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jueves, 19 de septiembre de 2013

La reentrada

"Los griegos sólo se hacían una pregunta cuando moría un hombre, ¿Tenía pasión?".
Para mi amigo Verdi, que recientemente, nos ha dejado.

Pues sí.

Ha llegado mi reentrada. Hace varios años que dejé de publicar en el blog y, circunstancias de la vida, quiero volver a rescatarlo y comprobar si aún soy capaz de mantener algo de su antigua llama.

Ignoro, en este momento, si esa tarea podría ser el equivalente al treceavo trabajo de Hércules, si me costará menos tiempo y esfuerzo mantener un contenido digno o si, simplemente, no estoy en condiciones de poder llenarlo con un contenido de suficiente interés.

Quienes me conocen, saben de mis gustos y mis pasiones. Nada nuevo, ni nada original. El cine, la literatura, la música y, alguna vez que otra cambiar de prejuicios (que no cambiar de lugar, como decía Anatole France). Sobre esas cosas hablaré en este espacio, espero que con cierta regularidad, espero que con algo de acierto y, espero, que con algo de calidad. 

Retomar a estas alturas el blog, después de casi cuatro años, no es un reboot, como tanto gusta ahora decir en los ambientes y comentarios cinematográficos, sino una continuación, una reentrada como anuncio en el título de esta entrada (permítaseme la redundancia) y, como le diría Marty McFly a Doc... "Ahhh, ten cuidado con la reentrada, irás dando botes".


P.S. Ahhhhhh, necesitaré algo de tiempo para revisar todas las entradas de estos años atrás y, cortesía de la copia de seguridad de mi antiguo blog, revisar todas las imágenes que puedan estar extraviadas o eliminadas. De modo que si hay alguien ahí dentro (nunca he considerado la red como algo hacia lo que salimos, sino algo hacia donde entramos) que tenga un poquito de paciencia.



viernes, 16 de enero de 2009

Quisiera

Quisiera gritar; un grito tan fuerte que pudiera ser considerado el primer grito humano en ser enviado al espacio.
Quisiera morir de una manera tan heróica que ninguna pluma sobre la tierra pudiera ensalzar tal gesta.
Quisiera querer con tanta intensidad que hubiera de modificar la ecuación e=mc2 porque ya se habría agotado toda energía.
Quisiera perderme y estar tan oculto como para que invisibilidad no fuese ni de lejos un sinónimo.
Quisiera agotar todo el aire del universo para no tener que respirar más
Quisiera matar el dolor y dejarlo del mismo modo que yo, muerto
Quisiera no haber nacido pero ya que lo he hecho quisiera no haber vivido pero como lo he hecho quisiera no querer más

martes, 9 de diciembre de 2008

Destinos

Se despertó como de costumbre. Muy temprano y tras haber dormido apenas tres horas. Era un hombre de costumbres inmutables, de modo que se dispuso a seguirlas de nuevo. Se dirigió a la cocina; llenó medio vaso de agua y lo introdujo en el microondas. No era persona hasta que no tomaba un café bien cargado. El pitido del micro le avisó de que el agua ya estaba caliente. Puso dos cucharadas colmadas de su café soluble habitual y se sentó en una de las sillas. Conectó el receptor de radio y sintonizó su emisora de costumbre para escuchar las noticias. Tras diez minutos de miradas perdidas a la mesa, los azulejos, el calendario y los electrodomésticos de la estancia, se levantó, depositó el vaso en fregadero y se dirigió a la ducha. Apoyó las dos manos en uno de los laterales del baño y agachó la cabeza mientras el abundante chorro del difusor le empapaba. Permaneció así durante varios minutos hasta que decidió terminar con su aseo diario.
Eran las siete de la mañana cuando salió de casa para dirigirse, como de costumbre, a su trabajo. Ocho horas de aburrida y rutinaria tarea de introducir referencias informes en las bases de datos de la compañía Novanet, una empresa dedicada a la seguridad tecnológica. Un trabajo de medio pelo para una persona no menos mediocre, pensó. Solía hacerlo, solía pensarlo.
Hacía tiempo que consideraba su anodina vida como terminada. Se sentía tan fracasado que cualquiera de sus actos diarios representaba, para él, meros actos inerciales alimentados por su incapacidad para ponerle fin a todo. Había dejado de existir el mismo día en que su mujer y su hijo habían fallecido en un accidente de aviación durante su viaje a Australia, un dieciocho de agosto como el que había comenzado esta mañana al despertarse. Sólo él había sobrevivido, aunque a menudo pensaba que él era el único que de verdad había muerto.
Permaneció unos minutos en el interior de su Renault Megane, pensativo y repasando su agenda del día antes de girar la llave del contacto. Se fijó durante unos breves instantes en un pequeño sobre que no recordaba haber colocado entre los papeles de la agenda. Era un sobre de un color azul apastelado. Lo abrió frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos en intenso gesto de extrañeza. En su interior solo encontró una pequeña tarjeta con un logotipo desconocido para él y una sencilla inscripción.


Durante un momento trató de recordar si ese nombre conseguía decirle algo. El resultado fue negativo. Tampoco le resultaba extraño que así fuera. Se pasaba horas introduciendo nombres y datos sin sentido alguno para él en un terminal de ordenador de Novanet. No era el nombre de ninguna de sus amigas ni el de ninguno de los clientes de su negocio paralelo de reparación de ordenadores que en su tiempo libre le permitía añadirle algunos euros extra a su raquítico sueldo. Nada de lo que aparecía en la tarjeta tenía significado. Mario decidió que lo más adecuado sería comprobar en las bases de datos de la compañía si los datos de la tarjeta correspondían a alguno de sus clientes. Al fin y al cabo hacía tiempo que había dejado de confiar en su memoria para delegar el cumplimiento de sus tareas y responsabilidades a la agenda y a una miríada de aparatos electrónicos que las cumplían por él.
- Don Mario Suárez, siempre tan puntual -le dijo Ana, la secretaria de Novanet que cada mañana era la primera persona a quien saludaba y le regalaba con su bonita sonrisa el, posiblemente, su mejor momento del día. Por sus facciones, Ana le resultaba tremendamente parecida a Lucía, su mujer, e inconscientemente se decía a sí mismo que Ana era alguno de los pedazos de Lucía que se habían esparcido por el mundo tras el accidente.
- Buenos días Ana, siempre tan amable y risueña –le respondió Mario con gesto fingidamente alegre.
- Mario, le espera el Señor Ruiz en su despacho, quiere hablar con usted –añadió ana al tiempo que mantenía su mirada fija sobre el monitor de su ordenador.
Sin mediar palabra, Mario se dirigió al despacho del director de Novanet en la segunda planta del edificio. Mantuvieron una, para él, intranscendente conversación sobre los nuevos proyectos que la organización se disponía a emprender y sobre lo importante que era para ellos contar con una fiable agenda de clientes a los que ofrecer sus nuevos servicios.
Mario se dirigió a su despacho ansioso por realizar algunas consultas a la base de datos de la empresa, consciente de lo que se jugaba al utilizar datos protegidos por la ley para sus fines personales. Tras casi veinte minutos de inútiles preguntas con una decena de parámetros diferentes concluyó que la base de datos no contenía ninguna clase de referencia a ninguna persona llamada Laura Rodríguez Redondo. Absolutamente nada. Tampoco tuvo éxito en Internet. No obtuvo ninguna referencia en Google. Ni sobre Laura ni sobre ninguna empresa u organización que respondiera al nombre de Comp Operations.
El resto de la jornada transcurrió con la habitual pena y la poca gloria acostumbrada. Llegó a su casa, se deshizo con desdén del maletín con su material de trabajo, se preparo una cena ligera a base de ensalada y pasta, abrió una de las botellas de Jack Daniels que tenía en el mueble bar de su salón, se sirvió un vaso y se dispuso a aniquilar alguna de las neuronas que a diario le torturaban con sus recuerdos.
Sonó el teléfono. Pese al terrible dolor de cabeza que le estaba poseyendo se levantó del sofá y lo descolgó tratando de controlar la sensación de vértigo. Consiguió contener el vómito.
- ¿Mario. Mario, soy Rubén. Joder, tío. Te tomas unos días libres y desapareces como de costumbre; a ver cuando decides echarle huevos al tema y dedicarte a vivir en lugar de a mal vivir. Coño Mario que ya han pasado siete años desde lo de Lucía, ya va siendo hora. Que te parece si quedamos para tomar algo hoy…
Mario había escuchado en el segundo plano al que le obligaba su resaca la voz de Rubén cuando reaccionó.
- Espera, espera tío; dame un minuto. No ha sido una noche fácil ¿sabes? –articuló como pudo Mario
Era un comportamiento común de su mejor amigo, Rubén, abrumarle hasta dejarle sin aliento y sin opciones de réplica con discursos trascendentes y palabras de dudoso tono pero Rubén era su mejor amigo y se lo había demostrado en numerosas ocasiones cuando necesitó tenerle a su lado para “superar” la muerte de su esposa. En cualquier caso, el discurso de su amigo le concedió un tiempo valioso para despejarse un poco.
- Sí, hombre sí, conozco tus noches difíciles –dijo Rubén con tono de resignación.
- Oye tío ¿que te parece si nos tomamos unas cervezas en el bar de Víctor?, ¿hoy a las siete te parece bien? Acuérdate que hoy es día veintiuno, ya sabes.
- Desde luego, claro, nos vemos luego –añadió Mario. Colgó el auricular del teléfono.
En La Última Parada, el bar de su amigo Víctor, siempre había un tremendo barullo de conversaciones intrascendentes sobre fútbol, siempre con el televisor a toda pastilla como banda sonora y otras no menos intranscendentes conversaciones sobre los aspectos físicos de las mujeres o el número de cacharros que caerían esa noche. El ruido de fondo de las noticias en la televisión era, en aquel momento, el sonido dominante en el local. Rubén y Mario con sus usuales párrafos de ofensiva contraofensiva sobre las costumbres autodestructivas en la vida de Mario.
- Lo sé, lo sé, dame algo más de tiempo, ¿quieres? –replicó Mario a uno de los comentarios de su amigo. Se quedaron en silencio unos instantes. El sonido del televisor dominó la estancia.
Seguimos con un nuevo episodio de la crónica negra de la violencia de género en nuestro país. Esta misma tarde ha fallecido una mujer como consecuencia de una brutal paliza que le propinó su compañero sentimental. La víctima, Laura Rodríguez Redondo, de treinta y cuatro años, vecina de los Barrios Altos en el casco viejo de Vigo, no consiguió superar las complicaciones que acompañaron al fallo en su hígado como consecuencia de la paliza de su compañero […]”

Mario giró bruscamente la cabeza para fijar su mirada sobre la pantalla del aparato, se fijó en el rostro agradable de la presentadora del informativo y centró su atención las imágenes de los vecinos y amigos de la víctima. No entendía nada de lo que acababa de escuchar, pero inevitablemente no pudo sino centrar sus pensamientos en el nombre que había oído. El bullicio había desaparecido y, en su cabeza, había un insistente eco repitiendo una y otra vez ese nombre: Laura Rodríguez Redondo.
Mario solicitó los días de permiso que le quedaban por disfrutar ese año. Se fue a Lugo. Haciéndose pasar por periodista de un diario local consiguió hablar con vecinos, familiares y amigos de Laura. Le contaron lo penoso de su vida en los últimos dos años cuando empezó a sufrir los arrebatos violentos de su compañero Luis, en quien se había refugiado tras la muerte de sus padres y la pérdida de un hijo de su anterior relación.

Cuando regresó a Madrid encontró en el buzón de su casa varias cartas y un nuevo sobre azulado con una nueva tarjeta dentro.


A ésta le siguió otra, que descubrió en la taquilla de su oficina. En los servicios de La Última Parada halló una más. Idénticos logotipos, distintos nombres, plazos y numeraciones. Nunca sabía dónde la encontraría, cuándo ni quién o quienes se las suministraban. Lo que averiguó al cabo de un par de días fue que todas tenían algo en común: cada una de esas personas terminaban muertas en distintas circunstancias. Daniel Costa Pérez se suicidó. Cristina López Fuentes sufrió un aparatoso accidente de moto que le quitó la vida unos días más tarde. Inexplicablemente, los fatídicos sucesos ocurrían siempre en el plazo que figuraba en la tarjeta.

Ese día encontró otra tarjeta en la caja con el pedido de la compra semanal que solía hacer.


En esta ocasión no titubeó. En menos de cinco minutos consiguió hacer una apañada maleta con lo imprescindible para pasar unos días fuera. Sacó un billete por Internet para el primer vuelo que había al día siguiente a la capital Navarra y reservó una habitación de hotel para cuatro días. Llegó al mediodía al aeropuerto de Noaín. Tomó un taxi que le llevó al Hotel Albret en uno de los barrios de la periferia de Pamplona. Tardó dos días de complicadas averiguaciones en encontrar a Javier. Éste había regresado a la ciudad tras doce años de residir en diferentes comunidades buscando nuevas oportunidades laborales y quizá una nueva ocasión de conocer a alguien que le ayudara a salir del pozo emocional en que se encontraba tras sus dos fracasos matrimoniales y un fallido intento de suicidio. Ideó la manera de entrar en contacto con Javier y así lo hizo entablando una primera conversación bastante fructífera con él. Mario aprovecho las “condiciones del terreno” se dijo, al conocer la, para otros, reprochable costumbre de Javier de escaparse los viernes por la noche en busca de cualquier clase de sustancia que introducir en su cuerpo para ahogar su mundo interior plagado de demonios y aciagos recuerdos hasta que conseguía regresar a su casa el domingo por la tarde. Habían transcurrido cinco días desde que había recibido la tarjeta. Era viernes. Apuró el cigarro que fumaba en la cafetería del hotel y le llamó. Quedaron para esa misma noche. Hablaron y bebieron. Bebieron hasta casi desfallecer. Mario pidió un taxi y ambos se fueron al hotel. Javier insistió e insistió durante toda la noche en adquirir toda clase de sustancias para mezclar con el alcohol, pero esta vez fue Mario, quién disuadió a Javier para que no lo hiciera. Curiosa ironía para un hombre acostumbrado a hacer precisamente eso y maltratar su hígado. Al día siguiente, el sexto después de recibir la tarjeta, a Mario le embargó una extraña sensación. Había conseguido hacer algo importante por alguien, algo con sentido, algo que evitase una tragedia para una persona hasta hace poco desconocida. Había sido el cómplice de Javier durante dos días contándole su propia historia. El caso es que Javier seguía vivo. Pasó otros tres días con su recién estrenado amigo intercambiando vivencias, agradecimientos, algún que otro reproche menor y unas cuantas cervezas. Había llegado a la convicción de que ahora, Javier estaba más tranquilo, más asentado en definitiva, que era más fiable dejarlo sólo. Estaba a punto de abandonar la ciudad con la promesa de volver en breve cuando recibió una llamada de la recepción del hotel. Se tomo unos segundos y bajó calmadamente. El recepcionista le entregó un sobre. En esta ocasión era un sobre blanco; de mayor tamaño que los anteriores pero con idéntico logotipo en su esquina inferior izquierda.
Se retiró a la cafetería dando las gracias al encargado de la recepción. Pidió un café solo y un croissant y se sentó en una de las mesas. Mientras esperaba el café y el bollo miraba con atención el sobre. Lo giraba. Lo posaba en la mesa, volvía a cogerlo hasta que se decidió a abrirlo. Dentro había un folio blanco doblado con tres pliegues y otro sobre azulado. Se decidió a abrir ambos. El folio contenía una carta. El sobre azul un nuevo nombre, un nuevo plazo y una nueva numeración.
La carta, muy breve, con apenas tres líneas de texto escrito a doble espacio, el logotipo habitual y una firma ilegible, decía así:
“Al algunas personas se les encomienda la pesada tarea de velar por los demás; de conocer sus debilidades, sus cargas, sus pecados, sus virtudes, sus recuerdos, sus errores, sus intimidades, su destino; a otras les toca ejecutar su salvación”


Un hombre hace lo que puede hasta que su destino le es revelado








Se despertó como de costumbre. Lucas Michaelson Jones había recibido un nuevo sobre con una nueva tarjeta. Justo un año después de recibir la primera entrega de los incomprensibles sobres azules. Un once de agosto le llegó la de Jesse hacía un año ya. No pudo hacer nada porque no había entendido nada. Sin saberlo, era nuevo en los actos de compasión. La de hoy era ya, una de tantas tarjetas, una de tantas acciones compasivas. Ya sabía que hacer.


Lucas se tomó el café con calma. Llamó a American Airlines y preparó su vuelo a España.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Palabras

En el despacho de abogados de Dávila, Tuñon y Asociados el ritmo de trabajo era frenético, no en vano por sus dependencias y salas de reunión, además de casos más “típicos” circulaban diariamente varios millones de euros en transacciones económicas, fusiones comerciales y operaciones financieras de alto riesgo y más alta rentabilidad; caso de que todo fuera bien. Y sus abogados sabían hacerlo bien. Adela había acudido a aquel Bufete tras la recomendación de su amiga Nuria. Son prepotentes, orgullosos, arrogantes, le había comentado en su momento su amiga, pero son los mejores, concluyó.

- Verá señora, lo que ocurre en realidad, es que no podemos hacer lo que usted sugiere. La existencia de más de un objeto procesal da lugar al litisconsorcio pasivo necesario y hoy por hoy no sería posible hacer lo que usted pretende – le espetó rotundamente la abogada con una sonrisa de indiferencia que irritó a Adela.

- No entiendo nada de lo que me está diciendo –le replicó

- Señora, yo soy la abogada y le sugiero que acepte mi consejo y me deje aplicar mis criterios profesionales. No podemos arriesgarnos, no ahora que estamos tan cerca de un final satisfactorio para todos. De lo contrario podríamos llegar a una sentencia contradictoria que vulnere el principio de audiencia e indefensión de las partes y, eso, señora Pardo, no nos conviene – la abogada terminó su breve discurso jurídico con la indiferencia de la que le habló Nuria, levantándose de la mesa y dirigiéndose a la máquina de café situada el lado de la puerta del despacho.

Adela no sabía que decir. Se sentía desconcertada, indignada y cansada. En su fuero interno ella tenía las cosas claras. Su empresa la había echado de su trabajo, no había vuelta de hoja. No lograba comprender porque era tan poco evidente para todos los demás incluida su propia abogada. Con un gesto de resignación recogió su abrigo del respaldo de la silla donde había estado sentada la última media hora y se levantó.

- Le mantendré informada puntualmente –señaló Lucía, su abogada, mientras extraía de uno de los cajones de su escritorio el dossier de Rafael Tessier, el cliente que le esperaba en el hall desde hacía cinco minutos.

Adela se despidió con unas falsas gracias. Abrió la puerta del despacho se puso su abrigo y sacudió ligeramente su larga melena negra para colocar su cabello fuera de la cobertura del abrigo. Rafael, la miró ligeramente y le dio los buenos días esbozando una leve sonrisa entre los desconocidos que tienen algo, aunque sea un abogado, en común.

- Siéntese señor Tessier, enseguida estoy con usted – Le espetó Lucía sin haberle dado tiempo siquiera a saludarla

La abogada permaneció durante unos minutos ojeando la carpeta con el dossier del caso de Rafael. Tomó unas notas en su cuaderno de trabajo y bebió un sorbo de café.

- Verá, le seré totalmente sincera, señor Tessier. La cosa está complicada, realmente complicada. Técnicamente ocurre que nos encontramos ante un ficta documentatio. Esta constituye la trasposición al medio documental de lo previsto para la confesión en la Ley de Procedimiento Laboral. El caso, señor Tessier es, que la posibilidad de declarar la ficta documentatio es una facultad del tribunal y no una obligación, de manera que en nuestro caso necesariamente quedamos expuestos al criterio del mismo para considerar como prueba el “inconseguible” documento del que usted habla. A mi entender, señor Tessier, no tenemos argumentos suficientes para que el tribunal acepte nuestra propuesta.

Rafael elevó y enarcó las cejas al tiempo que pestañeó repetidamente al tiempo que se frotaba los ojos, se quedó medio embobado mirando a su abogada mientras iba perdiendo el sonido de su voz a media que se esforzaba, inútilmente en entender lo que Lucía le estaba diciendo. Para sí pensó en aquella frase que en una ocasión le espetó sin piedad alguna su amigo Iván en una de esas charlas de bar en las que se dice de todo tras despacharse tres o cuatro cacharros de Cacique con Cola “Si quieres justicia, vete a una casa de putas; Si quieres que te jodan, vete a los tribunales”. En este momento él hubiera añadido una simple coletilla a esa frase “[…] o a un abogado”. Rafael trató de guardar la compostura mientras Lucía continuaba el discurso solemne y desprendido de toda compasión y deferencia para con su cliente que era tan típica de los abogados del Bufete.

Los gritos y el tumulto les sorprendieron a los dos mientras Rafael trataba de volver al “asunto” y Lucía intentaba concluir su diatriba. A través de las ventanas del despacho asistieron a un desfile frenético de hombres finamente trajeados y señoritas de pelo recogido, intenso maquillaje y porte televisivo.

Lucía pudo ver a Tomás Requena, el Jefe del Área de Seguridad y Relaciones Externas de Dávila, Tuñon y Asociados, detenerse en medio del pasillo con alguien que no reconocía. Se trataba, pensó, de un individuo… como decirlo, de aspecto informal que desentonaba dentro de aquel ambiente de personas elegantes y objetos caros. El individuo masajeaba nerviosamente el lóbulo de su oreja izquierda al tiempo que retorcía uno de los zarcillos que colgaba del mismo. Tomás bajó la cabeza y dirigió las palmas de sus manos hacia sus sienes en un gesto inequívocamente preocupante.

Lucía abrió violentamente la puerta del despacho dejando atónito a Rafael y se dirigió a Tomás con gesto de sorpresa.

- ¿Que es lo que ocurre, Tomás? –le dijo sin dirigir ni siquiera un saludo a ninguno de los dos.

Hubo un breve silencio de unos segundos mientras continuaba la banda sonora de gritos y palabras malsonantes de muchos de los empleados del Bufete.

- Mierda, mierda, mierda – soltó secamente Tomás.

- Hemos consultado a diversos expertos y la conclusión es unánime señor Requena, no puede hacerse nada – Dijo de inmediato el individuo de aspecto informal.

- Como Miembro fundador y principal accionista de la Compañía exijo una explicación de inmediato – Gritó Lucia al tiempo que resopló violentamente para reforzar su exigencia y mostrar su enfado

- Hemos perdido millones de euros, Lucía. Millones

El hombre del zarcillo intervino de repente en la conversación.

- Señores, quien o quienes hayan sido los autores del “acto” han utilizado el Método Guttman Wipe de treinta y cinco pasadas de reescritura para el borrado seguro de los datos. Los cortafuegos de la compañía no consiguieron resistir el ataque. Los atacantes incluso lograron vulnerar el sistema proxy que evalúa los comandos SQL antes de enviarlos a las bases de datos y estas quedaron comprometidas. Los bloqueos de los comandos administrativos también fueron rápidamente quebrantados. Listos, muy listos y muy rápidos. Realizaron múltiples escaneos de vulnerabilidades, introdujeron los exploits, compilaron los rootkits en menos de un cuarto de hora. Emplearon herramientas de acceso remoto por conexión inversa utilizando una técnica de tunelización http, saltándose toda la protección perimetral. Sencillamente perfecto. Anularon los servicios de alertas y de registro de los IDS incapacitaron el envío a Syslog de los registros de actividades. Entraron hasta la cocina, se dieron un buen festín y no dejaron ni un átomo de miga de pan sobre la mesa.

Lucía y Tomás se dirigieron una mirada de asombro e incredulidad. Parecía que alguien les había pagado con la misma falsa moneda que ellos solían emplear con algunos de sus clientes. Les pagaron con palabras y les pagaron bien. Y ese era el único ingreso que ese día iban a recibir en Dávila, Tuñon y Asociados.