Le diré algo
Algo que el tiempo no oscurece
Algo que con la muerte no fenece
Algo que, sin duda, permanece
El amor que siento por tí no fallece
No importa que el alma se rompa
Ni que el corazón se despiece
Le diré algo
No siento el amor como carga
Aunque el tiempo se me escapa
Hay algo que decir
y que decirle quiero
No muero porque la amo
y vivo porque la quiero
Quizá sea demasiado pretencioso al escribir esto pero todo lo que podría decirse de mi se resume en una frase que, hace tiempo, dijo el bataría de una banda que me gusta mucho, Danny Carey, de Tool: "No soy quien quiero ser, no soy quién debería ser pero, por suerte, no soy quién era" En otras ocasiones me gusta referirme a mí mismo como hubiera hecho el escritor Orson Scott Card "Nuestra identidad no es nuestra forma, podemos tener cualquier forma y seguir siendo quienes somos"
viernes, 16 de enero de 2009
Quisiera
Quisiera gritar; un grito tan fuerte que pudiera ser considerado el primer grito humano en ser enviado al espacio.
Quisiera morir de una manera tan heróica que ninguna pluma sobre la tierra pudiera ensalzar tal gesta.
Quisiera querer con tanta intensidad que hubiera de modificar la ecuación e=mc2 porque ya se habría agotado toda energía.
Quisiera perderme y estar tan oculto como para que invisibilidad no fuese ni de lejos un sinónimo.
Quisiera agotar todo el aire del universo para no tener que respirar más
Quisiera matar el dolor y dejarlo del mismo modo que yo, muerto
Quisiera no haber nacido pero ya que lo he hecho quisiera no haber vivido pero como lo he hecho quisiera no querer más
Quisiera morir de una manera tan heróica que ninguna pluma sobre la tierra pudiera ensalzar tal gesta.
Quisiera querer con tanta intensidad que hubiera de modificar la ecuación e=mc2 porque ya se habría agotado toda energía.
Quisiera perderme y estar tan oculto como para que invisibilidad no fuese ni de lejos un sinónimo.
Quisiera agotar todo el aire del universo para no tener que respirar más
Quisiera matar el dolor y dejarlo del mismo modo que yo, muerto
Quisiera no haber nacido pero ya que lo he hecho quisiera no haber vivido pero como lo he hecho quisiera no querer más
martes, 9 de diciembre de 2008
Destinos
Se despertó como de costumbre. Muy temprano y tras haber dormido apenas tres horas. Era un hombre de costumbres inmutables, de modo que se dispuso a seguirlas de nuevo. Se dirigió a la cocina; llenó medio vaso de agua y lo introdujo en el microondas. No era persona hasta que no tomaba un café bien cargado. El pitido del micro le avisó de que el agua ya estaba caliente. Puso dos cucharadas colmadas de su café soluble habitual y se sentó en una de las sillas. Conectó el receptor de radio y sintonizó su emisora de costumbre para escuchar las noticias. Tras diez minutos de miradas perdidas a la mesa, los azulejos, el calendario y los electrodomésticos de la estancia, se levantó, depositó el vaso en fregadero y se dirigió a la ducha. Apoyó las dos manos en uno de los laterales del baño y agachó la cabeza mientras el abundante chorro del difusor le empapaba. Permaneció así durante varios minutos hasta que decidió terminar con su aseo diario.
Eran las siete de la mañana cuando salió de casa para dirigirse, como de costumbre, a su trabajo. Ocho horas de aburrida y rutinaria tarea de introducir referencias informes en las bases de datos de la compañía Novanet, una empresa dedicada a la seguridad tecnológica. Un trabajo de medio pelo para una persona no menos mediocre, pensó. Solía hacerlo, solía pensarlo.
Hacía tiempo que consideraba su anodina vida como terminada. Se sentía tan fracasado que cualquiera de sus actos diarios representaba, para él, meros actos inerciales alimentados por su incapacidad para ponerle fin a todo. Había dejado de existir el mismo día en que su mujer y su hijo habían fallecido en un accidente de aviación durante su viaje a Australia, un dieciocho de agosto como el que había comenzado esta mañana al despertarse. Sólo él había sobrevivido, aunque a menudo pensaba que él era el único que de verdad había muerto.
Permaneció unos minutos en el interior de su Renault Megane, pensativo y repasando su agenda del día antes de girar la llave del contacto. Se fijó durante unos breves instantes en un pequeño sobre que no recordaba haber colocado entre los papeles de la agenda. Era un sobre de un color azul apastelado. Lo abrió frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos en intenso gesto de extrañeza. En su interior solo encontró una pequeña tarjeta con un logotipo desconocido para él y una sencilla inscripción.
Durante un momento trató de recordar si ese nombre conseguía decirle algo. El resultado fue negativo. Tampoco le resultaba extraño que así fuera. Se pasaba horas introduciendo nombres y datos sin sentido alguno para él en un terminal de ordenador de Novanet. No era el nombre de ninguna de sus amigas ni el de ninguno de los clientes de su negocio paralelo de reparación de ordenadores que en su tiempo libre le permitía añadirle algunos euros extra a su raquítico sueldo. Nada de lo que aparecía en la tarjeta tenía significado. Mario decidió que lo más adecuado sería comprobar en las bases de datos de la compañía si los datos de la tarjeta correspondían a alguno de sus clientes. Al fin y al cabo hacía tiempo que había dejado de confiar en su memoria para delegar el cumplimiento de sus tareas y responsabilidades a la agenda y a una miríada de aparatos electrónicos que las cumplían por él.
- Don Mario Suárez, siempre tan puntual -le dijo Ana, la secretaria de Novanet que cada mañana era la primera persona a quien saludaba y le regalaba con su bonita sonrisa el, posiblemente, su mejor momento del día. Por sus facciones, Ana le resultaba tremendamente parecida a Lucía, su mujer, e inconscientemente se decía a sí mismo que Ana era alguno de los pedazos de Lucía que se habían esparcido por el mundo tras el accidente.
- Buenos días Ana, siempre tan amable y risueña –le respondió Mario con gesto fingidamente alegre.
- Mario, le espera el Señor Ruiz en su despacho, quiere hablar con usted –añadió ana al tiempo que mantenía su mirada fija sobre el monitor de su ordenador.
Sin mediar palabra, Mario se dirigió al despacho del director de Novanet en la segunda planta del edificio. Mantuvieron una, para él, intranscendente conversación sobre los nuevos proyectos que la organización se disponía a emprender y sobre lo importante que era para ellos contar con una fiable agenda de clientes a los que ofrecer sus nuevos servicios.
Mario se dirigió a su despacho ansioso por realizar algunas consultas a la base de datos de la empresa, consciente de lo que se jugaba al utilizar datos protegidos por la ley para sus fines personales. Tras casi veinte minutos de inútiles preguntas con una decena de parámetros diferentes concluyó que la base de datos no contenía ninguna clase de referencia a ninguna persona llamada Laura Rodríguez Redondo. Absolutamente nada. Tampoco tuvo éxito en Internet. No obtuvo ninguna referencia en Google. Ni sobre Laura ni sobre ninguna empresa u organización que respondiera al nombre de Comp Operations.
El resto de la jornada transcurrió con la habitual pena y la poca gloria acostumbrada. Llegó a su casa, se deshizo con desdén del maletín con su material de trabajo, se preparo una cena ligera a base de ensalada y pasta, abrió una de las botellas de Jack Daniels que tenía en el mueble bar de su salón, se sirvió un vaso y se dispuso a aniquilar alguna de las neuronas que a diario le torturaban con sus recuerdos.
Sonó el teléfono. Pese al terrible dolor de cabeza que le estaba poseyendo se levantó del sofá y lo descolgó tratando de controlar la sensación de vértigo. Consiguió contener el vómito.
- ¿Mario. Mario, soy Rubén. Joder, tío. Te tomas unos días libres y desapareces como de costumbre; a ver cuando decides echarle huevos al tema y dedicarte a vivir en lugar de a mal vivir. Coño Mario que ya han pasado siete años desde lo de Lucía, ya va siendo hora. Que te parece si quedamos para tomar algo hoy…
Mario había escuchado en el segundo plano al que le obligaba su resaca la voz de Rubén cuando reaccionó.
- Espera, espera tío; dame un minuto. No ha sido una noche fácil ¿sabes? –articuló como pudo Mario
Era un comportamiento común de su mejor amigo, Rubén, abrumarle hasta dejarle sin aliento y sin opciones de réplica con discursos trascendentes y palabras de dudoso tono pero Rubén era su mejor amigo y se lo había demostrado en numerosas ocasiones cuando necesitó tenerle a su lado para “superar” la muerte de su esposa. En cualquier caso, el discurso de su amigo le concedió un tiempo valioso para despejarse un poco.
- Sí, hombre sí, conozco tus noches difíciles –dijo Rubén con tono de resignación.
- Oye tío ¿que te parece si nos tomamos unas cervezas en el bar de Víctor?, ¿hoy a las siete te parece bien? Acuérdate que hoy es día veintiuno, ya sabes.
- Desde luego, claro, nos vemos luego –añadió Mario. Colgó el auricular del teléfono.
En La Última Parada, el bar de su amigo Víctor, siempre había un tremendo barullo de conversaciones intrascendentes sobre fútbol, siempre con el televisor a toda pastilla como banda sonora y otras no menos intranscendentes conversaciones sobre los aspectos físicos de las mujeres o el número de cacharros que caerían esa noche. El ruido de fondo de las noticias en la televisión era, en aquel momento, el sonido dominante en el local. Rubén y Mario con sus usuales párrafos de ofensiva contraofensiva sobre las costumbres autodestructivas en la vida de Mario.
- Lo sé, lo sé, dame algo más de tiempo, ¿quieres? –replicó Mario a uno de los comentarios de su amigo. Se quedaron en silencio unos instantes. El sonido del televisor dominó la estancia.
“Seguimos con un nuevo episodio de la crónica negra de la violencia de género en nuestro país. Esta misma tarde ha fallecido una mujer como consecuencia de una brutal paliza que le propinó su compañero sentimental. La víctima, Laura Rodríguez Redondo, de treinta y cuatro años, vecina de los Barrios Altos en el casco viejo de Vigo, no consiguió superar las complicaciones que acompañaron al fallo en su hígado como consecuencia de la paliza de su compañero […]”
Mario giró bruscamente la cabeza para fijar su mirada sobre la pantalla del aparato, se fijó en el rostro agradable de la presentadora del informativo y centró su atención las imágenes de los vecinos y amigos de la víctima. No entendía nada de lo que acababa de escuchar, pero inevitablemente no pudo sino centrar sus pensamientos en el nombre que había oído. El bullicio había desaparecido y, en su cabeza, había un insistente eco repitiendo una y otra vez ese nombre: Laura Rodríguez Redondo.
Mario solicitó los días de permiso que le quedaban por disfrutar ese año. Se fue a Lugo. Haciéndose pasar por periodista de un diario local consiguió hablar con vecinos, familiares y amigos de Laura. Le contaron lo penoso de su vida en los últimos dos años cuando empezó a sufrir los arrebatos violentos de su compañero Luis, en quien se había refugiado tras la muerte de sus padres y la pérdida de un hijo de su anterior relación.
Cuando regresó a Madrid encontró en el buzón de su casa varias cartas y un nuevo sobre azulado con una nueva tarjeta dentro.
|
|
A ésta le siguió otra, que descubrió en la taquilla de su oficina. En los servicios de La Última Parada halló una más. Idénticos logotipos, distintos nombres, plazos y numeraciones. Nunca sabía dónde la encontraría, cuándo ni quién o quienes se las suministraban. Lo que averiguó al cabo de un par de días fue que todas tenían algo en común: cada una de esas personas terminaban muertas en distintas circunstancias. Daniel Costa Pérez se suicidó. Cristina López Fuentes sufrió un aparatoso accidente de moto que le quitó la vida unos días más tarde. Inexplicablemente, los fatídicos sucesos ocurrían siempre en el plazo que figuraba en la tarjeta.
Ese día encontró otra tarjeta en la caja con el pedido de la compra semanal que solía hacer.
|
|
En esta ocasión no titubeó. En menos de cinco minutos consiguió hacer una apañada maleta con lo imprescindible para pasar unos días fuera. Sacó un billete por Internet para el primer vuelo que había al día siguiente a la capital Navarra y reservó una habitación de hotel para cuatro días. Llegó al mediodía al aeropuerto de Noaín. Tomó un taxi que le llevó al Hotel Albret en uno de los barrios de la periferia de Pamplona. Tardó dos días de complicadas averiguaciones en encontrar a Javier. Éste había regresado a la ciudad tras doce años de residir en diferentes comunidades buscando nuevas oportunidades laborales y quizá una nueva ocasión de conocer a alguien que le ayudara a salir del pozo emocional en que se encontraba tras sus dos fracasos matrimoniales y un fallido intento de suicidio. Ideó la manera de entrar en contacto con Javier y así lo hizo entablando una primera conversación bastante fructífera con él. Mario aprovecho las “condiciones del terreno” se dijo, al conocer la, para otros, reprochable costumbre de Javier de escaparse los viernes por la noche en busca de cualquier clase de sustancia que introducir en su cuerpo para ahogar su mundo interior plagado de demonios y aciagos recuerdos hasta que conseguía regresar a su casa el domingo por la tarde. Habían transcurrido cinco días desde que había recibido la tarjeta. Era viernes. Apuró el cigarro que fumaba en la cafetería del hotel y le llamó. Quedaron para esa misma noche. Hablaron y bebieron. Bebieron hasta casi desfallecer. Mario pidió un taxi y ambos se fueron al hotel. Javier insistió e insistió durante toda la noche en adquirir toda clase de sustancias para mezclar con el alcohol, pero esta vez fue Mario, quién disuadió a Javier para que no lo hiciera. Curiosa ironía para un hombre acostumbrado a hacer precisamente eso y maltratar su hígado. Al día siguiente, el sexto después de recibir la tarjeta, a Mario le embargó una extraña sensación. Había conseguido hacer algo importante por alguien, algo con sentido, algo que evitase una tragedia para una persona hasta hace poco desconocida. Había sido el cómplice de Javier durante dos días contándole su propia historia. El caso es que Javier seguía vivo. Pasó otros tres días con su recién estrenado amigo intercambiando vivencias, agradecimientos, algún que otro reproche menor y unas cuantas cervezas. Había llegado a la convicción de que ahora, Javier estaba más tranquilo, más asentado en definitiva, que era más fiable dejarlo sólo. Estaba a punto de abandonar la ciudad con la promesa de volver en breve cuando recibió una llamada de la recepción del hotel. Se tomo unos segundos y bajó calmadamente. El recepcionista le entregó un sobre. En esta ocasión era un sobre blanco; de mayor tamaño que los anteriores pero con idéntico logotipo en su esquina inferior izquierda.
Se retiró a la cafetería dando las gracias al encargado de la recepción. Pidió un café solo y un croissant y se sentó en una de las mesas. Mientras esperaba el café y el bollo miraba con atención el sobre. Lo giraba. Lo posaba en la mesa, volvía a cogerlo hasta que se decidió a abrirlo. Dentro había un folio blanco doblado con tres pliegues y otro sobre azulado. Se decidió a abrir ambos. El folio contenía una carta. El sobre azul un nuevo nombre, un nuevo plazo y una nueva numeración.
La carta, muy breve, con apenas tres líneas de texto escrito a doble espacio, el logotipo habitual y una firma ilegible, decía así:
“Al algunas personas se les encomienda la pesada tarea de velar por los demás; de conocer sus debilidades, sus cargas, sus pecados, sus virtudes, sus recuerdos, sus errores, sus intimidades, su destino; a otras les toca ejecutar su salvación”
Un hombre hace lo que puede hasta que su destino le es revelado


Se despertó como de costumbre. Lucas Michaelson Jones había recibido un nuevo sobre con una nueva tarjeta. Justo un año después de recibir la primera entrega de los incomprensibles sobres azules. Un once de agosto le llegó la de Jesse hacía un año ya. No pudo hacer nada porque no había entendido nada. Sin saberlo, era nuevo en los actos de compasión. La de hoy era ya, una de tantas tarjetas, una de tantas acciones compasivas. Ya sabía que hacer.
|
|
Lucas se tomó el café con calma. Llamó a American Airlines y preparó su vuelo a España.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Frases
Hace mucho tiempo, desde que soy adolescente para ser exactos, he ido recogiendo en un pequeño cuaderno algunas de las frases que han ido marcando mi existencia durante todos estos años. Las he ido apuntanod a medida que éstas aparecían en mi vida, mientras leía un libro, mientras veía una película, cuando me la decía algún amigo...
Son muchas y en mi libreta están son orden alguno y... quisiera compartirlas con vosotros/as. Como es natural en esta entrada del blog no podré poner nada más que algunas,que seleccionará aleatoriamente, e iré completendolas en sucesivas entregas.
Espero que os gusten.
- Solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento. (William Sommerset Maughan)
- Detesto lo que dices pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo. (Voltaire)
- Si podemos preguntarnos ¿soy o no soy responsable de mis actos?, significa que si lo somos (F. Dostoievski)
- Demasiado al este es el oeste. (Proverbio Chino)
- Si el cerebro fuera tan simple que pudiéramos entenderlo, seríamos tan simples que no podríamos hacerlo. (David Zindell "Nerverness")
- Enamorarse es exagerar enormemente la diferencia entre una mujer y otra. (G.B. Shaw)
- No hace falta ver los pensamientos, basta con mirar la expresión de los rostros. (Provervio danés)
- La fuerza es tan solo un accidente que proviene de la debilidad de los demás. (Joseph Conrad "El corazón de las tinieblas")
- Nuestra conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón. (T. Wilson)
- Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota (Valle Inclán)
- Las cosas más preciosas son mas ligeras que el aire ("Smoke")
- Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse. (Oscar Wilde "La importancia de llamarse Eernesto")
- La prudencia es una vieja, fea y rica solterona cortejada por la incapacidad. (William Blake)
- No soy quien quiero ser, no soy quien debería ser pero, por suete, no soy quien era (Danny Carey, cantante del grupo TOOL)
- Lo que estaba claro es que necesitaba escaparme de este aburrido país que a veces es la vida (Edward Limonov "Historia de un servidor")
- El amor es la amistad con momentos eróticos (Antonio Gala)
- La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora (Ortega y Gasset)
- El carbón no cambia de color cuando se lava. Lo que no se puede curar ha de soportarse. (Dominique Lapierre "La ciudad de la Alegría)
- También somos lo que hemos perdido (De la película Amores Perros de Alejandro González Iñarritu)
- Las palabras sirven para mentir, el dolor siempre es verdadero (De la película Audition)
- Mientras aún puedas decir que has tocado fondo es que no lo has tocado (De la película The Good Girl)
Son muchas y en mi libreta están son orden alguno y... quisiera compartirlas con vosotros/as. Como es natural en esta entrada del blog no podré poner nada más que algunas,que seleccionará aleatoriamente, e iré completendolas en sucesivas entregas.
Espero que os gusten.
- Solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento. (William Sommerset Maughan)
- Detesto lo que dices pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo. (Voltaire)
- Si podemos preguntarnos ¿soy o no soy responsable de mis actos?, significa que si lo somos (F. Dostoievski)
- Demasiado al este es el oeste. (Proverbio Chino)
- Si el cerebro fuera tan simple que pudiéramos entenderlo, seríamos tan simples que no podríamos hacerlo. (David Zindell "Nerverness")
- Enamorarse es exagerar enormemente la diferencia entre una mujer y otra. (G.B. Shaw)
- No hace falta ver los pensamientos, basta con mirar la expresión de los rostros. (Provervio danés)
- La fuerza es tan solo un accidente que proviene de la debilidad de los demás. (Joseph Conrad "El corazón de las tinieblas")
- Nuestra conducta es la única prueba de la sinceridad de nuestro corazón. (T. Wilson)
- Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota (Valle Inclán)
- Las cosas más preciosas son mas ligeras que el aire ("Smoke")
- Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse. (Oscar Wilde "La importancia de llamarse Eernesto")
- La prudencia es una vieja, fea y rica solterona cortejada por la incapacidad. (William Blake)
- No soy quien quiero ser, no soy quien debería ser pero, por suete, no soy quien era (Danny Carey, cantante del grupo TOOL)
- Lo que estaba claro es que necesitaba escaparme de este aburrido país que a veces es la vida (Edward Limonov "Historia de un servidor")
- El amor es la amistad con momentos eróticos (Antonio Gala)
- La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora (Ortega y Gasset)
- El carbón no cambia de color cuando se lava. Lo que no se puede curar ha de soportarse. (Dominique Lapierre "La ciudad de la Alegría)
- También somos lo que hemos perdido (De la película Amores Perros de Alejandro González Iñarritu)
- Las palabras sirven para mentir, el dolor siempre es verdadero (De la película Audition)
- Mientras aún puedas decir que has tocado fondo es que no lo has tocado (De la película The Good Girl)
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Palabras
En el despacho de abogados de Dávila, Tuñon y Asociados el ritmo de trabajo era frenético, no en vano por sus dependencias y salas de reunión, además de casos más “típicos” circulaban diariamente varios millones de euros en transacciones económicas, fusiones comerciales y operaciones financieras de alto riesgo y más alta rentabilidad; caso de que todo fuera bien. Y sus abogados sabían hacerlo bien. Adela había acudido a aquel Bufete tras la recomendación de su amiga Nuria. Son prepotentes, orgullosos, arrogantes, le había comentado en su momento su amiga, pero son los mejores, concluyó.
- Verá señora, lo que ocurre en realidad, es que no podemos hacer lo que usted sugiere. La existencia de más de un objeto procesal da lugar al litisconsorcio pasivo necesario y hoy por hoy no sería posible hacer lo que usted pretende – le espetó rotundamente la abogada con una sonrisa de indiferencia que irritó a Adela.
- No entiendo nada de lo que me está diciendo –le replicó
- Señora, yo soy la abogada y le sugiero que acepte mi consejo y me deje aplicar mis criterios profesionales. No podemos arriesgarnos, no ahora que estamos tan cerca de un final satisfactorio para todos. De lo contrario podríamos llegar a una sentencia contradictoria que vulnere el principio de audiencia e indefensión de las partes y, eso, señora Pardo, no nos conviene – la abogada terminó su breve discurso jurídico con la indiferencia de la que le habló Nuria, levantándose de la mesa y dirigiéndose a la máquina de café situada el lado de la puerta del despacho.
Adela no sabía que decir. Se sentía desconcertada, indignada y cansada. En su fuero interno ella tenía las cosas claras. Su empresa la había echado de su trabajo, no había vuelta de hoja. No lograba comprender porque era tan poco evidente para todos los demás incluida su propia abogada. Con un gesto de resignación recogió su abrigo del respaldo de la silla donde había estado sentada la última media hora y se levantó.
- Le mantendré informada puntualmente –señaló Lucía, su abogada, mientras extraía de uno de los cajones de su escritorio el dossier de Rafael Tessier, el cliente que le esperaba en el hall desde hacía cinco minutos.
Adela se despidió con unas falsas gracias. Abrió la puerta del despacho se puso su abrigo y sacudió ligeramente su larga melena negra para colocar su cabello fuera de la cobertura del abrigo. Rafael, la miró ligeramente y le dio los buenos días esbozando una leve sonrisa entre los desconocidos que tienen algo, aunque sea un abogado, en común.
- Siéntese señor Tessier, enseguida estoy con usted – Le espetó Lucía sin haberle dado tiempo siquiera a saludarla
La abogada permaneció durante unos minutos ojeando la carpeta con el dossier del caso de Rafael. Tomó unas notas en su cuaderno de trabajo y bebió un sorbo de café.
- Verá, le seré totalmente sincera, señor Tessier. La cosa está complicada, realmente complicada. Técnicamente ocurre que nos encontramos ante un ficta documentatio. Esta constituye la trasposición al medio documental de lo previsto para la confesión en la Ley de Procedimiento Laboral. El caso, señor Tessier es, que la posibilidad de declarar la ficta documentatio es una facultad del tribunal y no una obligación, de manera que en nuestro caso necesariamente quedamos expuestos al criterio del mismo para considerar como prueba el “inconseguible” documento del que usted habla. A mi entender, señor Tessier, no tenemos argumentos suficientes para que el tribunal acepte nuestra propuesta.
Rafael elevó y enarcó las cejas al tiempo que pestañeó repetidamente al tiempo que se frotaba los ojos, se quedó medio embobado mirando a su abogada mientras iba perdiendo el sonido de su voz a media que se esforzaba, inútilmente en entender lo que Lucía le estaba diciendo. Para sí pensó en aquella frase que en una ocasión le espetó sin piedad alguna su amigo Iván en una de esas charlas de bar en las que se dice de todo tras despacharse tres o cuatro cacharros de Cacique con Cola “Si quieres justicia, vete a una casa de putas; Si quieres que te jodan, vete a los tribunales”. En este momento él hubiera añadido una simple coletilla a esa frase “[…] o a un abogado”. Rafael trató de guardar la compostura mientras Lucía continuaba el discurso solemne y desprendido de toda compasión y deferencia para con su cliente que era tan típica de los abogados del Bufete.
Los gritos y el tumulto les sorprendieron a los dos mientras Rafael trataba de volver al “asunto” y Lucía intentaba concluir su diatriba. A través de las ventanas del despacho asistieron a un desfile frenético de hombres finamente trajeados y señoritas de pelo recogido, intenso maquillaje y porte televisivo.
Lucía pudo ver a Tomás Requena, el Jefe del Área de Seguridad y Relaciones Externas de Dávila, Tuñon y Asociados, detenerse en medio del pasillo con alguien que no reconocía. Se trataba, pensó, de un individuo… como decirlo, de aspecto informal que desentonaba dentro de aquel ambiente de personas elegantes y objetos caros. El individuo masajeaba nerviosamente el lóbulo de su oreja izquierda al tiempo que retorcía uno de los zarcillos que colgaba del mismo. Tomás bajó la cabeza y dirigió las palmas de sus manos hacia sus sienes en un gesto inequívocamente preocupante.
Lucía abrió violentamente la puerta del despacho dejando atónito a Rafael y se dirigió a Tomás con gesto de sorpresa.
- ¿Que es lo que ocurre, Tomás? –le dijo sin dirigir ni siquiera un saludo a ninguno de los dos.
Hubo un breve silencio de unos segundos mientras continuaba la banda sonora de gritos y palabras malsonantes de muchos de los empleados del Bufete.
- Mierda, mierda, mierda – soltó secamente Tomás.
- Hemos consultado a diversos expertos y la conclusión es unánime señor Requena, no puede hacerse nada – Dijo de inmediato el individuo de aspecto informal.
- Como Miembro fundador y principal accionista de la Compañía exijo una explicación de inmediato – Gritó Lucia al tiempo que resopló violentamente para reforzar su exigencia y mostrar su enfado
- Hemos perdido millones de euros, Lucía. Millones
El hombre del zarcillo intervino de repente en la conversación.
- Señores, quien o quienes hayan sido los autores del “acto” han utilizado el Método Guttman Wipe de treinta y cinco pasadas de reescritura para el borrado seguro de los datos. Los cortafuegos de la compañía no consiguieron resistir el ataque. Los atacantes incluso lograron vulnerar el sistema proxy que evalúa los comandos SQL antes de enviarlos a las bases de datos y estas quedaron comprometidas. Los bloqueos de los comandos administrativos también fueron rápidamente quebrantados. Listos, muy listos y muy rápidos. Realizaron múltiples escaneos de vulnerabilidades, introdujeron los exploits, compilaron los rootkits en menos de un cuarto de hora. Emplearon herramientas de acceso remoto por conexión inversa utilizando una técnica de tunelización http, saltándose toda la protección perimetral. Sencillamente perfecto. Anularon los servicios de alertas y de registro de los IDS incapacitaron el envío a Syslog de los registros de actividades. Entraron hasta la cocina, se dieron un buen festín y no dejaron ni un átomo de miga de pan sobre la mesa.
Lucía y Tomás se dirigieron una mirada de asombro e incredulidad. Parecía que alguien les había pagado con la misma falsa moneda que ellos solían emplear con algunos de sus clientes. Les pagaron con palabras y les pagaron bien. Y ese era el único ingreso que ese día iban a recibir en Dávila, Tuñon y Asociados.
- Verá señora, lo que ocurre en realidad, es que no podemos hacer lo que usted sugiere. La existencia de más de un objeto procesal da lugar al litisconsorcio pasivo necesario y hoy por hoy no sería posible hacer lo que usted pretende – le espetó rotundamente la abogada con una sonrisa de indiferencia que irritó a Adela.
- No entiendo nada de lo que me está diciendo –le replicó
- Señora, yo soy la abogada y le sugiero que acepte mi consejo y me deje aplicar mis criterios profesionales. No podemos arriesgarnos, no ahora que estamos tan cerca de un final satisfactorio para todos. De lo contrario podríamos llegar a una sentencia contradictoria que vulnere el principio de audiencia e indefensión de las partes y, eso, señora Pardo, no nos conviene – la abogada terminó su breve discurso jurídico con la indiferencia de la que le habló Nuria, levantándose de la mesa y dirigiéndose a la máquina de café situada el lado de la puerta del despacho.
Adela no sabía que decir. Se sentía desconcertada, indignada y cansada. En su fuero interno ella tenía las cosas claras. Su empresa la había echado de su trabajo, no había vuelta de hoja. No lograba comprender porque era tan poco evidente para todos los demás incluida su propia abogada. Con un gesto de resignación recogió su abrigo del respaldo de la silla donde había estado sentada la última media hora y se levantó.
- Le mantendré informada puntualmente –señaló Lucía, su abogada, mientras extraía de uno de los cajones de su escritorio el dossier de Rafael Tessier, el cliente que le esperaba en el hall desde hacía cinco minutos.
Adela se despidió con unas falsas gracias. Abrió la puerta del despacho se puso su abrigo y sacudió ligeramente su larga melena negra para colocar su cabello fuera de la cobertura del abrigo. Rafael, la miró ligeramente y le dio los buenos días esbozando una leve sonrisa entre los desconocidos que tienen algo, aunque sea un abogado, en común.
- Siéntese señor Tessier, enseguida estoy con usted – Le espetó Lucía sin haberle dado tiempo siquiera a saludarla
La abogada permaneció durante unos minutos ojeando la carpeta con el dossier del caso de Rafael. Tomó unas notas en su cuaderno de trabajo y bebió un sorbo de café.
- Verá, le seré totalmente sincera, señor Tessier. La cosa está complicada, realmente complicada. Técnicamente ocurre que nos encontramos ante un ficta documentatio. Esta constituye la trasposición al medio documental de lo previsto para la confesión en la Ley de Procedimiento Laboral. El caso, señor Tessier es, que la posibilidad de declarar la ficta documentatio es una facultad del tribunal y no una obligación, de manera que en nuestro caso necesariamente quedamos expuestos al criterio del mismo para considerar como prueba el “inconseguible” documento del que usted habla. A mi entender, señor Tessier, no tenemos argumentos suficientes para que el tribunal acepte nuestra propuesta.
Rafael elevó y enarcó las cejas al tiempo que pestañeó repetidamente al tiempo que se frotaba los ojos, se quedó medio embobado mirando a su abogada mientras iba perdiendo el sonido de su voz a media que se esforzaba, inútilmente en entender lo que Lucía le estaba diciendo. Para sí pensó en aquella frase que en una ocasión le espetó sin piedad alguna su amigo Iván en una de esas charlas de bar en las que se dice de todo tras despacharse tres o cuatro cacharros de Cacique con Cola “Si quieres justicia, vete a una casa de putas; Si quieres que te jodan, vete a los tribunales”. En este momento él hubiera añadido una simple coletilla a esa frase “[…] o a un abogado”. Rafael trató de guardar la compostura mientras Lucía continuaba el discurso solemne y desprendido de toda compasión y deferencia para con su cliente que era tan típica de los abogados del Bufete.
Los gritos y el tumulto les sorprendieron a los dos mientras Rafael trataba de volver al “asunto” y Lucía intentaba concluir su diatriba. A través de las ventanas del despacho asistieron a un desfile frenético de hombres finamente trajeados y señoritas de pelo recogido, intenso maquillaje y porte televisivo.
Lucía pudo ver a Tomás Requena, el Jefe del Área de Seguridad y Relaciones Externas de Dávila, Tuñon y Asociados, detenerse en medio del pasillo con alguien que no reconocía. Se trataba, pensó, de un individuo… como decirlo, de aspecto informal que desentonaba dentro de aquel ambiente de personas elegantes y objetos caros. El individuo masajeaba nerviosamente el lóbulo de su oreja izquierda al tiempo que retorcía uno de los zarcillos que colgaba del mismo. Tomás bajó la cabeza y dirigió las palmas de sus manos hacia sus sienes en un gesto inequívocamente preocupante.
Lucía abrió violentamente la puerta del despacho dejando atónito a Rafael y se dirigió a Tomás con gesto de sorpresa.
- ¿Que es lo que ocurre, Tomás? –le dijo sin dirigir ni siquiera un saludo a ninguno de los dos.
Hubo un breve silencio de unos segundos mientras continuaba la banda sonora de gritos y palabras malsonantes de muchos de los empleados del Bufete.
- Mierda, mierda, mierda – soltó secamente Tomás.
- Hemos consultado a diversos expertos y la conclusión es unánime señor Requena, no puede hacerse nada – Dijo de inmediato el individuo de aspecto informal.
- Como Miembro fundador y principal accionista de la Compañía exijo una explicación de inmediato – Gritó Lucia al tiempo que resopló violentamente para reforzar su exigencia y mostrar su enfado
- Hemos perdido millones de euros, Lucía. Millones
El hombre del zarcillo intervino de repente en la conversación.
- Señores, quien o quienes hayan sido los autores del “acto” han utilizado el Método Guttman Wipe de treinta y cinco pasadas de reescritura para el borrado seguro de los datos. Los cortafuegos de la compañía no consiguieron resistir el ataque. Los atacantes incluso lograron vulnerar el sistema proxy que evalúa los comandos SQL antes de enviarlos a las bases de datos y estas quedaron comprometidas. Los bloqueos de los comandos administrativos también fueron rápidamente quebrantados. Listos, muy listos y muy rápidos. Realizaron múltiples escaneos de vulnerabilidades, introdujeron los exploits, compilaron los rootkits en menos de un cuarto de hora. Emplearon herramientas de acceso remoto por conexión inversa utilizando una técnica de tunelización http, saltándose toda la protección perimetral. Sencillamente perfecto. Anularon los servicios de alertas y de registro de los IDS incapacitaron el envío a Syslog de los registros de actividades. Entraron hasta la cocina, se dieron un buen festín y no dejaron ni un átomo de miga de pan sobre la mesa.
Lucía y Tomás se dirigieron una mirada de asombro e incredulidad. Parecía que alguien les había pagado con la misma falsa moneda que ellos solían emplear con algunos de sus clientes. Les pagaron con palabras y les pagaron bien. Y ese era el único ingreso que ese día iban a recibir en Dávila, Tuñon y Asociados.
jueves, 30 de octubre de 2008
Señas de Identidad
Eva. 14 años recién cumplidos. Su madre le compró su primera minifalda. Le gustaban más los vaqueros. Apenas se la puso dos veces.
Con 18 se hizo un tatuaje en el hombro izquierdo con un motivo tribal en un sólo color y un piercing en la ceja derecha. Seguía vistiendo de vaqueros para casi todo. Solía vestirse con unos de tiro ultra bajo.
Tres meses más tarde se colocó un segundo piercing en el ombligo. Un pasador de acero quirúrgico que le atravesaba desde la parte superior a la inferior.
Su primer trabajo fue de camarera en el Bar La Pedrosa un refinado local de copas que estaba a quinientos metros de su casa. Iba caminando. Para ella lo mejor de todo es que no era necesario que fuera vestida de etiqueta al trabajo.
Los 23 años le alcanzaron a punto de terminar sus estudios universitarios de enfermería. No le gustaba el blanco pero le encantaba cuidar de la gente.
Eva sollozaba y derramaba mares de lágrimas cuando su novio Fran dijo que no quería seguir con la relación que mantenían desde hacía dos años y medio. Los agujeros de sus piercings ya se habían cerrado y ahora se abrían otros muy diferentes, dentro de ella.
A los 27 conoció a Emilio. Los, casi nuevos, agujeros en el alma empezaron a cerrarse.
Eva contrajo matrimonio con Emilio casi al mismo tiempo que Fran lo hacía con Irene. En la boda llevaba un traje de organza arrugada y plumas diseñado por Andrea Milu. Fue de las pocas ocasiones en que se la pudo ver sin vaqueros.
Su primer viaje al extranjero con Emilio fue un completo fracaso. Problemas con la agencia, problemas con la categoría del hotel muy diferente a la que había contratado; pérdida del equipaje y un accidentado regreso a casa. Tuvo que renovar todo su vestuario.
Saluda a la cámara desde el paseo de la playa Le casino de Biarritz donde había ido a pasar el fin de semana con su amiga Delphine una francesa que había conocido durante sus vacaciones en Normandía. Se estaba celebrando una de las pruebas del circuito mundial de surf y decidieron dar un paseo e inmortalizar el momento. Parecían hermanas y vestían con un estilo similar: vaqueros y camiseta de tirantes blanca. Hacía calor.
Al poco tiempo del nacimiento de su segunda hija, Helena, Eva mantuvo una acalorada discusión con Emilio sobre la necesidad de mudarse a otro piso más grande. Emilio no era partidario de hacerlo, no veía necesidad. Eva, sin embargo, era partidaria de trasladar su residencia a un lugar más tranquilo a las afueras de la ciudad.
Nunca había perdido la belleza que la hacía destacar cuando era más joven. A sus 44 años, seguía llamando la atención y uno de sus compañeros de trabajo, Elías se enamoró perdidamente de ella. Eva seguía luciendo su belleza aún embutida en sus inseparables vaqueros y con sus bien combinadas camisetas.
Un año después Eva perdió su empleo. Elías fue trasladado al Hospital Universitario Son Dureta de Mallorca. Su marido había tenido un accidente en el trabajo que le dejó parapléjico y su mejor amiga se sumió en una gran depresión al separarse de Juanjo con quién había compartido 11 años de matrimonio. En momentos de adversidad Eva acostumbraba a refugiarse en los centros comerciales donde el bullicio y las tiendas de ropa conseguían mantenerla distraída durante unas horas de sus preocupaciones. No se compró, como era de esperar ninguna falda.
En su 75 cumpleaños, Eva estaba acompañada de sus dos nietos, Isaac y Laura, por sus hijos y por el Emilio. Hacía tiempo que había dejado de vestirse de vaqueros. Quizá todo eso que quería ocultar bajo su vestimenta pudiera haber sido ocultado, al menos, a la vista del resto del mundo pero lo que jamás consiguió ocultar fue su enorme corazón.
Hasta poco tiempo antes Eva nunca dejó de lucir una espectacular melena rubia. De esbelta figura, finas y delicadas facciones, una piel pulida por el sol del mediterráneo, preciosos ojos verdes aunque de mirada lánguida, nunca pudo ocultar la belleza que siempre la había acompañado tras sus eternos compañeros azulados y las camisetas que no ayudaban a disimular sus preciosos senos. Su casi metro ochenta de estatura ayudaba sobremanera a mostrarla como una mujer imponente, casi intimidadora. Sus delgadas manos no mostraban realmente la fortaleza con la que siempre las utilizaba. De caminar firme y suaves movimientos. De un monumental corazón que, aunque no se veía no podía ocultarse tras la ropa.
Con 18 se hizo un tatuaje en el hombro izquierdo con un motivo tribal en un sólo color y un piercing en la ceja derecha. Seguía vistiendo de vaqueros para casi todo. Solía vestirse con unos de tiro ultra bajo.
Tres meses más tarde se colocó un segundo piercing en el ombligo. Un pasador de acero quirúrgico que le atravesaba desde la parte superior a la inferior.
Su primer trabajo fue de camarera en el Bar La Pedrosa un refinado local de copas que estaba a quinientos metros de su casa. Iba caminando. Para ella lo mejor de todo es que no era necesario que fuera vestida de etiqueta al trabajo.
Los 23 años le alcanzaron a punto de terminar sus estudios universitarios de enfermería. No le gustaba el blanco pero le encantaba cuidar de la gente.
Eva sollozaba y derramaba mares de lágrimas cuando su novio Fran dijo que no quería seguir con la relación que mantenían desde hacía dos años y medio. Los agujeros de sus piercings ya se habían cerrado y ahora se abrían otros muy diferentes, dentro de ella.
A los 27 conoció a Emilio. Los, casi nuevos, agujeros en el alma empezaron a cerrarse.
Eva contrajo matrimonio con Emilio casi al mismo tiempo que Fran lo hacía con Irene. En la boda llevaba un traje de organza arrugada y plumas diseñado por Andrea Milu. Fue de las pocas ocasiones en que se la pudo ver sin vaqueros.
Su primer viaje al extranjero con Emilio fue un completo fracaso. Problemas con la agencia, problemas con la categoría del hotel muy diferente a la que había contratado; pérdida del equipaje y un accidentado regreso a casa. Tuvo que renovar todo su vestuario.
Saluda a la cámara desde el paseo de la playa Le casino de Biarritz donde había ido a pasar el fin de semana con su amiga Delphine una francesa que había conocido durante sus vacaciones en Normandía. Se estaba celebrando una de las pruebas del circuito mundial de surf y decidieron dar un paseo e inmortalizar el momento. Parecían hermanas y vestían con un estilo similar: vaqueros y camiseta de tirantes blanca. Hacía calor.
Al poco tiempo del nacimiento de su segunda hija, Helena, Eva mantuvo una acalorada discusión con Emilio sobre la necesidad de mudarse a otro piso más grande. Emilio no era partidario de hacerlo, no veía necesidad. Eva, sin embargo, era partidaria de trasladar su residencia a un lugar más tranquilo a las afueras de la ciudad.
Nunca había perdido la belleza que la hacía destacar cuando era más joven. A sus 44 años, seguía llamando la atención y uno de sus compañeros de trabajo, Elías se enamoró perdidamente de ella. Eva seguía luciendo su belleza aún embutida en sus inseparables vaqueros y con sus bien combinadas camisetas.
Un año después Eva perdió su empleo. Elías fue trasladado al Hospital Universitario Son Dureta de Mallorca. Su marido había tenido un accidente en el trabajo que le dejó parapléjico y su mejor amiga se sumió en una gran depresión al separarse de Juanjo con quién había compartido 11 años de matrimonio. En momentos de adversidad Eva acostumbraba a refugiarse en los centros comerciales donde el bullicio y las tiendas de ropa conseguían mantenerla distraída durante unas horas de sus preocupaciones. No se compró, como era de esperar ninguna falda.
En su 75 cumpleaños, Eva estaba acompañada de sus dos nietos, Isaac y Laura, por sus hijos y por el Emilio. Hacía tiempo que había dejado de vestirse de vaqueros. Quizá todo eso que quería ocultar bajo su vestimenta pudiera haber sido ocultado, al menos, a la vista del resto del mundo pero lo que jamás consiguió ocultar fue su enorme corazón.
Hasta poco tiempo antes Eva nunca dejó de lucir una espectacular melena rubia. De esbelta figura, finas y delicadas facciones, una piel pulida por el sol del mediterráneo, preciosos ojos verdes aunque de mirada lánguida, nunca pudo ocultar la belleza que siempre la había acompañado tras sus eternos compañeros azulados y las camisetas que no ayudaban a disimular sus preciosos senos. Su casi metro ochenta de estatura ayudaba sobremanera a mostrarla como una mujer imponente, casi intimidadora. Sus delgadas manos no mostraban realmente la fortaleza con la que siempre las utilizaba. De caminar firme y suaves movimientos. De un monumental corazón que, aunque no se veía no podía ocultarse tras la ropa.
jueves, 9 de octubre de 2008
Peque
Así solía llamarla. A ella le gustaba porque aunque era una sola palabra para ella significaba cientos de ellas. Recuerdo que la primera vez que se la dije no se lo tomó muy bien. Aunque es una expresión que suele utilizarse siempre de forma cariñosa durante unos instantes ella creyó ver una alusión a su baja estatura, pareció ofenderle y apenas me dio tiempo a reaccionar para evitar su enfado. Esbocé una ligera sonrisa mientras, a la vez que volteé rápidamente los brazos como dibujando una pirueta aérea, emitía fingidas carcajadas para tratar de relajar la situación. Acabé haciéndola reír.
Hacía ya un par de años que nos conocíamos pero hasta ese momento no habíamos pasado de la típica conversación laboral, literaria o cinematográfica. Ese día hablamos de otras cosas y al cabo de un rato se me escapó la palabreja.
- No peque, no me siento bien -le dije cuando después de hablar de mi fracaso matrimonial me preguntó si ahora me sentía mejor
Me abrazó. Guardó silencio durante unos momentos y perdió la mirada. Le había llegado el habitual momento de compasión ante el dolor de un amigo y en ese preciso instante empezó su viaje por la montaña rusa de la confusión emocional. Confundió amistad con amor, la pasión con la atracción física, el deseo con la necesidad. En esos viajes uno siempre viaja solo (en este caso sola). Empezó a ver las cosas que quería ver, no las que eran en realidad.
Durante unos meses titubeaba en las conversaciones, utilizaba expresiones confusas, generalizaba todos sus comentarios y opiniones. No quería, o no se atrevía, a decir las cosas, a llamarlas por su nombre. Cuando planeamos acostarnos juntos por primera vez a eso lo llamó encuentro. Cuando hicimos el amor no dudó en llamarlo "eso". Supongo que todo ello era fruto de la confusión, si pero también detectaba cierto temor. Ella, al igual que yo, tenía miedo a volver a enamorarse. Yo Creía que el proceso de enamoramiento era parecido a aprender a andar en bicicleta. Te caes y duele. Vuelves a subirte y vuelves a caer. Vuelve a doler. Acabas por mantener el equilibrio. Ella no. Pensaba que trás las dos o tres primeras caídas ya debía de abandonar. Por eso tenía miedo, por eso estaba confusa, por eso cuando hablaba utilizaba muchas palabras y por eso, no decía nada.
Al cabo de un tiempo descendió de la vagoneta de la montaña rusa. Su ex novio había reaparecido en su vida. Dos días más tarde recibí una llamada de mi ex mujer, quería volver conmigo. "Peque" pasó de la confusión conmigo a la confusión con quien había compartido los últimos seis años de su vida. Ahora me tocaba a mi subir al vagón.
Y vagué. Dios sabe que así fue. No sabía en que dirección disparar. A la diana en movimiento de la persona con quien había compartido siete meses de, llamémosla, intensa confusión o a la diana fija de la persona con quien había vivido durante catorce años. Disparé.
Disparé a la diana más pequeña. A la que se movía.
- Peque, ¿quieres mantequilla o margarina con la tostada? -le pregunté mientras aún se desperezaba
Después de cuatro años de casados aún no era capaz de recordar su preferencia.
...
Sí, acerté. La diana era pequeña, sí, pero la bala también. Nosotros no. Somos grandes, seguimos siendo grandes y... seguimos creciendo aunque sigamos siendo "peques".
Hacía ya un par de años que nos conocíamos pero hasta ese momento no habíamos pasado de la típica conversación laboral, literaria o cinematográfica. Ese día hablamos de otras cosas y al cabo de un rato se me escapó la palabreja.
- No peque, no me siento bien -le dije cuando después de hablar de mi fracaso matrimonial me preguntó si ahora me sentía mejor
Me abrazó. Guardó silencio durante unos momentos y perdió la mirada. Le había llegado el habitual momento de compasión ante el dolor de un amigo y en ese preciso instante empezó su viaje por la montaña rusa de la confusión emocional. Confundió amistad con amor, la pasión con la atracción física, el deseo con la necesidad. En esos viajes uno siempre viaja solo (en este caso sola). Empezó a ver las cosas que quería ver, no las que eran en realidad.
Durante unos meses titubeaba en las conversaciones, utilizaba expresiones confusas, generalizaba todos sus comentarios y opiniones. No quería, o no se atrevía, a decir las cosas, a llamarlas por su nombre. Cuando planeamos acostarnos juntos por primera vez a eso lo llamó encuentro. Cuando hicimos el amor no dudó en llamarlo "eso". Supongo que todo ello era fruto de la confusión, si pero también detectaba cierto temor. Ella, al igual que yo, tenía miedo a volver a enamorarse. Yo Creía que el proceso de enamoramiento era parecido a aprender a andar en bicicleta. Te caes y duele. Vuelves a subirte y vuelves a caer. Vuelve a doler. Acabas por mantener el equilibrio. Ella no. Pensaba que trás las dos o tres primeras caídas ya debía de abandonar. Por eso tenía miedo, por eso estaba confusa, por eso cuando hablaba utilizaba muchas palabras y por eso, no decía nada.
Al cabo de un tiempo descendió de la vagoneta de la montaña rusa. Su ex novio había reaparecido en su vida. Dos días más tarde recibí una llamada de mi ex mujer, quería volver conmigo. "Peque" pasó de la confusión conmigo a la confusión con quien había compartido los últimos seis años de su vida. Ahora me tocaba a mi subir al vagón.
Y vagué. Dios sabe que así fue. No sabía en que dirección disparar. A la diana en movimiento de la persona con quien había compartido siete meses de, llamémosla, intensa confusión o a la diana fija de la persona con quien había vivido durante catorce años. Disparé.
Disparé a la diana más pequeña. A la que se movía.
- Peque, ¿quieres mantequilla o margarina con la tostada? -le pregunté mientras aún se desperezaba
Después de cuatro años de casados aún no era capaz de recordar su preferencia.
...
Sí, acerté. La diana era pequeña, sí, pero la bala también. Nosotros no. Somos grandes, seguimos siendo grandes y... seguimos creciendo aunque sigamos siendo "peques".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



