jueves, 4 de septiembre de 2008

Un poemilla

Lloro cada día
porque cada día muero.
Muero cada día porque
cada día te pierdo.
Y si estoy muerto
por qué respiro
y si estoy muerto
por qué aún sueño
Y si cada día muero y
cada día estoy muerto
porque sigue este dolor
de llevarte conmigo dentro.

Érase una vez

El tiempo no es sino el espacio entre los recuerdos.

Para las personas que quiero.
Ellas son mi tiempo y mis recuerdos.

Érase una vez...

Daniel imaginó que todas las historias comenzaban así, incluida la suya. Es de suponer que porque todas las historias que le contaba su abuelo empezaban de ese modo. Y él siempre le decía que todas las buenas historias empezaban así.

Empezó a escucharlas cuando apenas había cumplido los 4 años. Recordaba la cama de su abuelo, donde acostumbraba a recostarse en su regazo, y la sombría habitación en la que, pese a todo, jamás pasó miedo porque todo lo que allí había le protegía en todo momento. Pasaba horas allí dentro, incluso cuando su abuelo se iba a pasear o a echar la partida en la tasca que había frente a su casa. Ojeaba sus libros, aunque aún no sabía leer, y en ocasiones, cuando su curiosidad era más fuerte que su miedo a que su abuelo le sorprendiera fisgoneando, abría los cajones y el pequeño armario de madera medio carcomida, y echaba un vistazo para ver que había allí dentro. Aunque pocas veces sabía que eran muchos de los objetos que encontraba, cosa lógica dada su edad, siempre había uno que le llamaba particularmente la atención. Una pequeña piedra de suaves formas redondeadas, color parduzco, y que pesaba tanto que le costaba un gran esfuerzo sostenerla en sus pequeñas manos.

Nunca se atrevió a preguntarle a su abuelo que era aquello y para que servía. Ni siquiera cuando cumplió los 6 años y además de las narraciones éste empezó a enseñarle sus cosas. Tardó mucho tiempo en descubrir qué era y para que servía.

Cada mañana, después del desayuno, su abuelo le contaba una historia. Pero antes se tomaban juntos el enorme cuenco de leche que les preparaba la abuela y entre risas y pequeños juegos, cogían las galletas recién salidas del horno y hacían su pequeña fiesta particular de la mañana, aunque a su abuela no le gustaban demasiado, siempre lo ponían todo perdido y, ella, que veía la fiesta no participaba en ella y le tocaba, luego, recomponer aquellos desaguisados.

Tras cada desayuno una historia. Todas de érase una vez. Daniel siempre tenía la sensación de sumergirse en cada una de esas historias. Su abuelo las contaba con tanta pasión, que era difícil pensar que pudieran no ser reales. Le hablaba de iglesias con secretos pasadizos subterráneos en los que él de pequeño había jugado dándole más de un disgusto a su madre; le narraba historias sobre los lugares donde había estado cuando era marino; le contaba historias acerca de viejas casas abandonadas y sobre los misteriosos sucesos que había vivido en ellas con sus amigos de la cuadrilla.

Si, le costaba mucho creer que no eran reales, porque las vivía al contarlas y Daniel las vivía al mismo tiempo y con la misma intensidad que su abuelo. En una ocasión le contó como había estado a punto de quedarse para siempre en una de esas islas exóticas en las que había estado por culpa de una mujer que traía de cabeza a la mitad de la tripulación de su barco. Lo que no lo gustó demasiado a Daniel fue cuando le dijo que eso hubiera supuesto que él no hubiera nacido. De todas formas le maravillaba lo detallado de sus descripciones. Desde el cascarón en el que había viajado, los mares por donde había navegado, o las curiosas personas que había conocido. Pero aquella mujer...

Daniel se iba haciendo mayor. Ya había cumplido los diez años. Aquel día tocaba celebración. Era el cumpleaños de su abuelo. Le encantaban los días como ese porque él, su abuelo y su abuela se reunían alrededor de la mesa de la cocina, conversaban, reían y como solía suceder en esos casos siempre acababan con algunas de aquellos maravillosos relatos.

Él no lo sabía, pero aquel 12 de julio, fue el último día en que su abuelo le contase parte de las maravillas de su imaginaria vida. Sus noventa años no resistieron la fuerza con la que el tiempo se enfrentó con su corazón y se paró. Le encontró la abuela cuando fue a despertarle para que fuese a desayunar con su nieto, que ya estaba preparado. Vicenta, que así se llamaba su abuela, no tardó en darse cuenta de lo que ocurría.

Daniel tardó mucho más en comprenderlo y mucho más en asumirlo. Pese a su juventud mostraba el dolor de una persona adulta, pero como niño no tenía la capacidad para esconderlo o quizá huir de él. Durante muchos meses siguió yendo a la habitación donde él y su abuelo se juntaban para disfrutar juntos de aquellas preciosas narraciones, se acostaba en su cama, siempre con lágrimas en los ojos, se quedaba mirando hacia el techo durante horas y en ocasiones sabiendo lo absurdo de su pregunta, le preguntaba a su abuela cuando volvería el abuelo.

Tardó mucho tiempo en poder entrar en aquella habitación sin romper a llorar de inmediato o sin poder hacer otra cosa que simplemente contemplar la bombilla que colgaba del techo o las grietas de las paredes. Hasta los dieciséis años no consiguió volver a fisgonear entre las pertenencias de su abuelo sin tener la sensación de que era algo que ya no debía de hacer. Sus gafas de pasta tan negra como gruesa, la vieja pipa de brezo y la cajita con el tabaco que siempre fumaba, Cavendish; el cenicero de piedra que según él le había regalado uno de sus compañeros de tripulación poco antes de morir; el cris malayo que negó siempre haber comprado en una tienda de recuerdos; la boina de fieltro con la que siempre solía salir a la calle, su desvencijada baraja y el tapete descolorido en el que solía hacer solitarios; el arcón que le había dejado en herencia su padre y que Daniel nunca se atrevió a abrir; el portarretratos con la foto del día en que él y la abuela se casaron... pero no había encontrado aquella curiosa piedra que siempre le había tenido ensimismado cuando la cogía.

Pasaba el tiempo. Daniel acostumbraba a volver a casa de su abuela después de su trabajo -ya tenia 23 años y una carrera terminada- para comprobar cómo estaba y hacerle un poco de compañía. Al poco tiempo su abuela se murió también. Imaginaba que se le hizo insoportable la tristeza de perder aquello que había sido toda su vida. Ninguno había hecho testamento pero Daniel era el único descendiente que tenían y la casa y todo lo que en ella había le correspondía legítimamente.

Decidió trasladarse del pequeño piso de alquiler al que se había mudado cuando empezó a trabajar, a la casa de sus abuelos. Muchas noches se acostaba en la cama de su abuelo después de cenar y ver un poco la televisión y en todas ellas resonaban las palabras de su abuelo que, a pesar de los años, le resultaban tan diáfanas como cuando era sólo un crío. Y un buen día apareció de nuevo. Le pudo su innata curiosidad. Allí estaba. Dentro de aquel arcón de madera que fue lo único que en vida de su abuelo nunca había investigado. Montones de amarillentas hojas de papel apiladas en lotes atados con una gruesa soga, algunas hojas sueltas y algunos extraños utensilios que seguía sin saber identificar. Y encima de toda aquella montaña de papel lo que sin duda había identificado, mucho tiempo antes de volver a encontrarlo, como el pisapapeles de su abuelo. Sacó todo aquello del arcón.

Se pasó toda la noche leyendo aquellos manuscritos... Mirando la fotografía de aquella exótica mujer e identificando aquellos extraños objetos del arcón según leía los relatos de su abuelo.

Su abuelo le había "engañado". No siempre comenzaban por Érase una vez. De hecho él siempre ponía la fecha antes de comenzar a escribirlas.

Dia 10

Día 0. 23 de octubre de…

Hoy me ha dejado mi novia; al menos eso creo.

- Si estoy con él no puedo estar contigo – fue lo único que dijo.

Sutil, diplomático, seco, paralizante, cruel. Un disparo directo al alma, un garfio que atraviesa el gaznate de un conejo. ¿Quién está enamorado aquí? ¿Demasiado tiempo juntos o demasiado tiempo separados? ¿Por qué cogiste aquel avión?

Día 1. 6 de noviembre de…

Al otro lado de la mesa mi amigo René. Encima un café con leche, una cerveza y mucho dolor cortando el aire.

- Tío, sal de casa – me soltó, sin más.

- Tío, sácame de casa – repliqué.

No se me ocurrió nada mejor que decirle. Demasiadas miradas que transmitían demasiadas cosas y un silencio lleno de ruido. No me atrevía ni a quitarme las gafas para limpiarlas. Un último trago de cerveza y una “declaración de principios”:

- Recuerda, tú me has movido a esto

Día 2. 15 de diciembre de…

Hubiera preferido algo más romántico pero estaba cansado del amor. Bajo la escalinata que me lleva a la pista de baile. Apenas entiendo lo que me dice René, ni Enya ni Al Jarreau tenían cabida en este tugurio. Alcohol, drogas, sexo explícito, poca luz y mucha prisa por vivir (o matarse). No importaba, el alcohol mata lentamente. El amor quiere volver a bailar pero no le dejan.

Día 3. 12 de enero de…

Brasileña, de Río. Morena hasta en el blanco de los ojos. No demasiado sexy, no le hacía falta. Sus labios… Anunciaban la programación de un suicidio colectivo. Espectacular hasta el vómito. Marlena no bailaba, hacía girar cabezas y miradas. La llamábamos Luana, ignoro por qué. Sólo me dio los dos besos de rigor pero fue ella quien cerró los ojos.

Día 4. 12 de febrero de…

Quizá no fuera doce. No lo recuerdo bien. Marlena ya había soltado amarras y yo no había recogido las velas, no del todo. René, no obstante, trataba de atar cabos. Presagiaba un naufragio. No éramos piratas, tampoco aventureros, no sabíamos navegar. Hasta ese día. Quizá no fuera doce. Sonó el teléfono.

Día 5. 1 de marzo de…

Debía de ser un día de suerte, no una mañana cualquiera. La invitación seguía en pie. Desde la mesa de la terraza sólo se veían niños con sus padres. Mientras juegan yo espero. No tarda en aparecer. Aún no me había suicidado así que miro sus labios. Se acercan, los acerca, los posa. Debía de ser un día de suerte. Una mañana más pero esta diferente. Ahora soy yo quien cierra los ojos.

Día 6. 11 de marzo de…

Sí, fue el día once no tengo la menor duda. Chema se resignó a perderla. Yo me preparo para ganarla. Marlena estaba lista para cambiar de “perdedor”. Parece que todos hemos pasado el examen final del primer curso en el que te enseñan el arte de la supervivencia sin libros y sin maestros. Empezamos a vivir y dejamos de sobrevivir, incluso Chema lo hizo. Dejamos de hablarnos. Ahora trabaja repartiendo publicidad.

Día 7. 17 de marzo de…

Aún no he dejado la bebida, sigo recordando dónde la tengo “escondida”. Decido empezar a olvidar pero “las células de los recuerdos… esas son difíciles de matar”; Ranulph Junuh dixit. Marlena lo sabe pero no juzga el carácter ni el modo en que uno decide deshacerse de él. Espera, espera, espera. Espera empezar de nuevo. Yo espero lo mismo. Esperamos.

Día 8. 21 de marzo de…

Estoy contento. He conseguido salir del desierto sin quemaduras en los ojos. René se ha casado. Chema se ha ido a vivir a Tarragona, trabaja de vigilante de seguridad en un garaje. Yo me he puesto una tirita en el alma. Marlena… Igual ella y yo podamos…

- Lo que podamos - me dice.

Día 9. 31 de agosto.

Ha pasado mucho tiempo, dos años creo. Marlena me ha dejado. Segundo disparo al corazón. Segundo garfio. Extremamos demasiado el silencio. Hablábamos, de nada. Vuelvo a estudiar inglés. René me llama. Tom regresa a España, cansado de ser nómada y cansado de Oregón. Chema ha regresado también. Marlena volvió a Brasil. Los que quedamos nos hemos vuelto a juntar. Cuatro cervezas, dos cigarrillos, un cuenco de frutos secos, aceitunas picantes y un solo paquete de cigarrillos sobre la mesa. Hablamos, seguimos hablando.

- Esto es la evolución –dijo René

Nos miramos, sonreímos y… evolucionamos. Aún no sabemos hacia dónde.

Día 10…

Gracias Isabela

Hoy me he llevado una inmensa alegría. A veces resulta que es sencillo sentirse bien. Tan sencillo como recibir el comentario de quien espero que pronto deje de ser una persona desconocida para convertirse en una nueva amiga.

Isabela, desde Mexico, muy lejos de donde me encuentro, ha tenido la amabilidad de dedicar unas palabras para honrar mis humildes aportaciones a este universo bloguero.

Quisiera desde aquí hacer llegar a Isabela mi más profundo agradecimiento.

Por otro lado, te comento (y disculpa si te tuteo pero es costumbre en mi tratar a las personas como tales y no como cargos de una multinacional o como políticos de turno) que el relato titulado ELLA, es un rendido y humilde homenaje a la ciudad en la que no nací pero en la que he dejado el corazón desde el momento en que me vi obligado a abandonarla. Iruñea es el nombre en euskera de Pamplona; si esa ciudad mundialmente conocida por las fiestas de San Fermín. Todo lo que en el relato narro es sencillamente como describo mi relación de amor (totalmente incondicional) con un lugar al que, en palabras de uno de mis amigos y uno de sus habitantes "yo debía de pertenecer". Ni más ni menos. Amo ese lugar porque es el sitio donde mi corazón se siente feliz. Decir más sería pretencioso e inútil porque no tengo el talento suficiente para utilizar las palabras adecuadas para expresar un sentir. De modo que os invito a leer o releer el relato para acercaros simplemente, a mis sentimientos.

Como decía Thomas Carlyle "Si un libro procede del corazón encontrará la manera de llegar a otros corazones" y, bien, mal o regular os aseguro que mis letras salen del alma

P.S. Gracias de nuevo, Isabela, por tus elogios. En la medida de lo posible, seguiré escribiendo.

Fases

De un tiempo a esta parte me encuentro en una fase delicada de mi vida. Imagino que como podria estar ocurriéndole a la gran mayoría del mundo. Tengo que tomar decisiones, sobre un montón de cosas, pero está el inconveniente de que no quiero, ni me creo, capaz de dañar a las personas. Es por ello que me cuesta un tiempo horroroso el llevarlas a cabo. El trabajo, la pareja y otros futuribles que suelen ser habituales cuando uno alcanza una cierta edad.

Otra cuestión es que apenas hago caso de los consejos que me aportan mis amigos/as (y he de añadir, los mejores amigos/as del mundo) y no por que no los valore sino porque siempre hay y habrá personas implicadas en las consecuencias de las decisiones de cada uno. Siempre ha sido lo que más me ha costado. Intuyo que necesito una temporada de soledad absoluta. Problema, tengo un trabajo en el que trato diariamente con muchas personas y, por el momento, no puedo permitirme el lujo de prescindir de él. Menudo fastidio.

La cosa es que tengo la sensación de que a la vuelta de la esquina está la catarsis que estoy esperando y que necesito. ¿Acaso no esa una de las esencias de la vida: Encontrar aquello que se halla detrás de cada esquina?. Habrá que seguir doblando esquinas y continuar girando la cabeza por si algo importante queda atrás.

jueves, 14 de agosto de 2008

Granada... segunda parte

Sigo comentando un poco mi último viaje a Granada. Suele ocurrirme a menudo y, desde luego, me sucedió con esta ciudad (y otra vez con la persona que quiero..). Me sorprendió y me emocionó enormemente conocerla, y añado, que en profundidad. Un día entero dedicado a la Alhambra. Otro a recorrer el Albaycín y la Carrera del Darro. Otro a vagar por las callejuelas de la zona vieja y tapear. Otro, quizá el menos productivo, a "playear" en Almuñecar (confieso que eso del turismo de playa no es lo mío), prefiero las piedras ;-)



Faltaron muchas cosas, es cierto, pero he tenido una dosis suficiente como para llevar a este lugar siempre conmigo (como tantos otros: Pamplona, Salamanca, Venecia, Florencia, Carcasonne...). Hay tantos lugares que te dejan una imborrable huella que ni la blogosfera entera podría abarcarlos a todos. Por lo que a mí respecta tampoco es necesario. Cuando estos sitios se instalan en las células de tu cerebro disfrutan de "un alquiler vitalicio" y son, afirmo, excelentes inquilinos. Te rescatan de vacíos en malos momentos y agrandan la sensación de bienestar de los buenos.

Quién sabe qué lugar me tocará la próxima vez. Por lo pronto comparto con vosotros algunas de las imágenes a las que he arrendado parte de mis neuronas.

Empecemos con el exterior de la Catedral... Impresionante, como suele ocurrir con la mayoría de estos edificios.



Pasemos al interior... Bellísimo, como podréis observar en las dos siguientes fotografías. Me quita el hipo.



En la próxima entrega... más. Saludos


lunes, 11 de agosto de 2008

Vacaciones

Tenía una deuda pendiente. Una deuda geográfica con la única parte de España que no conocía: Andalucía. Este verano y pese a las olas de calor que han venido azotando el sur y el levante peninsular decidí saldar esa deuda. ¿El destino elegido?... Granada. Quienes os hayáis pasado por el Blog habréis leído mi aversión a salir en fotografías. Mi mejor amigo siempre me dice que me gustan demasiado las piedras (léase monumentos y todo tipo de edificación histórica) y desde hacía mucho tenía unas ganas enormes de conocer la Alhambra de modo que la elección era sencilla.

Cinco días intensos me aguardaban. Sol, calor, acentos a los que no estaba acostumbrado,
tapitas, poca playa como era mi intención, turistas por doquier (incluido yo, claro está), toneladas de fotografías (pocas, muy pocas en las que aparezco), algún que otro video y, como de costumbre, sensaciones a las que me es difícil llegar con las palabras para ser descritas, cosa que me ocurre con mucha frecuencia.

Algunas de las paradas del viaje son estas...

(Nota: Las fotografías originales están realizadas con una resolución de 3264x2448 pero para colocarlas en el blog las he redimensionado a 979x734).

Esta es la fuente del Triunfo. Céntrica, emblemática y coloreada por las noches.




Esta otra es una instantánea de la Alhambra (pudiendo verse la Alcazaba y los Palacios Nazaries) vista desde la Carrera del Darro.


A continuación una vista General del Albaiciín y el Sacromonte vistos desde la Alhambra.


Una muestra de la belleza de los jardines del Generalife.



El Patio de la Acequia, en el Generalife.



Para terminar esta "primera entrega" os dejo una fotografía de la Torre de las Damas vista desde los Jardines del Partal.



Espero que os hayan gustado. Iré colocando más fotografías a medida que vaya disponiendo de tiempo.