Se despertó y yo con ella. Seguía teniendo esa luminosidad especial, tan suya, tan intensa, tan evocadora, tan majestuosa; nunca la había perdido. Podría decirse que es del todo imposible apagarla. Al menos a mí me costaba mirarla y no quedarme completamente anulado por su belleza, totalmente embriagado de fascinación. Sospechaba que para mí ya era algo único. Tenía la sensación de que el mundo se me quedaba pequeño cuando estaba con ella. No era una bruja pero me hechizaba del mismo modo.
Aún recuerdo la primera vez que la vi. Se la veía preciosa, resplandecía, casi brillaba aunque llovía y muy a pesar de los intensos grises del cielo. Una vaporosa neblina me envolvía placenteramente mientras la contemplaba. Me sentía extraño. Le susurraba, le hablaba pero ella no respondía, permanecía muda con el único acompañamiento del sonido de la lluvia, y la esporádica rabia del cielo que seguía a los relámpagos. No había ni una sola luminaria en el firmamento pero no importaba, ella estaba particularmente deslumbrante y su “sonido” comenzaba a hacerse característico. No fue, sin embargo, una sorpresa para mí descubrirla y enamorarme de inmediato de ella, ya me habían hablado de sus virtudes, de su magia, de su magnetismo, de su capacidad de seducción. Supongo que siempre sucede algo parecido cuando uno se encuentra con algo así. El letargo de cupido había tocado a su fin –me dije. Creo que me enamoré de ella antes de conocerla, antes de saber siquiera que existía.
La primera noche fue en una pensión de mala muerte de no más de seis euros la noche. No fue algo preparado, todo surgió de forma espontánea, de manera fortuita. Lo recuerdo bien ¡Cómo podría no recordarlo! Un frío y húmedo día de febrero; un montón de vetustas mantas de lana encima de una envejecida cama de madera despintada que ocupaba casi dos tercios de la habitación, ¿para qué dormir? Fue especial, tanto que aún después de diez años sigo recordando aquella noche como la más especial de mi vida o, al menos, de los últimos años. El regalo que todo soñador está esperando quizá durante toda su existencia; la perfecta celebración que acontece tras encontrarte con tu propia alma, el justo premio para un concursante cansado de perder.
Desde aquel momento dejé de sentir el gigantesco vacío que me acosaba desde hacía demasiado tiempo. Los días que siguieron a aquella primera noche fueron igual de cautivadores y extremadamente bellos. Lo compartíamos todo. Desde la primera hora del alba, el desayuno, la merienda, la cena, todo lo intermedio y todo lo que surgiera luego. Ella siempre me acompañaba a todas partes quizá fuera porque ella era todas partes. En realidad era todo. Una compañera, una amiga, un refugio, una aventura, una historia de amor, un deseo, un sueño, una esperanza. Una pasión.
Empezamos a acostumbrarnos a la normalidad, al transcurrir de los días, las tardes y las noches como si nada sucediera porque ocurría todo a la vez. Todo salía sólo, sin pensarlo. El amor perfecto pero un amor al que, pese a su alianza con la pasión, tendría que renunciar. Debía prepararme para despedirme de ella. Así fue. Ese día llovía, como si un libra estuviera llorando. Así era, lloraba. Me veía forzado a abandonar un sueño, a dejar a un lado mi fantasía romántica de morir a su lado.
Había llegado el momento.
Al bajar a la calle uno de los taxistas del barrio, Fermín, me reconoció de inmediato.
- Eres el vecino de los Navarrete, ¿verdad? –dijo con una sonrisa que pronto se transformó en una mueca de resignación y desinterés.
Recordaba haberle visto en una noche durante las fiestas del barrio. Me saludó y le devolví el saludo con lágrimas en los ojos, las lágrimas de un libra. Entendía la situación y no volvió a abrir la boca. Yo no quería hablarle de ella y él pareció adivinarlo. Me ayudó a meter mi equipaje en el maletero del Renault Scenic que le daba de comer. Entró en el vehículo casi al mismo tiempo que yo. Lo puso en marcha y partimos.
La dejaba atrás, la iba perdiendo de vista como cuando pierdes de vista la costa mientras te adentras en alta mar. Prometí no olvidarla y eso haré. Prometí volver y eso he hecho. Continúo regresando.
Quisiera poder reventarme el corazón para no tener que volver a enamorarme de ese modo otra vez. Mientras llega ese momento seguiré enamorado de ella. Ella estará siempre ahí, esperando.
Dios, como amo ese lugar. Gracias Iruña.
Quizá sea demasiado pretencioso al escribir esto pero todo lo que podría decirse de mi se resume en una frase que, hace tiempo, dijo el bataría de una banda que me gusta mucho, Danny Carey, de Tool: "No soy quien quiero ser, no soy quién debería ser pero, por suerte, no soy quién era" En otras ocasiones me gusta referirme a mí mismo como hubiera hecho el escritor Orson Scott Card "Nuestra identidad no es nuestra forma, podemos tener cualquier forma y seguir siendo quienes somos"
miércoles, 30 de julio de 2008
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Hola
ResponderEliminarVaya sorpresa, hace tiempo no había leído algo tan limpio; fue refrescante y muy sensible, sencillo y profundo a la vez.
Verdaderamente me sorprendió la forma en que describes... Tan sencilla. Imaginario o real, no me queda la menor duda que eres un ser extraordinario.
Desde hoy voy a seguir tus palabras, sigue escribiendo por favor.
La primera vez que fui fue para hacer una entrevista de trabajo. Un dia de febrero, hace ya diez años. El dia gris y la neblina son (fueron reales) la pension donde me alojé también, la familia navarrete existe, y el día que tuve que marcharme, fue así. Aunque con más lágrimas
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