonar la ciudad con la promesa de volver en breve cuando recibió una llamada de la recepción del hotel. Se tomo unos segundos y bajó calmadamente. El recepcionista le entregó un sobre. En esta ocasión era un sobre blanco; de mayor tamaño que los anteriores pero con idéntico logotipo en su esquina inferior izquierda.
Se retiró a la cafetería dando las gracias al encargado de la recepción. Pidió un café solo y un croissant y se sentó en una de las mesas. Mientras esperaba el café y el bollo miraba con atención el sobre. Lo giraba. Lo posaba en la mesa, volvía a cogerlo hasta que se decidió a abrirlo. Dentro había un folio blanco doblado con tres pliegues y otro sobre azulado. Se decidió a abrir ambos. El folio contenía una carta. El sobre azul un nuevo nombre, un nuevo plazo y una nueva numeración.
La carta, muy breve, con apenas tres líneas de texto escrito a doble espacio, el logotipo habitual y una firma ilegible, decía así:
“Al algunas personas se les encomienda la pesada tarea de velar por los demás; de conocer sus debilidades, sus cargas, sus pecados, sus virtudes, sus recuerdos, sus errores, sus intimidades, su destino; a otras les toca ejecutar su salvación”
Un hombre hace lo que puede hasta que su destino le es revelado


Se despertó como de costumbre. Lucas Michaelson Jones había recibido un nuevo sobre con una nueva tarjeta. Justo un año después de recibir la primera entrega de los incomprensibles sobres azules. Un once de agosto le llegó la de Jesse hacía un año ya. No pudo hacer nada porque no había entendido nada. Sin saberlo, era nuevo en los actos de compasión. La de hoy era ya, una de tantas tarjetas, una de tantas acciones compasivas. Ya sabía que hacer.
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Lucas se tomó el café con calma. Llamó a American Airlines y preparó su vuelo a España.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Frases
Hace mucho tiempo, desde que soy adolescente para ser exactos, he ido recogiendo en un pequeño cuaderno algunas de las frases que han ido marcando mi existencia durante todos estos años. Las he ido apuntanod a medida que éstas aparecían en mi vida, mientras leía un libro, mientras veía una película, cuando me la decía algún amigo...
Son muchas y en mi libreta están son orden alguno y... quisiera compartirlas con vosotros/as. Como es natural en esta entrada del blog no podré poner nada más que algunas,que seleccionará aleatoriamente, e iré completendolas en sucesivas entregas.
Espero que os gusten.
- Solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento. (William Sommerset Maughan)
- Detesto lo que dices pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo. (Voltaire)
- Si podemos preguntarnos ¿soy o no soy responsable de mis actos?, significa que si lo somos (F. Dostoievski)
- Demasiado al este es el oeste. (Proverbio Chino)
- Si el cerebro fuera tan simple que pudiéramos entenderlo, seríamos tan simples que no podríamos hacerlo. (David Zindell "Nerverness")
- Enamorarse es exagerar enormemente la diferencia entre una mujer y otra. (G.B. Shaw)
- No hace falta ver los pensamientos, basta con mirar la expresión de los rostros. (Provervio danés)
- La fuerza es tan solo un accidente que proviene de la debilidad de los demás. (Joseph Conrad "El corazón de las tinieblas")
- Nuestra conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón. (T. Wilson)
- Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota (Valle Inclán)
- Las cosas más preciosas son mas ligeras que el aire ("Smoke")
- Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse. (Oscar Wilde "La importancia de llamarse Eernesto")
- La prudencia es una vieja, fea y rica solterona cortejada por la incapacidad. (William Blake)
- No soy quien quiero ser, no soy quien debería ser pero, por suete, no soy quien era (Danny Carey, cantante del grupo TOOL)
- Lo que estaba claro es que necesitaba escaparme de este aburrido país que a veces es la vida (Edward Limonov "Historia de un servidor")
- El amor es la amistad con momentos eróticos (Antonio Gala)
- La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora (Ortega y Gasset)
- El carbón no cambia de color cuando se lava. Lo que no se puede curar ha de soportarse. (Dominique Lapierre "La ciudad de la Alegría)
- También somos lo que hemos perdido (De la película Amores Perros de Alejandro González Iñarritu)
- Las palabras sirven para mentir, el dolor siempre es verdadero (De la película Audition)
- Mientras aún puedas decir que has tocado fondo es que no lo has tocado (De la película The Good Girl)
Son muchas y en mi libreta están son orden alguno y... quisiera compartirlas con vosotros/as. Como es natural en esta entrada del blog no podré poner nada más que algunas,que seleccionará aleatoriamente, e iré completendolas en sucesivas entregas.
Espero que os gusten.
- Solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento. (William Sommerset Maughan)
- Detesto lo que dices pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo. (Voltaire)
- Si podemos preguntarnos ¿soy o no soy responsable de mis actos?, significa que si lo somos (F. Dostoievski)
- Demasiado al este es el oeste. (Proverbio Chino)
- Si el cerebro fuera tan simple que pudiéramos entenderlo, seríamos tan simples que no podríamos hacerlo. (David Zindell "Nerverness")
- Enamorarse es exagerar enormemente la diferencia entre una mujer y otra. (G.B. Shaw)
- No hace falta ver los pensamientos, basta con mirar la expresión de los rostros. (Provervio danés)
- La fuerza es tan solo un accidente que proviene de la debilidad de los demás. (Joseph Conrad "El corazón de las tinieblas")
- Nuestra conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón. (T. Wilson)
- Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota (Valle Inclán)
- Las cosas más preciosas son mas ligeras que el aire ("Smoke")
- Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse. (Oscar Wilde "La importancia de llamarse Eernesto")
- La prudencia es una vieja, fea y rica solterona cortejada por la incapacidad. (William Blake)
- No soy quien quiero ser, no soy quien debería ser pero, por suete, no soy quien era (Danny Carey, cantante del grupo TOOL)
- Lo que estaba claro es que necesitaba escaparme de este aburrido país que a veces es la vida (Edward Limonov "Historia de un servidor")
- El amor es la amistad con momentos eróticos (Antonio Gala)
- La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora (Ortega y Gasset)
- El carbón no cambia de color cuando se lava. Lo que no se puede curar ha de soportarse. (Dominique Lapierre "La ciudad de la Alegría)
- También somos lo que hemos perdido (De la película Amores Perros de Alejandro González Iñarritu)
- Las palabras sirven para mentir, el dolor siempre es verdadero (De la película Audition)
- Mientras aún puedas decir que has tocado fondo es que no lo has tocado (De la película The Good Girl)
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Palabras
En el despacho de abogados de Dávila, Tuñon y Asociados el ritmo de trabajo era frenético, no en vano por sus dependencias y salas de reunión, además de casos más “típicos” circulaban diariamente varios millones de euros en transacciones económicas, fusiones comerciales y operaciones financieras de alto riesgo y más alta rentabilidad; caso de que todo fuera bien. Y sus abogados sabían hacerlo bien. Adela había acudido a aquel Bufete tras la recomendación de su amiga Nuria. Son prepotentes, orgullosos, arrogantes, le había comentado en su momento su amiga, pero son los mejores, concluyó.
- Verá señora, lo que ocurre en realidad, es que no podemos hacer lo que usted sugiere. La existencia de más de un objeto procesal da lugar al litisconsorcio pasivo necesario y hoy por hoy no sería posible hacer lo que usted pretende – le espetó rotundamente la abogada con una sonrisa de indiferencia que irritó a Adela.
- No entiendo nada de lo que me está diciendo –le replicó
- Señora, yo soy la abogada y le sugiero que acepte mi consejo y me deje aplicar mis criterios profesionales. No podemos arriesgarnos, no ahora que estamos tan cerca de un final satisfactorio para todos. De lo contrario podríamos llegar a una sentencia contradictoria que vulnere el principio de audiencia e indefensión de las partes y, eso, señora Pardo, no nos conviene – la abogada terminó su breve discurso jurídico con la indiferencia de la que le habló Nuria, levantándose de la mesa y dirigiéndose a la máquina de café situada el lado de la puerta del despacho.
Adela no sabía que decir. Se sentía desconcertada, indignada y cansada. En su fuero interno ella tenía las cosas claras. Su empresa la había echado de su trabajo, no había vuelta de hoja. No lograba comprender porque era tan poco evidente para todos los demás incluida su propia abogada. Con un gesto de resignación recogió su abrigo del respaldo de la silla donde había estado sentada la última media hora y se levantó.
- Le mantendré informada puntualmente –señaló Lucía, su abogada, mientras extraía de uno de los cajones de su escritorio el dossier de Rafael Tessier, el cliente que le esperaba en el hall desde hacía cinco minutos.
Adela se despidió con unas falsas gracias. Abrió la puerta del despacho se puso su abrigo y sacudió ligeramente su larga melena negra para colocar su cabello fuera de la cobertura del abrigo. Rafael, la miró ligeramente y le dio los buenos días esbozando una leve sonrisa entre los desconocidos que tienen algo, aunque sea un abogado, en común.
- Siéntese señor Tessier, enseguida estoy con usted – Le espetó Lucía sin haberle dado tiempo siquiera a saludarla
La abogada permaneció durante unos minutos ojeando la carpeta con el dossier del caso de Rafael. Tomó unas notas en su cuaderno de trabajo y bebió un sorbo de café.
- Verá, le seré totalmente sincera, señor Tessier. La cosa está complicada, realmente complicada. Técnicamente ocurre que nos encontramos ante un ficta documentatio. Esta constituye la trasposición al medio documental de lo previsto para la confesión en la Ley de Procedimiento Laboral. El caso, señor Tessier es, que la posibilidad de declarar la ficta documentatio es una facultad del tribunal y no una obligación, de manera que en nuestro caso necesariamente quedamos expuestos al criterio del mismo para considerar como prueba el “inconseguible” documento del que usted habla. A mi entender, señor Tessier, no tenemos argumentos suficientes para que el tribunal acepte nuestra propuesta.
Rafael elevó y enarcó las cejas al tiempo que pestañeó repetidamente al tiempo que se frotaba los ojos, se quedó medio embobado mirando a su abogada mientras iba perdiendo el sonido de su voz a media que se esforzaba, inútilmente en entender lo que Lucía le estaba diciendo. Para sí pensó en aquella frase que en una ocasión le espetó sin piedad alguna su amigo Iván en una de esas charlas de bar en las que se dice de todo tras despacharse tres o cuatro cacharros de Cacique con Cola “Si quieres justicia, vete a una casa de putas; Si quieres que te jodan, vete a los tribunales”. En este momento él hubiera añadido una simple coletilla a esa frase “[…] o a un abogado”. Rafael trató de guardar la compostura mientras Lucía continuaba el discurso solemne y desprendido de toda compasión y deferencia para con su cliente que era tan típica de los abogados del Bufete.
Los gritos y el tumulto les sorprendieron a los dos mientras Rafael trataba de volver al “asunto” y Lucía intentaba concluir su diatriba. A través de las ventanas del despacho asistieron a un desfile frenético de hombres finamente trajeados y señoritas de pelo recogido, intenso maquillaje y porte televisivo.
Lucía pudo ver a Tomás Requena, el Jefe del Área de Seguridad y Relaciones Externas de Dávila, Tuñon y Asociados, detenerse en medio del pasillo con alguien que no reconocía. Se trataba, pensó, de un individuo… como decirlo, de aspecto informal que desentonaba dentro de aquel ambiente de personas elegantes y objetos caros. El individuo masajeaba nerviosamente el lóbulo de su oreja izquierda al tiempo que retorcía uno de los zarcillos que colgaba del mismo. Tomás bajó la cabeza y dirigió las palmas de sus manos hacia sus sienes en un gesto inequívocamente preocupante.
Lucía abrió violentamente la puerta del despacho dejando atónito a Rafael y se dirigió a Tomás con gesto de sorpresa.
- ¿Que es lo que ocurre, Tomás? –le dijo sin dirigir ni siquiera un saludo a ninguno de los dos.
Hubo un breve silencio de unos segundos mientras continuaba la banda sonora de gritos y palabras malsonantes de muchos de los empleados del Bufete.
- Mierda, mierda, mierda – soltó secamente Tomás.
- Hemos consultado a diversos expertos y la conclusión es unánime señor Requena, no puede hacerse nada – Dijo de inmediato el individuo de aspecto informal.
- Como Miembro fundador y principal accionista de la Compañía exijo una explicación de inmediato – Gritó Lucia al tiempo que resopló violentamente para reforzar su exigencia y mostrar su enfado
- Hemos perdido millones de euros, Lucía. Millones
El hombre del zarcillo intervino de repente en la conversación.
- Señores, quien o quienes hayan sido los autores del “acto” han utilizado el Método Guttman Wipe de treinta y cinco pasadas de reescritura para el borrado seguro de los datos. Los cortafuegos de la compañía no consiguieron resistir el ataque. Los atacantes incluso lograron vulnerar el sistema proxy que evalúa los comandos SQL antes de enviarlos a las bases de datos y estas quedaron comprometidas. Los bloqueos de los comandos administrativos también fueron rápidamente quebrantados. Listos, muy listos y muy rápidos. Realizaron múltiples escaneos de vulnerabilidades, introdujeron los exploits, compilaron los rootkits en menos de un cuarto de hora. Emplearon herramientas de acceso remoto por conexión inversa utilizando una técnica de tunelización http, saltándose toda la protección perimetral. Sencillamente perfecto. Anularon los servicios de alertas y de registro de los IDS incapacitaron el envío a Syslog de los registros de actividades. Entraron hasta la cocina, se dieron un buen festín y no dejaron ni un átomo de miga de pan sobre la mesa.
Lucía y Tomás se dirigieron una mirada de asombro e incredulidad. Parecía que alguien les había pagado con la misma falsa moneda que ellos solían emplear con algunos de sus clientes. Les pagaron con palabras y les pagaron bien. Y ese era el único ingreso que ese día iban a recibir en Dávila, Tuñon y Asociados.
- Verá señora, lo que ocurre en realidad, es que no podemos hacer lo que usted sugiere. La existencia de más de un objeto procesal da lugar al litisconsorcio pasivo necesario y hoy por hoy no sería posible hacer lo que usted pretende – le espetó rotundamente la abogada con una sonrisa de indiferencia que irritó a Adela.
- No entiendo nada de lo que me está diciendo –le replicó
- Señora, yo soy la abogada y le sugiero que acepte mi consejo y me deje aplicar mis criterios profesionales. No podemos arriesgarnos, no ahora que estamos tan cerca de un final satisfactorio para todos. De lo contrario podríamos llegar a una sentencia contradictoria que vulnere el principio de audiencia e indefensión de las partes y, eso, señora Pardo, no nos conviene – la abogada terminó su breve discurso jurídico con la indiferencia de la que le habló Nuria, levantándose de la mesa y dirigiéndose a la máquina de café situada el lado de la puerta del despacho.
Adela no sabía que decir. Se sentía desconcertada, indignada y cansada. En su fuero interno ella tenía las cosas claras. Su empresa la había echado de su trabajo, no había vuelta de hoja. No lograba comprender porque era tan poco evidente para todos los demás incluida su propia abogada. Con un gesto de resignación recogió su abrigo del respaldo de la silla donde había estado sentada la última media hora y se levantó.
- Le mantendré informada puntualmente –señaló Lucía, su abogada, mientras extraía de uno de los cajones de su escritorio el dossier de Rafael Tessier, el cliente que le esperaba en el hall desde hacía cinco minutos.
Adela se despidió con unas falsas gracias. Abrió la puerta del despacho se puso su abrigo y sacudió ligeramente su larga melena negra para colocar su cabello fuera de la cobertura del abrigo. Rafael, la miró ligeramente y le dio los buenos días esbozando una leve sonrisa entre los desconocidos que tienen algo, aunque sea un abogado, en común.
- Siéntese señor Tessier, enseguida estoy con usted – Le espetó Lucía sin haberle dado tiempo siquiera a saludarla
La abogada permaneció durante unos minutos ojeando la carpeta con el dossier del caso de Rafael. Tomó unas notas en su cuaderno de trabajo y bebió un sorbo de café.
- Verá, le seré totalmente sincera, señor Tessier. La cosa está complicada, realmente complicada. Técnicamente ocurre que nos encontramos ante un ficta documentatio. Esta constituye la trasposición al medio documental de lo previsto para la confesión en la Ley de Procedimiento Laboral. El caso, señor Tessier es, que la posibilidad de declarar la ficta documentatio es una facultad del tribunal y no una obligación, de manera que en nuestro caso necesariamente quedamos expuestos al criterio del mismo para considerar como prueba el “inconseguible” documento del que usted habla. A mi entender, señor Tessier, no tenemos argumentos suficientes para que el tribunal acepte nuestra propuesta.
Rafael elevó y enarcó las cejas al tiempo que pestañeó repetidamente al tiempo que se frotaba los ojos, se quedó medio embobado mirando a su abogada mientras iba perdiendo el sonido de su voz a media que se esforzaba, inútilmente en entender lo que Lucía le estaba diciendo. Para sí pensó en aquella frase que en una ocasión le espetó sin piedad alguna su amigo Iván en una de esas charlas de bar en las que se dice de todo tras despacharse tres o cuatro cacharros de Cacique con Cola “Si quieres justicia, vete a una casa de putas; Si quieres que te jodan, vete a los tribunales”. En este momento él hubiera añadido una simple coletilla a esa frase “[…] o a un abogado”. Rafael trató de guardar la compostura mientras Lucía continuaba el discurso solemne y desprendido de toda compasión y deferencia para con su cliente que era tan típica de los abogados del Bufete.
Los gritos y el tumulto les sorprendieron a los dos mientras Rafael trataba de volver al “asunto” y Lucía intentaba concluir su diatriba. A través de las ventanas del despacho asistieron a un desfile frenético de hombres finamente trajeados y señoritas de pelo recogido, intenso maquillaje y porte televisivo.
Lucía pudo ver a Tomás Requena, el Jefe del Área de Seguridad y Relaciones Externas de Dávila, Tuñon y Asociados, detenerse en medio del pasillo con alguien que no reconocía. Se trataba, pensó, de un individuo… como decirlo, de aspecto informal que desentonaba dentro de aquel ambiente de personas elegantes y objetos caros. El individuo masajeaba nerviosamente el lóbulo de su oreja izquierda al tiempo que retorcía uno de los zarcillos que colgaba del mismo. Tomás bajó la cabeza y dirigió las palmas de sus manos hacia sus sienes en un gesto inequívocamente preocupante.
Lucía abrió violentamente la puerta del despacho dejando atónito a Rafael y se dirigió a Tomás con gesto de sorpresa.
- ¿Que es lo que ocurre, Tomás? –le dijo sin dirigir ni siquiera un saludo a ninguno de los dos.
Hubo un breve silencio de unos segundos mientras continuaba la banda sonora de gritos y palabras malsonantes de muchos de los empleados del Bufete.
- Mierda, mierda, mierda – soltó secamente Tomás.
- Hemos consultado a diversos expertos y la conclusión es unánime señor Requena, no puede hacerse nada – Dijo de inmediato el individuo de aspecto informal.
- Como Miembro fundador y principal accionista de la Compañía exijo una explicación de inmediato – Gritó Lucia al tiempo que resopló violentamente para reforzar su exigencia y mostrar su enfado
- Hemos perdido millones de euros, Lucía. Millones
El hombre del zarcillo intervino de repente en la conversación.
- Señores, quien o quienes hayan sido los autores del “acto” han utilizado el Método Guttman Wipe de treinta y cinco pasadas de reescritura para el borrado seguro de los datos. Los cortafuegos de la compañía no consiguieron resistir el ataque. Los atacantes incluso lograron vulnerar el sistema proxy que evalúa los comandos SQL antes de enviarlos a las bases de datos y estas quedaron comprometidas. Los bloqueos de los comandos administrativos también fueron rápidamente quebrantados. Listos, muy listos y muy rápidos. Realizaron múltiples escaneos de vulnerabilidades, introdujeron los exploits, compilaron los rootkits en menos de un cuarto de hora. Emplearon herramientas de acceso remoto por conexión inversa utilizando una técnica de tunelización http, saltándose toda la protección perimetral. Sencillamente perfecto. Anularon los servicios de alertas y de registro de los IDS incapacitaron el envío a Syslog de los registros de actividades. Entraron hasta la cocina, se dieron un buen festín y no dejaron ni un átomo de miga de pan sobre la mesa.
Lucía y Tomás se dirigieron una mirada de asombro e incredulidad. Parecía que alguien les había pagado con la misma falsa moneda que ellos solían emplear con algunos de sus clientes. Les pagaron con palabras y les pagaron bien. Y ese era el único ingreso que ese día iban a recibir en Dávila, Tuñon y Asociados.
jueves, 30 de octubre de 2008
Señas de Identidad
Eva. 14 años recién cumplidos. Su madre le compró su primera minifalda. Le gustaban más los vaqueros. Apenas se la puso dos veces.
Con 18 se hizo un tatuaje en el hombro izquierdo con un motivo tribal en un sólo color y un piercing en la ceja derecha. Seguía vistiendo de vaqueros para casi todo. Solía vestirse con unos de tiro ultra bajo.
Tres meses más tarde se colocó un segundo piercing en el ombligo. Un pasador de acero quirúrgico que le atravesaba desde la parte superior a la inferior.
Su primer trabajo fue de camarera en el Bar La Pedrosa un refinado local de copas que estaba a quinientos metros de su casa. Iba caminando. Para ella lo mejor de todo es que no era necesario que fuera vestida de etiqueta al trabajo.
Los 23 años le alcanzaron a punto de terminar sus estudios universitarios de enfermería. No le gustaba el blanco pero le encantaba cuidar de la gente.
Eva sollozaba y derramaba mares de lágrimas cuando su novio Fran dijo que no quería seguir con la relación que mantenían desde hacía dos años y medio. Los agujeros de sus piercings ya se habían cerrado y ahora se abrían otros muy diferentes, dentro de ella.
A los 27 conoció a Emilio. Los, casi nuevos, agujeros en el alma empezaron a cerrarse.
Eva contrajo matrimonio con Emilio casi al mismo tiempo que Fran lo hacía con Irene. En la boda llevaba un traje de organza arrugada y plumas diseñado por Andrea Milu. Fue de las pocas ocasiones en que se la pudo ver sin vaqueros.
Su primer viaje al extranjero con Emilio fue un completo fracaso. Problemas con la agencia, problemas con la categoría del hotel muy diferente a la que había contratado; pérdida del equipaje y un accidentado regreso a casa. Tuvo que renovar todo su vestuario.
Saluda a la cámara desde el paseo de la playa Le casino de Biarritz donde había ido a pasar el fin de semana con su amiga Delphine una francesa que había conocido durante sus vacaciones en Normandía. Se estaba celebrando una de las pruebas del circuito mundial de surf y decidieron dar un paseo e inmortalizar el momento. Parecían hermanas y vestían con un estilo similar: vaqueros y camiseta de tirantes blanca. Hacía calor.
Al poco tiempo del nacimiento de su segunda hija, Helena, Eva mantuvo una acalorada discusión con Emilio sobre la necesidad de mudarse a otro piso más grande. Emilio no era partidario de hacerlo, no veía necesidad. Eva, sin embargo, era partidaria de trasladar su residencia a un lugar más tranquilo a las afueras de la ciudad.
Nunca había perdido la belleza que la hacía destacar cuando era más joven. A sus 44 años, seguía llamando la atención y uno de sus compañeros de trabajo, Elías se enamoró perdidamente de ella. Eva seguía luciendo su belleza aún embutida en sus inseparables vaqueros y con sus bien combinadas camisetas.
Un año después Eva perdió su empleo. Elías fue trasladado al Hospital Universitario Son Dureta de Mallorca. Su marido había tenido un accidente en el trabajo que le dejó parapléjico y su mejor amiga se sumió en una gran depresión al separarse de Juanjo con quién había compartido 11 años de matrimonio. En momentos de adversidad Eva acostumbraba a refugiarse en los centros comerciales donde el bullicio y las tiendas de ropa conseguían mantenerla distraída durante unas horas de sus preocupaciones. No se compró, como era de esperar ninguna falda.
En su 75 cumpleaños, Eva estaba acompañada de sus dos nietos, Isaac y Laura, por sus hijos y por el Emilio. Hacía tiempo que había dejado de vestirse de vaqueros. Quizá todo eso que quería ocultar bajo su vestimenta pudiera haber sido ocultado, al menos, a la vista del resto del mundo pero lo que jamás consiguió ocultar fue su enorme corazón.
Hasta poco tiempo antes Eva nunca dejó de lucir una espectacular melena rubia. De esbelta figura, finas y delicadas facciones, una piel pulida por el sol del mediterráneo, preciosos ojos verdes aunque de mirada lánguida, nunca pudo ocultar la belleza que siempre la había acompañado tras sus eternos compañeros azulados y las camisetas que no ayudaban a disimular sus preciosos senos. Su casi metro ochenta de estatura ayudaba sobremanera a mostrarla como una mujer imponente, casi intimidadora. Sus delgadas manos no mostraban realmente la fortaleza con la que siempre las utilizaba. De caminar firme y suaves movimientos. De un monumental corazón que, aunque no se veía no podía ocultarse tras la ropa.
Con 18 se hizo un tatuaje en el hombro izquierdo con un motivo tribal en un sólo color y un piercing en la ceja derecha. Seguía vistiendo de vaqueros para casi todo. Solía vestirse con unos de tiro ultra bajo.
Tres meses más tarde se colocó un segundo piercing en el ombligo. Un pasador de acero quirúrgico que le atravesaba desde la parte superior a la inferior.
Su primer trabajo fue de camarera en el Bar La Pedrosa un refinado local de copas que estaba a quinientos metros de su casa. Iba caminando. Para ella lo mejor de todo es que no era necesario que fuera vestida de etiqueta al trabajo.
Los 23 años le alcanzaron a punto de terminar sus estudios universitarios de enfermería. No le gustaba el blanco pero le encantaba cuidar de la gente.
Eva sollozaba y derramaba mares de lágrimas cuando su novio Fran dijo que no quería seguir con la relación que mantenían desde hacía dos años y medio. Los agujeros de sus piercings ya se habían cerrado y ahora se abrían otros muy diferentes, dentro de ella.
A los 27 conoció a Emilio. Los, casi nuevos, agujeros en el alma empezaron a cerrarse.
Eva contrajo matrimonio con Emilio casi al mismo tiempo que Fran lo hacía con Irene. En la boda llevaba un traje de organza arrugada y plumas diseñado por Andrea Milu. Fue de las pocas ocasiones en que se la pudo ver sin vaqueros.
Su primer viaje al extranjero con Emilio fue un completo fracaso. Problemas con la agencia, problemas con la categoría del hotel muy diferente a la que había contratado; pérdida del equipaje y un accidentado regreso a casa. Tuvo que renovar todo su vestuario.
Saluda a la cámara desde el paseo de la playa Le casino de Biarritz donde había ido a pasar el fin de semana con su amiga Delphine una francesa que había conocido durante sus vacaciones en Normandía. Se estaba celebrando una de las pruebas del circuito mundial de surf y decidieron dar un paseo e inmortalizar el momento. Parecían hermanas y vestían con un estilo similar: vaqueros y camiseta de tirantes blanca. Hacía calor.
Al poco tiempo del nacimiento de su segunda hija, Helena, Eva mantuvo una acalorada discusión con Emilio sobre la necesidad de mudarse a otro piso más grande. Emilio no era partidario de hacerlo, no veía necesidad. Eva, sin embargo, era partidaria de trasladar su residencia a un lugar más tranquilo a las afueras de la ciudad.
Nunca había perdido la belleza que la hacía destacar cuando era más joven. A sus 44 años, seguía llamando la atención y uno de sus compañeros de trabajo, Elías se enamoró perdidamente de ella. Eva seguía luciendo su belleza aún embutida en sus inseparables vaqueros y con sus bien combinadas camisetas.
Un año después Eva perdió su empleo. Elías fue trasladado al Hospital Universitario Son Dureta de Mallorca. Su marido había tenido un accidente en el trabajo que le dejó parapléjico y su mejor amiga se sumió en una gran depresión al separarse de Juanjo con quién había compartido 11 años de matrimonio. En momentos de adversidad Eva acostumbraba a refugiarse en los centros comerciales donde el bullicio y las tiendas de ropa conseguían mantenerla distraída durante unas horas de sus preocupaciones. No se compró, como era de esperar ninguna falda.
En su 75 cumpleaños, Eva estaba acompañada de sus dos nietos, Isaac y Laura, por sus hijos y por el Emilio. Hacía tiempo que había dejado de vestirse de vaqueros. Quizá todo eso que quería ocultar bajo su vestimenta pudiera haber sido ocultado, al menos, a la vista del resto del mundo pero lo que jamás consiguió ocultar fue su enorme corazón.
Hasta poco tiempo antes Eva nunca dejó de lucir una espectacular melena rubia. De esbelta figura, finas y delicadas facciones, una piel pulida por el sol del mediterráneo, preciosos ojos verdes aunque de mirada lánguida, nunca pudo ocultar la belleza que siempre la había acompañado tras sus eternos compañeros azulados y las camisetas que no ayudaban a disimular sus preciosos senos. Su casi metro ochenta de estatura ayudaba sobremanera a mostrarla como una mujer imponente, casi intimidadora. Sus delgadas manos no mostraban realmente la fortaleza con la que siempre las utilizaba. De caminar firme y suaves movimientos. De un monumental corazón que, aunque no se veía no podía ocultarse tras la ropa.
jueves, 9 de octubre de 2008
Peque
Así solía llamarla. A ella le gustaba porque aunque era una sola palabra para ella significaba cientos de ellas. Recuerdo que la primera vez que se la dije no se lo tomó muy bien. Aunque es una expresión que suele utilizarse siempre de forma cariñosa durante unos instantes ella creyó ver una alusión a su baja estatura, pareció ofenderle y apenas me dio tiempo a reaccionar para evitar su enfado. Esbocé una ligera sonrisa mientras, a la vez que volteé rápidamente los brazos como dibujando una pirueta aérea, emitía fingidas carcajadas para tratar de relajar la situación. Acabé haciéndola reír.
Hacía ya un par de años que nos conocíamos pero hasta ese momento no habíamos pasado de la típica conversación laboral, literaria o cinematográfica. Ese día hablamos de otras cosas y al cabo de un rato se me escapó la palabreja.
- No peque, no me siento bien -le dije cuando después de hablar de mi fracaso matrimonial me preguntó si ahora me sentía mejor
Me abrazó. Guardó silencio durante unos momentos y perdió la mirada. Le había llegado el habitual momento de compasión ante el dolor de un amigo y en ese preciso instante empezó su viaje por la montaña rusa de la confusión emocional. Confundió amistad con amor, la pasión con la atracción física, el deseo con la necesidad. En esos viajes uno siempre viaja solo (en este caso sola). Empezó a ver las cosas que quería ver, no las que eran en realidad.
Durante unos meses titubeaba en las conversaciones, utilizaba expresiones confusas, generalizaba todos sus comentarios y opiniones. No quería, o no se atrevía, a decir las cosas, a llamarlas por su nombre. Cuando planeamos acostarnos juntos por primera vez a eso lo llamó encuentro. Cuando hicimos el amor no dudó en llamarlo "eso". Supongo que todo ello era fruto de la confusión, si pero también detectaba cierto temor. Ella, al igual que yo, tenía miedo a volver a enamorarse. Yo Creía que el proceso de enamoramiento era parecido a aprender a andar en bicicleta. Te caes y duele. Vuelves a subirte y vuelves a caer. Vuelve a doler. Acabas por mantener el equilibrio. Ella no. Pensaba que trás las dos o tres primeras caídas ya debía de abandonar. Por eso tenía miedo, por eso estaba confusa, por eso cuando hablaba utilizaba muchas palabras y por eso, no decía nada.
Al cabo de un tiempo descendió de la vagoneta de la montaña rusa. Su ex novio había reaparecido en su vida. Dos días más tarde recibí una llamada de mi ex mujer, quería volver conmigo. "Peque" pasó de la confusión conmigo a la confusión con quien había compartido los últimos seis años de su vida. Ahora me tocaba a mi subir al vagón.
Y vagué. Dios sabe que así fue. No sabía en que dirección disparar. A la diana en movimiento de la persona con quien había compartido siete meses de, llamémosla, intensa confusión o a la diana fija de la persona con quien había vivido durante catorce años. Disparé.
Disparé a la diana más pequeña. A la que se movía.
- Peque, ¿quieres mantequilla o margarina con la tostada? -le pregunté mientras aún se desperezaba
Después de cuatro años de casados aún no era capaz de recordar su preferencia.
...
Sí, acerté. La diana era pequeña, sí, pero la bala también. Nosotros no. Somos grandes, seguimos siendo grandes y... seguimos creciendo aunque sigamos siendo "peques".
Hacía ya un par de años que nos conocíamos pero hasta ese momento no habíamos pasado de la típica conversación laboral, literaria o cinematográfica. Ese día hablamos de otras cosas y al cabo de un rato se me escapó la palabreja.
- No peque, no me siento bien -le dije cuando después de hablar de mi fracaso matrimonial me preguntó si ahora me sentía mejor
Me abrazó. Guardó silencio durante unos momentos y perdió la mirada. Le había llegado el habitual momento de compasión ante el dolor de un amigo y en ese preciso instante empezó su viaje por la montaña rusa de la confusión emocional. Confundió amistad con amor, la pasión con la atracción física, el deseo con la necesidad. En esos viajes uno siempre viaja solo (en este caso sola). Empezó a ver las cosas que quería ver, no las que eran en realidad.
Durante unos meses titubeaba en las conversaciones, utilizaba expresiones confusas, generalizaba todos sus comentarios y opiniones. No quería, o no se atrevía, a decir las cosas, a llamarlas por su nombre. Cuando planeamos acostarnos juntos por primera vez a eso lo llamó encuentro. Cuando hicimos el amor no dudó en llamarlo "eso". Supongo que todo ello era fruto de la confusión, si pero también detectaba cierto temor. Ella, al igual que yo, tenía miedo a volver a enamorarse. Yo Creía que el proceso de enamoramiento era parecido a aprender a andar en bicicleta. Te caes y duele. Vuelves a subirte y vuelves a caer. Vuelve a doler. Acabas por mantener el equilibrio. Ella no. Pensaba que trás las dos o tres primeras caídas ya debía de abandonar. Por eso tenía miedo, por eso estaba confusa, por eso cuando hablaba utilizaba muchas palabras y por eso, no decía nada.
Al cabo de un tiempo descendió de la vagoneta de la montaña rusa. Su ex novio había reaparecido en su vida. Dos días más tarde recibí una llamada de mi ex mujer, quería volver conmigo. "Peque" pasó de la confusión conmigo a la confusión con quien había compartido los últimos seis años de su vida. Ahora me tocaba a mi subir al vagón.
Y vagué. Dios sabe que así fue. No sabía en que dirección disparar. A la diana en movimiento de la persona con quien había compartido siete meses de, llamémosla, intensa confusión o a la diana fija de la persona con quien había vivido durante catorce años. Disparé.
Disparé a la diana más pequeña. A la que se movía.
- Peque, ¿quieres mantequilla o margarina con la tostada? -le pregunté mientras aún se desperezaba
Después de cuatro años de casados aún no era capaz de recordar su preferencia.
...
Sí, acerté. La diana era pequeña, sí, pero la bala también. Nosotros no. Somos grandes, seguimos siendo grandes y... seguimos creciendo aunque sigamos siendo "peques".
martes, 23 de septiembre de 2008
¿Por qué leo?
Se me antoja que lo más obvio de esta pregunta es que leo porque sé leer. Pero pese a lo que pudiera parecer no es una cuestión baladí. El caso es que no hace mucho leí un artículo en el que se decía que según un informe de la UNESCO de continuar la tendencia actual habría en el mundo unos 830 millones de analfabetos para el año 2010. No puedo sino considerarme un privilegiado. Tengo suerte y por eso leo.
Me gusta el cine. La ventaja de leer es que a través de “los mundos que ven otras personas” puedes construir tu propia película. Ves, mientras lees, las películas que otros han concebido. Soy de los que creen que libros y adaptaciones cinematográficas van de la mano. Lo que sucede es que cuando alguien ve una película surgida de una mente literaria “le molesta” que alguien (director, guionista, productor o quien sea) haya visto una película diferente. Leo por que me gustan las películas.
Leo porque me gusta explorar, porque me gusta descubrir, porque me gusta saber como otras personas ven lo que puede sentirse, lo que puede haberse vivido.
Leo porque hay libros y leo porque hay gente que decide empujarte a hacerlo escribiendo. Por eso también escribo o, al menos lo intento.
Me gusta el cine. La ventaja de leer es que a través de “los mundos que ven otras personas” puedes construir tu propia película. Ves, mientras lees, las películas que otros han concebido. Soy de los que creen que libros y adaptaciones cinematográficas van de la mano. Lo que sucede es que cuando alguien ve una película surgida de una mente literaria “le molesta” que alguien (director, guionista, productor o quien sea) haya visto una película diferente. Leo por que me gustan las películas.
Leo porque me gusta explorar, porque me gusta descubrir, porque me gusta saber como otras personas ven lo que puede sentirse, lo que puede haberse vivido.
Leo porque hay libros y leo porque hay gente que decide empujarte a hacerlo escribiendo. Por eso también escribo o, al menos lo intento.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Emergencias
Emergencia: Cualquier situación no deseada e imprevista que pueda poner en peligro la integridad física de las personas, las dependencias y el medio ambiente, exigiendo una actuación y/o evacuación rápida y segura de las mismas...
Para Andrés su vida entera era una emergencia. Los últimos siete años fueron una emergencia. Los últimos dos meses fueron una emergencia y el 112 no era, precisamente el teléfono que podía ayudarle.
Hacía 5 años su prometida le dejó "colgado" en el altar de la Iglesia de San Justo donde iban a casarse después de 14 años de relación. Tres meses más tarde ya había solicitado su ingreso en los Grupos Terapéuticos de Alcohólicos Anónimos tras darse cuenta que habia perdido el control de su vida y no le importaba lo más mínimo que o cuales sustancias la controlasen ahora. Al salir de una de sus reuniones un conductor borracho perdió el control de su vehículo y arremetió contra él atrapándole entre éste y un árbol de la Avenida de los Reyes Católicos. Tuvieron que amputarle la pierna derecha. Perdió su trabajo una semana más tarde ante la imposibilidad de "negociar" un cambio de puesto de trabajo en la empresa. Cuando conoció a Clara quiso creer que aquello supondría pasar de las constantes situaciones de emergencia a las situaciones de tranquilidad que tanto anhelaba. Como en otras ocasiones se equivocó. Clara era una mujer hipnótica, oscura y caprichosa. Se lo pasó muy bien durante el año y medio que duró la relación aprovechando la predisposición de Andrés a escuchar historias tristes como la suya y le dió carpetazo en el momento en que Andrés más la necesitaba. Uno más de sus caprichos. El siguiente fue apuntarse a clases de Pilates y acudir más a menudo al club de golf con su amiga Paula...
Dos días mas tarde Andrés ingresó en las Urgencias del Hospital del Santo Angel por una intoxicación etílica grave y acusados síntomas de hipotermia. Lo médicos trataron de estimularle durante varias horas para conseguir reanimarle. Y finalmente lograron hacerlo. Rebeca, la enfermera que le encontró en la calle medio moribundo consiguió evitar que Andrés se ahogase en su propio vómito. Le abrazó nada más comprobar su pulso, lo colocó boca abajo y con la cabeza ladeada para evitar la aspiración del vómito, gesto que fue agradecido efusivamente por los servicios médicos del Hospital. Rebeca tuvo que irse tras preguntar a sus compañeros de profesión si podía ayudar en algo más y recibir la respuesta habitual de que ellos realizarían su trabajo y que podía estar tranquila. Se acercó a Andrés de nuevo, durante unos segundos antes de darse la vuelta y echar a andar hacia la salida de las dependencias hospitalarias. Su silueta se perdió de vista al cabo de un par de minutos.
Andrés paso las siguientes dos semanas encerrado en casa sin salir ni siquiera para hacer las compras que, por otro lado, le llevaba habitualmente a su domicilio Javier, el dueño de la tienda de ultramarinos que estaba a 50 metros de su casa al otro lado de la calle. Ningún día recordaba nada de lo ocurrido el día anterior. Tampoco quería hacerlo. Se despertaba a menudo tirado sobre la alfombra; se levantaba, cogía sus muletas, trataba de adecentar el suelo del salón como podía y vuelta empezar de nuevo. Pero ese día mientras limpiaba los desperfectos de una jornada de excesos premeditados ocurrió algo. Bajo la mesa que albergaba los restos de comida y botellas que utilizaba diariamente para seguir provocando a su hígado divisó un pequeño papel que recogió de inmediato. No recordaba nada sobre el tema de modo que lo abrió.
En el papel había escritos un nombre y un número de teléfono. No era el teléfono de emergencias 112 ni el de ninguno de sus amigos. No conseguía recordar de quien era, aunque como es lógico le hubiera extrañado haber podido hacerlo. Se acercó lentamente al desgastado taquillón de la entrada de su casa. Descolgó el auricular del teléfono y marcó el número escrito en el papel: 630971160. Tras varios tonos de llamada sonó una suave voz femenina
- ¿Sí?. ¿Quién es?
- Supongo que eres Rebeca, ¿no es así? -respondió Andrés con aparente tranquilidad
- Si, soy Rebeca y... tú ¿eres? -añadió ella con notoria inquietud
- Yo soy la persona a la que le salvaste la vida hace dos semanas -dijo Andrés arriesgándose a equivocarse pero asumiendo las posibles consecuencias de su equívoco.
Se hizo un breve silencio en ambos lado del aparato. Andrés habia marcado el número de teléfono que figuraba en aquel trozo de papel sin saber muy bien qué decir a quien iba a decírselo. Acertó. Había llamado a "emergencias" y, de nuevo, volvieron a atenderle amablemente.
Rebeca y Andrés, quedaron para tomar un café. Y hablaron. Ese día ya no olvidó nada. Nunca más tuvo que abrir su agenda para buscar el número de teléfono de las emergencias.
P.S. El número de teléfono del relato es inventado. Pido disculpas, por adelantado, si casualmente resultase un número real y pudiese haber provocado alguna clase de situación inesperada y/o no deseada.
Para Andrés su vida entera era una emergencia. Los últimos siete años fueron una emergencia. Los últimos dos meses fueron una emergencia y el 112 no era, precisamente el teléfono que podía ayudarle.
Hacía 5 años su prometida le dejó "colgado" en el altar de la Iglesia de San Justo donde iban a casarse después de 14 años de relación. Tres meses más tarde ya había solicitado su ingreso en los Grupos Terapéuticos de Alcohólicos Anónimos tras darse cuenta que habia perdido el control de su vida y no le importaba lo más mínimo que o cuales sustancias la controlasen ahora. Al salir de una de sus reuniones un conductor borracho perdió el control de su vehículo y arremetió contra él atrapándole entre éste y un árbol de la Avenida de los Reyes Católicos. Tuvieron que amputarle la pierna derecha. Perdió su trabajo una semana más tarde ante la imposibilidad de "negociar" un cambio de puesto de trabajo en la empresa. Cuando conoció a Clara quiso creer que aquello supondría pasar de las constantes situaciones de emergencia a las situaciones de tranquilidad que tanto anhelaba. Como en otras ocasiones se equivocó. Clara era una mujer hipnótica, oscura y caprichosa. Se lo pasó muy bien durante el año y medio que duró la relación aprovechando la predisposición de Andrés a escuchar historias tristes como la suya y le dió carpetazo en el momento en que Andrés más la necesitaba. Uno más de sus caprichos. El siguiente fue apuntarse a clases de Pilates y acudir más a menudo al club de golf con su amiga Paula...
Dos días mas tarde Andrés ingresó en las Urgencias del Hospital del Santo Angel por una intoxicación etílica grave y acusados síntomas de hipotermia. Lo médicos trataron de estimularle durante varias horas para conseguir reanimarle. Y finalmente lograron hacerlo. Rebeca, la enfermera que le encontró en la calle medio moribundo consiguió evitar que Andrés se ahogase en su propio vómito. Le abrazó nada más comprobar su pulso, lo colocó boca abajo y con la cabeza ladeada para evitar la aspiración del vómito, gesto que fue agradecido efusivamente por los servicios médicos del Hospital. Rebeca tuvo que irse tras preguntar a sus compañeros de profesión si podía ayudar en algo más y recibir la respuesta habitual de que ellos realizarían su trabajo y que podía estar tranquila. Se acercó a Andrés de nuevo, durante unos segundos antes de darse la vuelta y echar a andar hacia la salida de las dependencias hospitalarias. Su silueta se perdió de vista al cabo de un par de minutos.
Andrés paso las siguientes dos semanas encerrado en casa sin salir ni siquiera para hacer las compras que, por otro lado, le llevaba habitualmente a su domicilio Javier, el dueño de la tienda de ultramarinos que estaba a 50 metros de su casa al otro lado de la calle. Ningún día recordaba nada de lo ocurrido el día anterior. Tampoco quería hacerlo. Se despertaba a menudo tirado sobre la alfombra; se levantaba, cogía sus muletas, trataba de adecentar el suelo del salón como podía y vuelta empezar de nuevo. Pero ese día mientras limpiaba los desperfectos de una jornada de excesos premeditados ocurrió algo. Bajo la mesa que albergaba los restos de comida y botellas que utilizaba diariamente para seguir provocando a su hígado divisó un pequeño papel que recogió de inmediato. No recordaba nada sobre el tema de modo que lo abrió.
En el papel había escritos un nombre y un número de teléfono. No era el teléfono de emergencias 112 ni el de ninguno de sus amigos. No conseguía recordar de quien era, aunque como es lógico le hubiera extrañado haber podido hacerlo. Se acercó lentamente al desgastado taquillón de la entrada de su casa. Descolgó el auricular del teléfono y marcó el número escrito en el papel: 630971160. Tras varios tonos de llamada sonó una suave voz femenina
- ¿Sí?. ¿Quién es?
- Supongo que eres Rebeca, ¿no es así? -respondió Andrés con aparente tranquilidad
- Si, soy Rebeca y... tú ¿eres? -añadió ella con notoria inquietud
- Yo soy la persona a la que le salvaste la vida hace dos semanas -dijo Andrés arriesgándose a equivocarse pero asumiendo las posibles consecuencias de su equívoco.
Se hizo un breve silencio en ambos lado del aparato. Andrés habia marcado el número de teléfono que figuraba en aquel trozo de papel sin saber muy bien qué decir a quien iba a decírselo. Acertó. Había llamado a "emergencias" y, de nuevo, volvieron a atenderle amablemente.
Rebeca y Andrés, quedaron para tomar un café. Y hablaron. Ese día ya no olvidó nada. Nunca más tuvo que abrir su agenda para buscar el número de teléfono de las emergencias.
P.S. El número de teléfono del relato es inventado. Pido disculpas, por adelantado, si casualmente resultase un número real y pudiese haber provocado alguna clase de situación inesperada y/o no deseada.
viernes, 12 de septiembre de 2008
La Huida
Este relato es una especia de Spin-off sobre el personaje de una novela que leí.
Autor: Pelayo Cardelús. Libro: “El esqueleto de los guisantes”.
Rafa fue socio fundador y director del área creativa de Nivel 5, una agencia publicitaria donde la precariedad laboral, el desencanto, el hastío y un compañerismo postizo por el que unos se preocupan de mantener su empleo mientras otros se lamentan de haberlo perdido se dan cita para conformar un variopinto crisol de personajes. De Rafa sabemos que dejó la empresa (quizá porque se encontró consigo mismo) y que se le menciona menos de veinte veces en la novela. Quizá el motivo pueda ser este.
Aún creo en el paraíso[…]
Lo importante no es a dónde vas sino
cómo te sientes cuando llegas
a formar parte de algo
(La Playa)
Todos tenemos nuestro propio paraíso
I. L. Yeats
Rafa se despertó en una habitación de la planta 16 del Gran Hotel Bali de Benidorm con un terrible dolor de cabeza. Por supuesto, él no sabía que estaba en ese hotel y en esa ciudad, aún. No recordaba cómo había llegado allí, ni cuando. Miró a su alrededor, tratando de identificar algo, de encontrar alguna pista que le indicase dónde demonios estaba y qué carajo hacía allí.
La habitación era ciertamente lujosa. Un esplendoroso suelo de parquet de efecto haya daba cobijo a tres sillones tapizados de color avellana con cubrecabezas y faldones preparados para una sugerente sesión de relax “aquello no era poliéster”. Los inmensos ventanales que estaban frente a su cama envolvían en una curva casi imposible un pequeño escritorio perfectamente equipado para servir de centro de operaciones a altos ejecutivos, un televisor de 21 pulgadas y un equipo de alta fidelidad, de una marca que no reconocía, uno de esos con sonido envolvente (detestaba los anglicismos) no era sorround, pensó. A un lado de la cama un enorme macetero con capuchinas amarillas y naranjas iguales a las que en un pequeño florero decoraban la mesa que presidía el semicírculo de sillones. Nogal americano, cerezo, caoba, iroko… Había oído hablar de cosas así en alguna de las reuniones de Nivel 5. Durante aquellos cinco minutos de “exploración” no consiguió averiguar nada. Más por intuición que por conocimiento se dirigió al baño.
- Señor –pensó mientras se le presentaba en su mente la imagen de aquel apartamento que aparecía en Manhattan Sur.
Había nivel allí. Se dio una ducha rápida. Se vistió con un albornoz con las letras GHB grabadas en uno de los bolsillos. Obviamente ya había identificado que estaba en un hotel pero aquellas letras le recordaban más al título de un videojuego de conducción que a cualquier otra cosa. Al mirar por la enorme ventana curvada contempló un cielo espectacularmente luminoso, una línea de playas que reconoció al instante y una especie de “patio de colegio para adultos” con una piscina en forma de gafas de buceo, palmeras y tumbonas de varios colores. En los dos cajones de la cómoda y en el empotrado de abedul macizo de su izquierda encontró todo lo necesario para continuar con sus pesquisas.
A medida que recorría las tripas de aquel monstruo de 186 metros de altura y más de 750 habitaciones únicamente pensó en dos cosas: Tomar un café bien cargado, de esos que son capaces de devolverle las huellas a los días de Ray Milland y en la gélida “relación” que estaba manteniendo con los distinguidos habitantes de aquel lugar. Se sentía más cercano a los empleados del servicio de habitaciones, sin duda.
No quiso dedicar mucho más tiempo a descubrir todo lo que albergaba el complejo. Lo importante no era dónde estaba sino por qué. Contempló de pasada el Auditorio de cristal (a sus socios de Nivel 5 seguro que les encantaría organizar –o ser organizados- un evento profesional allí y lo que luego alguien le comentó que era el Salón Bordon, otro habitáculo para suntuosas celebraciones, el segundo más grande del hotel. Ascensores de centro de negocios de película de alto presupuesto o de una ligera comedia romántica; serpenteantes cadenas de lámparas en las paredes; vidrio templado, acero mármol… Materia y materiales. Atravesó el hall, más propio de un edificio de la CIA que de un hotel, cruzando por encima de “la marca de la casa”, un logotipo redondo, de color negro con un simple dibujo de la silueta del edificio, una especie de caricatura posmoderna del propio inmueble exactamente igual a la que había divisado desde la habitación en el fondo de la piscina aunque aquel con el fondo azul. Sobrios vestidos de traje y chaqueta amarillos, pañuelos al cuello, sonrisas obligadas, poses solemnes y amabilidad de “Actor’s Studio”.
Ya en el exterior sus sensaciones sólo cambiaron respecto de las personas con las que, en ocasiones, intercambiaba miradas y sondeaba “sonidos”. Había más normalidad y menos hipocresía, creyó, o quería creer. Había dejado de escuchar conversaciones sobre lo “demodé” y lo vulgares que eran las camisetas de mangas recortadas que se lucían por doquier y lo estilizado de una sola doblez en los puños de la camisa para oír a un muchacho que “se verían” a las 21:00 horas en KU playa o que en Sattler (en Denia) te harían la mejor y más barata reparación de la cubierta de tu casa.
Rafa nunca se había sentido mejor que nadie ni superior a nadie. Muchas veces se podía escucharle decir “Siempre hay alguien que tiene más balas que tu”. Siempre hay alguien que es más fuerte, más listo, más honrado, más sagaz, menos hipócrita, más íntegro, más bueno, más generoso, mas sincero… mas humano. Al menos estaba convencido que tenía ideas propias, sus propios principios (dios qué palabra como si aquello representase el comienzo de algo). A sus casi 40 años se sentía un completo fracaso, un cobarde y una farsa pero, al menos se sentía él mismo. Se había rendido ante “su propia manera de ver las cosas”. Siempre había detestado la altivez, la autosuficiencia, la hipocresía, la crueldad sicológica de una sociedad que no te disparaba balas pero que trataba de lobotomizarte silenciosamente. No le gustaba la envidia, el rencor, el odio, los extremismos de ninguna clase, la superficialidad, el engaño, la miseria moral (lo que diantres sea eso), ni la material. Odiaba las guerras y cualquier clase de violencia, la corrupción, la especulación y… detestaba a sus socios (exsocios) de Nivel 5. Reprobaba sus “torturas” sin más instrumentos que su poder y el dominio que ejercían sobre sus empleados. Detestaba tanto las cosas, la imagen, la apariencia, la materia como a las personas que las ensalzaban.
“Se es una mierda cuando pides perdón y no se te concede”.
Se decidió a pasear un rato. Cruzó la calle de Langreo para llegar a la Avenida de la Vila Joiosa (se reventaba de risa cuando los empleados del Trenet lo pronunciaban con el marcado acento de la zona como Vila Yoyosa) hasta llegar al cruce que le encaminaba a la avenida de Jaume I. No se sorprendió de ir “reconociéndolo todo”, no era ilógico puesto que había vivido algunos meses allí muy poco antes de cofundar Nivel 5. El café ya había cumplido su misión y ahora necesitaba una cerveza. “La Cita” ya no estaba allí. En su lugar una de esas tascas asturianas con aspecto de tasca asturiana. Se tomó la cerveza y, sin rumbo fijo prosiguió su deambular mientras sus reflexiones le parecían algo más lúcidas, seguía pensando en personas, lugares y cosas, ensimismado. Nokia tune interrumpió el proceso.
- ¿Qué pasa príncipe?- espetó una voz.
Sólo con eso le sirvió para identificar a su llamante. No le hacía ni pizca de gracia eso de príncipe pero conociendo la fama de mujeriego de Rubén no le importó lo más mínimo el “significado” que pudieran darle quien quiera que se lo diese.
- ¿Qué pasa monstruo? –le respondí con la enorme sonrisa que me provocaba escuchar a alguien conocido, a un amigo, de los de verdad he de añadir.
- Tu si que eres feo –contestación lógica y por otro lado algo más que habitual.
- Veo que ya te has recuperado casi del todo –añadió con cierta sorna
- Anda dime, qué demonios sucedió ayer, o antes de ayer o cuando fuera-le dije
- ¿Te suena eso de “borracho como un piojo”? –me preguntó
- Je… -sin más añadidos, susurré
- Te veo en el Harley, ¿dentro de media hora te viene bien?
- ¡¡¡¡Que remedio!!!!! -solté
Lo que tenía claro es que en un lugar como ese, en una ciudad como esa uno puede averiguar quién es. Rafa lo averiguó por segunda vez, la primera al conocer de verdad su empresa y abandonarla. Decidió regresar, a su lugar, al lugar del que formaba parte y ser él. Decidió volver a escribir.
Decidió volver a…
Autor: Pelayo Cardelús. Libro: “El esqueleto de los guisantes”.
Rafa fue socio fundador y director del área creativa de Nivel 5, una agencia publicitaria donde la precariedad laboral, el desencanto, el hastío y un compañerismo postizo por el que unos se preocupan de mantener su empleo mientras otros se lamentan de haberlo perdido se dan cita para conformar un variopinto crisol de personajes. De Rafa sabemos que dejó la empresa (quizá porque se encontró consigo mismo) y que se le menciona menos de veinte veces en la novela. Quizá el motivo pueda ser este.
Aún creo en el paraíso[…]
Lo importante no es a dónde vas sino
cómo te sientes cuando llegas
a formar parte de algo
(La Playa)
Todos tenemos nuestro propio paraíso
I. L. Yeats
Rafa se despertó en una habitación de la planta 16 del Gran Hotel Bali de Benidorm con un terrible dolor de cabeza. Por supuesto, él no sabía que estaba en ese hotel y en esa ciudad, aún. No recordaba cómo había llegado allí, ni cuando. Miró a su alrededor, tratando de identificar algo, de encontrar alguna pista que le indicase dónde demonios estaba y qué carajo hacía allí.
La habitación era ciertamente lujosa. Un esplendoroso suelo de parquet de efecto haya daba cobijo a tres sillones tapizados de color avellana con cubrecabezas y faldones preparados para una sugerente sesión de relax “aquello no era poliéster”. Los inmensos ventanales que estaban frente a su cama envolvían en una curva casi imposible un pequeño escritorio perfectamente equipado para servir de centro de operaciones a altos ejecutivos, un televisor de 21 pulgadas y un equipo de alta fidelidad, de una marca que no reconocía, uno de esos con sonido envolvente (detestaba los anglicismos) no era sorround, pensó. A un lado de la cama un enorme macetero con capuchinas amarillas y naranjas iguales a las que en un pequeño florero decoraban la mesa que presidía el semicírculo de sillones. Nogal americano, cerezo, caoba, iroko… Había oído hablar de cosas así en alguna de las reuniones de Nivel 5. Durante aquellos cinco minutos de “exploración” no consiguió averiguar nada. Más por intuición que por conocimiento se dirigió al baño.
- Señor –pensó mientras se le presentaba en su mente la imagen de aquel apartamento que aparecía en Manhattan Sur.
Había nivel allí. Se dio una ducha rápida. Se vistió con un albornoz con las letras GHB grabadas en uno de los bolsillos. Obviamente ya había identificado que estaba en un hotel pero aquellas letras le recordaban más al título de un videojuego de conducción que a cualquier otra cosa. Al mirar por la enorme ventana curvada contempló un cielo espectacularmente luminoso, una línea de playas que reconoció al instante y una especie de “patio de colegio para adultos” con una piscina en forma de gafas de buceo, palmeras y tumbonas de varios colores. En los dos cajones de la cómoda y en el empotrado de abedul macizo de su izquierda encontró todo lo necesario para continuar con sus pesquisas.
A medida que recorría las tripas de aquel monstruo de 186 metros de altura y más de 750 habitaciones únicamente pensó en dos cosas: Tomar un café bien cargado, de esos que son capaces de devolverle las huellas a los días de Ray Milland y en la gélida “relación” que estaba manteniendo con los distinguidos habitantes de aquel lugar. Se sentía más cercano a los empleados del servicio de habitaciones, sin duda.
No quiso dedicar mucho más tiempo a descubrir todo lo que albergaba el complejo. Lo importante no era dónde estaba sino por qué. Contempló de pasada el Auditorio de cristal (a sus socios de Nivel 5 seguro que les encantaría organizar –o ser organizados- un evento profesional allí y lo que luego alguien le comentó que era el Salón Bordon, otro habitáculo para suntuosas celebraciones, el segundo más grande del hotel. Ascensores de centro de negocios de película de alto presupuesto o de una ligera comedia romántica; serpenteantes cadenas de lámparas en las paredes; vidrio templado, acero mármol… Materia y materiales. Atravesó el hall, más propio de un edificio de la CIA que de un hotel, cruzando por encima de “la marca de la casa”, un logotipo redondo, de color negro con un simple dibujo de la silueta del edificio, una especie de caricatura posmoderna del propio inmueble exactamente igual a la que había divisado desde la habitación en el fondo de la piscina aunque aquel con el fondo azul. Sobrios vestidos de traje y chaqueta amarillos, pañuelos al cuello, sonrisas obligadas, poses solemnes y amabilidad de “Actor’s Studio”.
Ya en el exterior sus sensaciones sólo cambiaron respecto de las personas con las que, en ocasiones, intercambiaba miradas y sondeaba “sonidos”. Había más normalidad y menos hipocresía, creyó, o quería creer. Había dejado de escuchar conversaciones sobre lo “demodé” y lo vulgares que eran las camisetas de mangas recortadas que se lucían por doquier y lo estilizado de una sola doblez en los puños de la camisa para oír a un muchacho que “se verían” a las 21:00 horas en KU playa o que en Sattler (en Denia) te harían la mejor y más barata reparación de la cubierta de tu casa.
Rafa nunca se había sentido mejor que nadie ni superior a nadie. Muchas veces se podía escucharle decir “Siempre hay alguien que tiene más balas que tu”. Siempre hay alguien que es más fuerte, más listo, más honrado, más sagaz, menos hipócrita, más íntegro, más bueno, más generoso, mas sincero… mas humano. Al menos estaba convencido que tenía ideas propias, sus propios principios (dios qué palabra como si aquello representase el comienzo de algo). A sus casi 40 años se sentía un completo fracaso, un cobarde y una farsa pero, al menos se sentía él mismo. Se había rendido ante “su propia manera de ver las cosas”. Siempre había detestado la altivez, la autosuficiencia, la hipocresía, la crueldad sicológica de una sociedad que no te disparaba balas pero que trataba de lobotomizarte silenciosamente. No le gustaba la envidia, el rencor, el odio, los extremismos de ninguna clase, la superficialidad, el engaño, la miseria moral (lo que diantres sea eso), ni la material. Odiaba las guerras y cualquier clase de violencia, la corrupción, la especulación y… detestaba a sus socios (exsocios) de Nivel 5. Reprobaba sus “torturas” sin más instrumentos que su poder y el dominio que ejercían sobre sus empleados. Detestaba tanto las cosas, la imagen, la apariencia, la materia como a las personas que las ensalzaban.
“Se es una mierda cuando pides perdón y no se te concede”.
Se decidió a pasear un rato. Cruzó la calle de Langreo para llegar a la Avenida de la Vila Joiosa (se reventaba de risa cuando los empleados del Trenet lo pronunciaban con el marcado acento de la zona como Vila Yoyosa) hasta llegar al cruce que le encaminaba a la avenida de Jaume I. No se sorprendió de ir “reconociéndolo todo”, no era ilógico puesto que había vivido algunos meses allí muy poco antes de cofundar Nivel 5. El café ya había cumplido su misión y ahora necesitaba una cerveza. “La Cita” ya no estaba allí. En su lugar una de esas tascas asturianas con aspecto de tasca asturiana. Se tomó la cerveza y, sin rumbo fijo prosiguió su deambular mientras sus reflexiones le parecían algo más lúcidas, seguía pensando en personas, lugares y cosas, ensimismado. Nokia tune interrumpió el proceso.
- ¿Qué pasa príncipe?- espetó una voz.
Sólo con eso le sirvió para identificar a su llamante. No le hacía ni pizca de gracia eso de príncipe pero conociendo la fama de mujeriego de Rubén no le importó lo más mínimo el “significado” que pudieran darle quien quiera que se lo diese.
- ¿Qué pasa monstruo? –le respondí con la enorme sonrisa que me provocaba escuchar a alguien conocido, a un amigo, de los de verdad he de añadir.
- Tu si que eres feo –contestación lógica y por otro lado algo más que habitual.
- Veo que ya te has recuperado casi del todo –añadió con cierta sorna
- Anda dime, qué demonios sucedió ayer, o antes de ayer o cuando fuera-le dije
- ¿Te suena eso de “borracho como un piojo”? –me preguntó
- Je… -sin más añadidos, susurré
- Te veo en el Harley, ¿dentro de media hora te viene bien?
- ¡¡¡¡Que remedio!!!!! -solté
Lo que tenía claro es que en un lugar como ese, en una ciudad como esa uno puede averiguar quién es. Rafa lo averiguó por segunda vez, la primera al conocer de verdad su empresa y abandonarla. Decidió regresar, a su lugar, al lugar del que formaba parte y ser él. Decidió volver a escribir.
Decidió volver a…
martes, 9 de septiembre de 2008
El ojo del tiempo
"Yo nunca pienso en el futuro. Viene bastante rápido.", Albert Einstein
Román concluyó su encendido discurso como nuevo catedrático de física teórica de la Universidad de B.H. con un seco: gracias por su enorme interés. Además de ser considerado un físico genial, el más brillante de su generación, era un individuo flemático y con una fina ironía latente en cada uno de sus actos y sus palabras.
Su Teoría Tiempo congelado le había reportado una numerosa legión de seguidores y una, no menos nutrida, de detractores. Básicamente sus postulados demostraban o, trataban de demostrar, en opinión de otros ilustres sabios, que en el continuo espacio-tiempo, entre el pasado y el futuro, existía una especie de tiempo "muerto" como él lo llamaba en el que cada acontecimiento se hallaba literalmente detenido. Era factible intervenir en sucesos pasados para que acontecimientos posteriores tuviesen un desenlace diferente. No resultaba necesario detener el tiempo puesto que este se hallaba ya parado, transcurría como una sucesión de fotogramas fijos en una película dando sensación de que fluía pero el tiempo, según su teoría era una sucesión de instantes fijos y podía ser manipulado actuando sobre uno de esos momentos en que se hallaba congelado. Sencilla de entender en sus planteamientos básicos, su teoría, no lo era tanto en cuanto a su desarrollo matemático. No obstante, sus potenciales aplicaciones-e implicaciones- prácticas a casi nadie le pasaban desapercibidas. Era una especie de paradoja de Zenón revisitada pero referida, en este caso, al tiempo. El tiempo no se mueve, no transcurre como dice el propio Román.
Su trabajo, que le había tenido atado durante más de 25 años a las ecuaciones, a su despacho y a las pruebas en el laboratorio, se basaba en anteriores teorías e hipótesis de afamados físicos. Había recolectado de aquí y de allí elementos válidos, según él, para perseguir el objetivo final de convertirse en el científico más prestigioso del siglo. Elaboró alternativas y brillantes soluciones a algunas de las ecuaciones de Einstein, de Lorentz, Roger Penrose, B. Podolsky y Roy Kerr para construir su aportación a la ciencia en forma de la más revolucionaria teoría física jamás elaborada. Había superado el problema que le planteaba la paradoja de Norman Forrester que supuestamente imposibilitaba la observación del continuo espacio temporal en desde otra ubicación espacio-temporal concreta. Forrester creía haber cerrado esta cuestión 7 años antes cuando elaboró su Teoría del vacío temporal.
Román era sobresaliente hasta el insulto, acostumbraba a decir su compañero de estudios en su momento y ahora compañero de departamento, Lucas Ribera quien le ayudó a construir el Ojo del Tiempo nombre con el que ambos bautizaron el ingenio que les permitiría hacer observaciones del espacio-tiempo en el momento en que éste se encuentra detenido e introducir modificaciones en el mismo. El artefacto, construido en las Instalaciones del Instituto Lorentz de Investigaciones Físicas Avanzadas (ILIFA) en el desierto de Sonora, aún no podía operar a gran escala y, hasta la fecha, sus experimentos se limitaban a leves observaciones-modificaciones con unas pocas partículas. Los primeros y sucesivos ensayos fueron todo un éxito.
La Etiqueta del Tiempo, Crontab como lo llamaba el equipo, estaba lista y a punto para ser estrenada en las pruebas que el Instituto había diseñado para intervenir en el tiempo a escala macroscópica.
Tardaron 5 meses de intenso trabajo, y múltiples quebraderos de cabeza, en obtener todos los permisos del Departamento de ciencia para poner en marcha el primer experimento con Crontab. El 7 de julio de 2040 fue el día elegido para acceder a la gloria. Todos estaban enormemente nerviosos pero igualmente ilusionados. Los paneles de control de Crontab ya estaban activados y los monitores mostraban al equipo los niveles de carga del núcleo del generador Zeus. Theo también estaba preparado. Theo era un complejísimo software que les permitiría capturar las instantáneas temporales e introducir los cambios que considerasen oportunos. Había sido desarrollado en el CalTech por un equipo de 50 ingenieros de software especialistas en desarrollo de algoritmos cruzados para programas de inteligencia artificial y software de simulación para procesos físicos de muy altas energías.
La cegadora luz del sol del desierto de Sonora entraba por la inmensa cristalera del laboratorio 5 donde estaba alojado Crontab saturándolo todo de luz en un momento de por sí brillante para todo el equipo y para Román en particular.
- Todo dispuesto -gritó el jefe de sistemas físicos, Ian Storm
- Todas las lecturas normales -le acompañó en el cántico Thomas Monterrey, el que fuera ingeniero jefe durante el desarrollo de Theo y ahora Supervisor de proyectos de software del Instituto
Sin disimulados nervios, impropios de alguien con su altivez, Román se acercó con un rítmico caminar hacia el Monitor 1 del control principal de la máquina dispuesto a hacer estremecer a la ciencia y a los científicos.
Se oyó un nuevo grito en la sala del laboratorio, esta vez no tan aparatoso como el de Ian, proveniente del operador de la consola 3
- Ligeras alteraciones en el flujo energético del núcleo.
- No hay por que preocuparse - replicó de inmediato Thomas
Román supervisaba todo el operativo desde el puesto 1 e introdujo en su terminal la orden que permitiría a Theo estabilizar la composición del núcleo de Crontab. El interfaz de Theo ocupaba la mitad de la pantalla mientras una de ventanas escupía velozmente cantidades ingentes de datos. Miró de reojo a Lucas mientras acercaba su mano a un anaranjado botón con la inscripción Capture. Estaba listo para capturar el momento que había elegido, el 14 de abril de 1865; justo en el momento en que John Wilkes Booth, entraría en el teatro Ford. Ya había introducido la fecha en el registro de eventos de entrada y se disponía a pulsar el botón naranja que permitiría a Crontab acceder a esa posición espacio-temporal para proceder a su alteración.
Algo salió mal.
La temblorosa voz de Bob, el operador del terminal 7, se oyó como un canto de gallo al amanecer.
En la pantalla de su terminal aparecía un parpadeante mensaje en rojo que decía: SYSTEM FAILURE.
- Hay un fallo crítico en el sistema - silenció su voz en seco.
En el año 2239 ya habían comprendido totalmente la naturaleza de las intervenciones en el tiempo y sus implicaciones prácticas.
En el ILIFA Vince Krueger, supervisor del departamento de física temporal, se disponía a poner en funcionamiento a H.G Wells como denominaron a su invención. Se acercó sereno a la consola y apuntó con el haz de láser de su dispositivo operador al panel de introducción de datos del registro de eventos de entrada. La fecha elegida fue el 7 de julio de 2040.
Para si mismo pensó: ¿por qué jugar a deshacer la memoria? Él era físico y no historiador pero le habían encargado velar por la seguridad y la integridad del tiempo y los acontecimientos. Y eso hizo.
Román concluyó su encendido discurso como nuevo catedrático de física teórica de la Universidad de B.H. con un seco: gracias por su enorme interés. Además de ser considerado un físico genial, el más brillante de su generación, era un individuo flemático y con una fina ironía latente en cada uno de sus actos y sus palabras.
Su Teoría Tiempo congelado le había reportado una numerosa legión de seguidores y una, no menos nutrida, de detractores. Básicamente sus postulados demostraban o, trataban de demostrar, en opinión de otros ilustres sabios, que en el continuo espacio-tiempo, entre el pasado y el futuro, existía una especie de tiempo "muerto" como él lo llamaba en el que cada acontecimiento se hallaba literalmente detenido. Era factible intervenir en sucesos pasados para que acontecimientos posteriores tuviesen un desenlace diferente. No resultaba necesario detener el tiempo puesto que este se hallaba ya parado, transcurría como una sucesión de fotogramas fijos en una película dando sensación de que fluía pero el tiempo, según su teoría era una sucesión de instantes fijos y podía ser manipulado actuando sobre uno de esos momentos en que se hallaba congelado. Sencilla de entender en sus planteamientos básicos, su teoría, no lo era tanto en cuanto a su desarrollo matemático. No obstante, sus potenciales aplicaciones-e implicaciones- prácticas a casi nadie le pasaban desapercibidas. Era una especie de paradoja de Zenón revisitada pero referida, en este caso, al tiempo. El tiempo no se mueve, no transcurre como dice el propio Román.
Su trabajo, que le había tenido atado durante más de 25 años a las ecuaciones, a su despacho y a las pruebas en el laboratorio, se basaba en anteriores teorías e hipótesis de afamados físicos. Había recolectado de aquí y de allí elementos válidos, según él, para perseguir el objetivo final de convertirse en el científico más prestigioso del siglo. Elaboró alternativas y brillantes soluciones a algunas de las ecuaciones de Einstein, de Lorentz, Roger Penrose, B. Podolsky y Roy Kerr para construir su aportación a la ciencia en forma de la más revolucionaria teoría física jamás elaborada. Había superado el problema que le planteaba la paradoja de Norman Forrester que supuestamente imposibilitaba la observación del continuo espacio temporal en desde otra ubicación espacio-temporal concreta. Forrester creía haber cerrado esta cuestión 7 años antes cuando elaboró su Teoría del vacío temporal.
Román era sobresaliente hasta el insulto, acostumbraba a decir su compañero de estudios en su momento y ahora compañero de departamento, Lucas Ribera quien le ayudó a construir el Ojo del Tiempo nombre con el que ambos bautizaron el ingenio que les permitiría hacer observaciones del espacio-tiempo en el momento en que éste se encuentra detenido e introducir modificaciones en el mismo. El artefacto, construido en las Instalaciones del Instituto Lorentz de Investigaciones Físicas Avanzadas (ILIFA) en el desierto de Sonora, aún no podía operar a gran escala y, hasta la fecha, sus experimentos se limitaban a leves observaciones-modificaciones con unas pocas partículas. Los primeros y sucesivos ensayos fueron todo un éxito.
La Etiqueta del Tiempo, Crontab como lo llamaba el equipo, estaba lista y a punto para ser estrenada en las pruebas que el Instituto había diseñado para intervenir en el tiempo a escala macroscópica.
Tardaron 5 meses de intenso trabajo, y múltiples quebraderos de cabeza, en obtener todos los permisos del Departamento de ciencia para poner en marcha el primer experimento con Crontab. El 7 de julio de 2040 fue el día elegido para acceder a la gloria. Todos estaban enormemente nerviosos pero igualmente ilusionados. Los paneles de control de Crontab ya estaban activados y los monitores mostraban al equipo los niveles de carga del núcleo del generador Zeus. Theo también estaba preparado. Theo era un complejísimo software que les permitiría capturar las instantáneas temporales e introducir los cambios que considerasen oportunos. Había sido desarrollado en el CalTech por un equipo de 50 ingenieros de software especialistas en desarrollo de algoritmos cruzados para programas de inteligencia artificial y software de simulación para procesos físicos de muy altas energías.
La cegadora luz del sol del desierto de Sonora entraba por la inmensa cristalera del laboratorio 5 donde estaba alojado Crontab saturándolo todo de luz en un momento de por sí brillante para todo el equipo y para Román en particular.
- Todo dispuesto -gritó el jefe de sistemas físicos, Ian Storm
- Todas las lecturas normales -le acompañó en el cántico Thomas Monterrey, el que fuera ingeniero jefe durante el desarrollo de Theo y ahora Supervisor de proyectos de software del Instituto
Sin disimulados nervios, impropios de alguien con su altivez, Román se acercó con un rítmico caminar hacia el Monitor 1 del control principal de la máquina dispuesto a hacer estremecer a la ciencia y a los científicos.
Se oyó un nuevo grito en la sala del laboratorio, esta vez no tan aparatoso como el de Ian, proveniente del operador de la consola 3
- Ligeras alteraciones en el flujo energético del núcleo.
- No hay por que preocuparse - replicó de inmediato Thomas
Román supervisaba todo el operativo desde el puesto 1 e introdujo en su terminal la orden que permitiría a Theo estabilizar la composición del núcleo de Crontab. El interfaz de Theo ocupaba la mitad de la pantalla mientras una de ventanas escupía velozmente cantidades ingentes de datos. Miró de reojo a Lucas mientras acercaba su mano a un anaranjado botón con la inscripción Capture. Estaba listo para capturar el momento que había elegido, el 14 de abril de 1865; justo en el momento en que John Wilkes Booth, entraría en el teatro Ford. Ya había introducido la fecha en el registro de eventos de entrada y se disponía a pulsar el botón naranja que permitiría a Crontab acceder a esa posición espacio-temporal para proceder a su alteración.
Algo salió mal.
La temblorosa voz de Bob, el operador del terminal 7, se oyó como un canto de gallo al amanecer.
En la pantalla de su terminal aparecía un parpadeante mensaje en rojo que decía: SYSTEM FAILURE.
- Hay un fallo crítico en el sistema - silenció su voz en seco.
En el año 2239 ya habían comprendido totalmente la naturaleza de las intervenciones en el tiempo y sus implicaciones prácticas.
En el ILIFA Vince Krueger, supervisor del departamento de física temporal, se disponía a poner en funcionamiento a H.G Wells como denominaron a su invención. Se acercó sereno a la consola y apuntó con el haz de láser de su dispositivo operador al panel de introducción de datos del registro de eventos de entrada. La fecha elegida fue el 7 de julio de 2040.
Para si mismo pensó: ¿por qué jugar a deshacer la memoria? Él era físico y no historiador pero le habían encargado velar por la seguridad y la integridad del tiempo y los acontecimientos. Y eso hizo.
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